Leonardo da Vinci

Nació en Vinci el 15 de abril de 1452 y murió el 2 de mayo de 1519 en el castillo de Cloux (Amboise). Parece haber conocido una adolescencia serena y más bien acomodada; pero no es probable que recibiera, en su localidad natal, una instrucción literaria cuidadosa ni una for­mación artística regular. Hacia 1460, em­pero, ingresó en el taller florentino de An­drea del Verrocchio, uno de los más activos de Florencia en cuanto a la variedad de obras y actividades: pintura, escultura, ar­tes decorativas, restauración de antigüeda­des etc. Por aquel entonces debió de llevar a cabo estudios más o menos metódicos de carácter literario; conoció a los autores lati­nos e italianos más corrientes, frecuentó a literatos y científicos y siguió las explica­ciones filosóficas de Marsilio Ficino, quien presentaba el concepto de la naturaleza como perenne creación de la mente divina y el de la mentalidad humana como una adecuación a la mentalidad creadora de Dios.

Este neoplatonismo constituye un he­cho de gran importancia en la cultura del Renacimiento, porque precisamente ello pro­pagaba un pensamiento capaz de ramifi­carse en todo el saber y de prestar un apo­yo metafísico a una nueva y más fervorosa ciencia de la naturaleza. De 1469 a 1482 la existencia de Leonardo debió de hallarse ocupada por su trabajo en el taller de Verrocchio (de quien terminó el Bautismo de Cristo), los contactos con pensadores y científicos, los estudios de anatomía y botánica, la atención a las obras de ingeniería y mecá­nica y los infatigables ejercicios de dibujo. Durante estos trece años Leonardo alcanzó su gran dominio de la figura en cuanto a la estructura anatómica, los movimientos y la ex­presión psicológica. La Anunciación (Uffizi) constituye un documento de una nueva pro­fundizaron en el paisaje de tradición fla­menca de sus predecesores inmediatos en cuanto a luz, distancias, elementos natura­les y geología. De resultar suyo y suscep­tible de ser fechado hacia 1480, el retrato Liechtenstein (Binevra Benci) nos manifes­taría a un Leonardo atento en esta época a la elegancia femenina de las mujeres contemporáneas.

A 1481 corresponde la Adoración de la iglesia de los Scopeti (Uffizi), en es­tado de boceto; en tal obra y en los numerosos dibujos preparatorios al estudio del tema se dan algunos de los momentos más emotivos y felices del gran pintor en cuan­to a la expresión dramática de la figura humana. En realidad, si bien la atención mental de Leonardo tiende sobre todo a la inma­nencia de la creación divina del mundo, como artista religioso se representa plena­mente la significación del acontecimiento evangélico que intenta pintar, y trata de captar su planteamiento dramático y de pro­fundizar todos sus detalles. Por desgracia, en estos años cabe situar una de las pocas pinceladas sombrías de la existencia de Leonardo: la denuncia por actos inmorales de 1476, de la que se vio, sin embargo, absuelto, pero cuya sombra permaneció. Por cuanto en Ja Florencia de Lorenzo de Medici no se ofrecían ya a los artistas las posibilidades de medio siglo antes, Leonardo, como otros cole­gas suyos, buscó trabajo fuera de la ciu­dad, y lo encontró en la corte milanesa de Ludovico el Moro.

El pintor, empero, pre­sentóse a éste más bien como ingeniero civil y militar. Encontró allí un ambiente favo­rable, en el cual realizó la Virgen de las Rocas (actualmente en el Louvre), el re­trato de la joven amante de su señor, Ce­cilia Gallerani (seguramente la Dama del armiño de la Galería Czartoryski de Cracovia), y los primeros proyectos de esceno­grafía e indumentaria para la «Festa del Paradiso», representación con argumento de Ludovico y versos de Bellincione. Por aquel entonces (1490) declamó en la corte sus «profecías» metafóricas, y debió de escribir el Paragone entre la pintura y las otra.« artes llegado hasta nosotros en el Tratado de la pintura (v.). En 1493 expuso el modelo del monumento ecuestre a Francisco Sforza, que despertó gran admiración; al último lustro del siglo pertenece la famosa Cena. No faltaron, empero, los disgustos, como el que le proporcionó el fracaso obte­nido en la fundición del caballo del citado monumento, a causa de su enorme tamaño (7,20 metros de altura), la poca práctica de Leonardo en tales menesteres y la carencia de medios.

Sin embargo, este período milanés fue, en conjunto, el más fecundo de su existencia, tanto por las pinturas realizadas como por toda su actividad científica y téc­nica. En el curso de estos veinte años .hay que situar gran parte de sus estudios ana­tómicos y de sus observaciones geológicas y meteorológicas. Dedicóse también por aquel entonces a estudiar la hidráulica, el tejido, las fortificaciones y el vuelo. Siquiera en muchas de estas actividades no hiciera sino desarrollar conocimientos anteriores o con­temporáneos, no por ello su labor deja de presentar, en general, una reflexión y una novedad impresionantes, a través de una in­vestigación constante del juego de las ener­gías naturales y de una tendencia asimismo continua a captarlas y orientarlas siempre en beneficio de los intereses humanos. De esta suerte nació el gran cúmulo de sus manuscritos, cuyo orden, ya proble­mático originariamente, llegó a un estado caótico debido a la disposición arbitraria de sus hojas en grandes códices reconsti­tuidos de una manera extravagante; así ocurre, por ejemplo, con el célebre Códice atlántico (v.) de la Biblioteca Ambrosiana y con el Códice Arundel (v.) del British Museum.

En 1499 la agresiva política de Luis XII interrumpió la actividad milanesa de Leonardo, quien, si bien dolido por ello en cuanto a la frustración de las obras en cur­so, manifiesta, en cambio, una gran indife­rencia respecto a la clase de príncipes ita­lianos que, como Ludovico el Moro, son incapaces de infundir en sus súbditos una adhesión verdadera. Llevado a Florencia su dinero, dirigióse, en un corto viaje, a Man­tua, donde realizó el cartón para el retrato de Isabel de Este (Louvre), a Venecia y al Isonzo, amenazado por los turcos y cuyas posibilidades defensivas estudió.. En abril de 1500 se hallaba de nuevo en Florencia; allí despertó gran entusiasmo el cartón para Santa Ana, obra que no terminó hasta más tarde (París, Louvre). Pronto, empero, di­fundióse la impresión según la cual los intereses científicos de Leonardo perjudicaban su labor artística. A fines de la primavera de 1502 abandonó Florencia y pasó al servicio de César Borgia, quien le nombró «arqui­tecto e ingeniero general»; reanudó el estu­dio de la topografía, la cartografía, las fortificaciones, etc., pero, con todo, tal ac­tividad no había de persistir durante largo tiempo, y en marzo de 3503 volvía de nuevo a Florencia.

A este período florentino per­tenecen la Gioconda, su obra más famosa, los proyectos para la regulación del curso del Arno y la Batalla de Anghiari, gran pin­tura realizada en la Sala del Consejo del palacio de la Señoría; en esta producción pudo profundizar el estudio de caballos y soldados, temas gratos al pintor desde la Adoración de los Magos. En 1505 empezó a pintar en la pared de la parte central (Ba­talla del Estandarte) con una complicada preparación técnica que dio malos resulta­dos. En la primavera de 1506 abandonó esta obra y volvió a Milán. Tal fracaso revela uno de los aspectos negativos de Leonardo: su im­prudencia técnica, por la cual sentíase indu­cido al abandono de los medios tradicio­nales, que juzgaba inadecuados a su arte, y al ensayo de otros no bastante conocidos científica o prácticamente. En Milán in­gresó al servicio del duque de Amboise: gobernador francés. Sus relaciones con la corte de Luis XII, iniciadas ya en los pri­meros tiempos de la caída de Ludovico el Moro, no deben llevarnos a pensar única­mente en la posibilidad de un oportunis­mo: en realidad la Francia de este monarca y de Francisco I debía de aparecer como país poderoso, progresista y creador de una nueva civilización artística, y en él halló seguramente Leonardo una verdadera compren­sión, no sólo en cuanto artista, sino, asi­mismo, respecto de las otras facetas de su actividad; según Benvenuto Cellini, Fran­cisco I juzgaba al pintor el hombre más sabio del mundo.

Por cuenta de los nuevos señores de Lombardía emprendió otra vez estudios de canalización y arquitectura; pro­yectó además un monumento sepulcral, y profundizó su conocimiento del paisaje. A esta época pertenecen también algunas ob­servaciones anatómicas, en las cuales cola­boró el joven profesor de Anatomía de la Universidad de Pavía Marcantonio Della Torre. Abandonada Milán por los franceses en 1512, Leonardo marchó a la Roma de León X, el hijo de Lorenzo el Magnífico, donde viose protegido por su hermano Juliano. En su nueva residencia el ya anciano artista e investigador sutil, enfrentado a las gran­diosas y rápidas realizaciones de Bramante, Miguel Ángel y Rafael, no pudo encontrar un ambiente muy favorable. Juliano confióle el estudio del saneamiento de las lagu­nas Pontinas; en cambio, nada sabemos de encargos artísticos de importancia, y sí, por el contrario, que se le impidieron las obser­vaciones anatómicas en cadáveres del hos­pital. El mismo Castiglione, refiriéndose evi­dentemente a él, refleja la incomprensión del ambiente romano respecto de las activi­dades científica y especulativa de Leonardo. Y así, tras la muerte de Juliano el pintor aceptó la invitación de Francisco I, y a fines de 1516 marchó a Francia llevando consigo manuscritos, dibujos y pinturas.

Allí reci­bió una buena pensión real y vivió en el castillo de Cloux (Amboise). Aun cuando paralizada su mano derecha, llevó a cabo proyectos arquitectónicos, ideó y preparó espectáculos, estudió, dibujó y orientó en el arte pictórico a su discípulo y amigo Francesco Melzi. En la nueva residencia vio llegar el fin de sus días. Su vida es­tuvo, pues, consagrada por completo a una ingente actividad mental. Fue un hombre sereno, pero no alegre, por cuanto la exis­tencia supuso para él un continuo movi­miento creador y destructor al mismo tiempo. Sus textos, en medio del desorden citado, contienen muchísimos fragmentos de ex­cepcional intensidad expresiva. Muy vasta resulta su preceptiva pictórica, en gran parte contenida en los 935 breves capítulos del Tratado de la pintura, en el que figu­ran páginas que le convierten en el ver­dadero esteta del naturalismo europeo. Poe­ta de la conciencia humana tendente a la captación de las fuerzas del cosmos, fue confundido por la incomprensión de sus contemporáneos con los magos y alquimis­tas a quienes despreciaba; los psicólogos modernos, también equivocados respecto a él, le han escogido como campo de expe­rimentación de la psicología del incons­ciente. Su gran influencia alcanzó incluso a Rafael, Miguel Ángel, Correggio, Giorgione y Rubens.

Su panpsiquismo lógico presenta sorprendentes analogías respecto a ilustres sistemas filosóficos y, singularmente, a G. Bruno; y su concepto de razón creadora como norma necesaria, inmanente y com­prensible del comportamiento físico de las cosas resultaría el centro mental de la Fí­sica a partir de Galileo. Innumerables son también los problemas de la ciencia y la técnica por él anticipados desde muchos si­glos, prueba de la vitalidad y la persisten­cia en nuestra cultura de su intelecto. Con todo, Leonardo debe ser juzgado particularmente a la luz de su tiempo, de sus obras y de sus palabras.

G. Castelfranco