[Vorlesungen über die Geschichte der Philosophie]. Obra de Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770- 1831), que comprende las lecciones profesadas por el gran filósofo alemán en Heidel- berg y en Berlín; publicadas, sobre las notas tomadas por los oyentes, por Michelet en los volúmenes XIII-XV de las Obras de Hegel (Berlín, 1832), fueron reimpresas en la Jubilaumausgabe de 1927-29 y destinadas, previa revisión sobre otros manuscritos por Hoffmeister, a formar los volúmenes XV- XVIII de la edición crítica de Leipzig. Las Lecciones, tal como fueron publicadas por Michelet, se remontan a un manuscrito hegeliano de 1805, varias veces modificado y revisado por el autor; contienen por ello, a menudo, contradicciones, y presentan desproporciones notables entre la primera parte y las restantes. A pesar de estos evidentes defectos de estructura, constituyen una obra fundamental de la historiografía filosófica, aquella, podríamos decir, de donde derivan los métodos y los problemas de la nueva historia de la filosofía. En una vasta «introducción» Hegel expone el concepto de la historia de la filosofía.
La filosofía, en su idea, es la conciencia de la racionalidad de lo real, o, desde un punto de vista metafísico, la autoconciencia de la Razón absoluta como principio eterno y autónomo de lo real. En cuanto esta autoconciencia está espiritualmente en acto, es proceso, desenvolvimiento, historicidad. La idea de la filosofía tiene su realidad concreta en la historia de la filosofía. Ésta, a su vez, tiene en ella su criterio de organicidad y de continuidad. De esto deriva la convicción de que los diversos sistemas filosóficos representan arbitrarias y discontinuas intuiciones de la realidad, determinadas por el sujeto pensante. En cada uno de ellos vive y actúa, positiva o negativamente, el pensamiento de los que la han precedido, de manera que en ellos el pensador individual no es sino el transmisor de un pensamiento universal, de una autoconciencia racional que se desarrolla por grados, cada uno de los cuales niega a los precedentes en lo que tienen de finito, y al mismo tiempo los verifica en una síntesis más amplia. La historia de la filosofía deberá tener en cuenta tres momentos esenciales: el uno consiste en que la filosofía, en sus dos formas concretas, es siempre la expresión de un aspecto de la idealización de lo real, de la espiritualidad de la vida de un pueblo, que después de haberse experimentado trágicamente, ha llegado a tener conciencia de sí, de su sentido universal y ha adquirido la forma del pensamiento.
El otro momento consiste en que toda forma de la filosofía, precisamente en cuanto se eleva sobre el plano del espíritu objetivo, sobre las vicisitudes históricas, expresa, según una dirección suya, la pura exigencia teorética. La historia de la filosofía, pues, mientras sigue la historia de la cultura, tiene una propia continuidad ideal: el hacerse actual, a través de una dialéctica compleja que recorre las diversas categorías del sistema racional. «El desarrollo de los sistemas de la filosofía en la historia — escribe Hegel — es el mismo que el desarrollo, en la esfera lógica, de las determinaciones conceptuales de la idea». El tercer momento está, en fin, en la relación que la esfera especulativa tiene con la estética y de manera particular con la religiosa; relación dialéctica que tiende a resolverse en la transformación del contenido de los dos últimos en la forma teorética del concepto, en que tiene plena verdad. La historia de la filosofía es, pues, concebida por Hegel de manera que cada sistema es considerado tanto en su efectiva determinación histórica, cuanto como un momento de la actualización, en el saber concreto, de la idea misma del saber absoluto.
Aparece de una parte, en su relatividad, respecto al espíritu de un pueblo y de un tiempo, pero, por eso mismo, en su valor ideal, como acto de un momento de la idea, habiéndose cristalizado en una situación histórica pero renovándose necesariamente en un filosofar concreto, aunque sea para una más amplia integración. La historia de los sistemas no es ni la historia de errores caducos, ni la de parciales verdades accidentales; es la historia de la concreción de la verdad, según sus momentos universales, a través de la experiencia espiritual de la humanidad. Por esto la filosofía tiene conciencia de sí, de su propia naturaleza y de su propio principio, sólo en cuanto reconoce su propia historicidad. En este reconocimiento reside la suprema garantía de la pureza y la universalidad del propio criterio teorético. Como Hegel declara que el Oriente, en cuanto no conoce la libertad del espíritu, no tiene verdadera filosofía, ha intentado en una exposición de la filosofía oriental, que se presenta como apéndice a la introducción, mostrar que es sólo un presentimiento del verdadero filosofar.
Éste se desarrolla según tres momentos que corresponden a tres períodos históricos. Ante todo, la razón se afirma en su libertad y autonomía; éste es el período de la filosofía griega que, desde los ionios a Aristóteles, funda el reino autónomo y el método de la razón para decaer en la antítesis del sistema estoico y epicúreo, y en su negación dialéctica por obra del escepticismo, el cual abre el camino a la experiencia religiosa, en cuya forma se oscurece y se nubla la autonomía de la razón. El Cristianismo es el reconocimiento de un dualismo radical entre fe y razón, entre suprasensible y sensible, entre inteligible y real, que la filosofía medieval desarrolla y tiende a resolver. En la filosofía moderna la razón reafirma sus derechos pero no ya como reino que trasciende la realidad, sino como principio y vida de la realidad misma, que se reconoce como actualidad de lo ideal, como espíritu viviente en la conciencia de su libertad. La historia de la filosofía hegeliana inicia un nuevo período en la historiografía filosófica. Abandonada la rigidez sistemática de los primeros discípulos, se desarrolla con Zeller y Fischer, con un realce cada vez más amplio de las relaciones culturales y de las estructuras teoréticas. A pesar de las profundas transformaciones en este campo del saber, no sólo todavía hoy algunos de los análisis hegelianos, especialmente relativos al primer período de la filosofía antigua y a la filosofía moderna, no han perdido su valor, sino que el espíritu de su investigación, y los problemas que ella plantea, reviven en la complejidad y variedad de direcciones de la historia filosófica contemporánea.
A. Banfi

