Las Noches, Edward Young

Bajo este título se tra­dujo y consiguió gran difusión en la Eu­ropa del siglo XVIII el poema inglés El lamento o Pensamientos nocturnos [The Complaint or Night Thoughts] de Edward Young (‘1683-1765), publicado en 1742-1745.

Con el punto de partida de la muerte, ocu­rrida en corto espacio de tiempo, de tres personas amadas por él, el poeta invita a cierto Lorenzo — en quien algunos quisie­ron ver al duque de Wharton, mecenas y amigo de Young, pero que probablemente es sólo una personificación del elegante es­cepticismo de moda en su época — a con­siderar la vanidad de las cosas humanas; y, en polémica con la concepción deísta, en que se inspira el Ensayo sobre el hombre (v.) de su contemporáneo Pope, sostiene la necesidad de la fe en la inmortalidad del alma como único fundamento posible de la moral.

En la primera noche, «Vida, muerte e inmortalidad» [«On Life, Death and Im­mortality»], después de haber invocado a Dios para que guíe a su espíritu a través de las diversas escenas de vida y muerte que le inspiran las verdades más nobles, pasa a considerar la condición del hombre, eslabón de la infinita cadena de los seres, a mitad de camino entre la nada y la di­vinidad, que, en su locura, concentra to­dos sus deseos en esta vida, que no es más que un vestíbulo donde esperar que se abra el «teatro de la vida eterna».

En la segun­da, «Tiempo, muerte y amistad» [«On Time, Death and Friendship»], aconseja a Loren­zo que no malgaste el tiempo, más precio­so que el oro, en diversiones insignificantes, en lugar de emplearlo todo en la batalla por la conquista de la virtud que es la única en permitirnos afrontar serenamente la muerte. En la tercera, «Narcissa», del lamento por la muerte de la joven Narcisa, pasa a reflexionar sobre la vanidad de los bienes mundanos y sobre la necesidad para el hombre de familiarizarse con el pensa­miento de la muerte, indispensable para curarse de la monotonía de la vida.

El terror de la muerte, originado en el hom­bre por la conciencia de la propia culpa — dice en la cuarta noche, «El triunfo cristiano» [«The Christian Triumph»] —, puede ser combatido con el pensamiento del milagro de la redención por el que la hu­manidad se vuelve inmortal y que hizo «del pigmeo una torre»: la única sabiduría es, pues, la religión, la única certidumbre es la fe, donde encontraremos la verdad. En la quinta, «La recaída» [«The Relapse»], continúa con el mismo tema, y sostiene que el dolor es el mejor maestro, las cala­midades son amigas del hombre y sólo de la contemplación de la tumba surge la ra­diante verdad ante la cual la sabiduría mundana pierde todo valor.

En las dos «noches» siguientes, unidas bajo el título «La redención del infiel» [«The Infidel Reclaimed»], se propone probar la inmorta­lidad del hombre, pero, mientras en la sexta se basa en la naturaleza y sostiene que ésta se demuestra inmortal con su continua re­novación, en la séptima extrae, en cambio, sus argumentos del mismo hombre, de su descontento, de sus pasiones y fuerzas, del gradual desarrollo de la razón, del terror de la muerte, de la naturaleza, de la esperanza y de la virtud, del conocimiento y del amor, del carácter de la ambición, de la avaricia, del placer: sólo la inmortalidad resuelve problemas insolubles de otro modo.

En la octava noche, «Apología de la virtud y respuesta al hombre de mundo» [«Virtue’s Apology or The Man of the World Answered»], polemiza con Lorenzo demostrán­dole la vanidad de la ambición y del pla­cer: el verdadero placer no puede ir sepa­rado de la virtud; la verdadera sabiduría consiste en el equilibrio, «igualmente ale­jado del tenebroso dolor y de la alegría descarada». En la última noche, «La conso­lación» [«The Consolation»], canta final­mente, contemplando los cielos nocturnos, el triunfo de la muerte y el día del juicio universal e invita a Lorenzo a prepararse con tiempo para la eternidad; y termina con un himno a la Noche, superior al día porque «de día brilla solamente un sol y de noche brillan diez mil», que, con su in­mensidad, le ha inspirado cantar la gran­deza de Dios.

Se trata de cerca de diez mil versos libres [«blank verse»] en los que alguna hermosa imagen y una indiscutible nobleza de sentimiento y de expresión que­dan a menudo estropeadas por la entonación melodramática y de un gusto qui­zás excesivo por la metáfora epigramática. Young, cuya poesía señala el paso del cla­sicismo de Pope al protorromanticismo de Gray, fue el primero en hacer populares, con este poema, los motivos de la exal­tación de la noche y de la contemplación de la tumba, después muy corrientes en la poesía romántica.

A. P. Marchesini

Young tenía mucho del genio sublime, pero carecía de sentido común… de modo que estaba continuamente expuesto a de­generar en hinchazón. (Pope)

 Obra que impulsa el pensamiento a un terreno donde ni la religión ni la razón sabrían seguirla guiando. (Goethe)

 El autor de las Noches fue un artista muy próximo al genio; pero su error fue querer construir sobre la retórica lo que hubiese tenido que edificar sobre la imaginación. (Gosse)