Tragedia de Eurípides (480-406 a. de C.), representada en el 410 ó 409. La trama principal del argumento es la misma que la de los Siete contra Tebas (v.) de Esquilo, es decir, la lucha entre los hijos de Edipo (v.), Etéocles y Polinices (v.) y su muerte a manos uno de otro. Pero, alrededor de estos dos personajes el poeta reúne las figuras y los destinos de todos los miembros de la familia de los Labdácidas: Edipo, Yocasta (v.), Antígona (v.) y Creonte (v.), de modo que la acción, en la intención innovadora del poeta, se presenta como el vasto cuadro del destino de toda una estirpe trágica, más que como el drama individual de esta o aquella persona. El coro, que da nombre a la tragedia, está formado por muchachas extranjeras, fenicias, que han sido enviadas a Delfos por los señores de Tiro, para que permanezcan allí como servidoras consagradas al culto de Apolo. Declarada la guerra entre Argos y Tebas, por obra de Polinices, participan vivamente de la suerte de esta última ciudad, a la que se sienten ligadas por la fraternidad de los antiguos fundadores, Cadmo de Tebas y Agenor de Tiro. En el prólogo, Yocasta — a quien Eurípides hace vivir todavía, después de la expiación de Edipo, en la tragedia, hoy perdida, Edipo — refiere cómo, una vez descubierta la impureza de Edipo, culpable inconsciente de parricidio y de incesto, éste se ha sacado los ojos y ha sido encerrado en el palacio por sus hijos Etéocles y Polinices, para ocultar la vergüenza de la familia. Edipo, que sigue viviendo, más como un espectro que como un hombre, ha lanzado sobre ellos la maldición de que se disputen con la espada, la herencia paterna. Y ahora la maldición se cumple.
El pacto que los dos hermanos habían acordado, de reinar un año cada uno, alternativamente, no ha sido cumplido por Etéocles, que ha expulsado de la ciudad a Polinices. Éste se ha refugiado cerca de Adrasto, rey de Argos, con cuya hija se ha unido en matrimonio, y ahora se halla en pie de guerra, a la cabeza de los argivos y de otros seis príncipes aliados, frente a su ciudad natal, para reclamar su derecho. La madre ha intentado una reconciliación induciendo a Etéocles a celebrar una entrevista con su hermano, y ahora aguarda que el hijo desterrado entre en la ciudad. Después que Yocasta ha salido a la terraza de palacio, desde’ la cual se domina la llanura que rodea a Tebas, aparecen un viejo esclavo y Antígona. Ésta hace que le señalen uno a uno los guerreros enemigos, pero, en realidad, sólo se interesa por uno: su hermano Polinices, y, al vislumbrarlo, de lejos y no tan claramente como ella deseara, pronuncia palabras de tierno afecto hacia él. El pedagogo explica a Antígona el intento de reconciliación propuesto por Yocasta. Pero el intento fracasa: Polinices, que llega a su ciudad natal temeroso de una emboscada, se encuentra con su madre y con Etéocles, y en el diálogo cada uno de los hermanos se mantiene en sus posiciones: Polinices, reclamando ser admitido en Tebas en las condiciones de antes, y Etéocles afirmando fría y brutalmente, sin tomarse la molestia de buscar siquiera pretextos morales o jurídicos, que no cederá ni una parte de su autoridad. Son inútiles todas las palabras de apaciguamiento de Yocasta. Los hermanos se insultan y amenazan, y Polinices parte para dar la señal del ataque. Después del canto del coro, que, recordando las desventuras de la casa de Cadmo, expresa la mayor angustia ante la inminente desdicha, Etéocles y Creonte, hermano de Yocasta, preparan un plan de combate.
El joven piensa en imprudentes acciones ofensivas, pero Creonte le demuestra que es más seguro aguardar en cada una de las siete puertas, con otros tantos contingentes de defensores, el ataque de los siete correspondientes ejércitos argivos. La escena está en evidente y poco feliz contraposición a la famosa revista de las tropas argivas en los Siete contra Tebas (v.) de Esquilo. Al partir, Etéocles ordena a Creonte, para el caso de que él no regrese, que una en matrimonio^ a Antígona con su hijo Hemón. Después de un canto del coro, Creonte sabe, por el adivino Tiresias, que sólo a la fuerza se decide a revelárselo, que la ciudad no se salvará a menos que un hijo de Creonte, el joven Meneceo, sea ofrecido en sacrificio a los dioses. Creonte se niega, indignado, y manda a su hijo, que ha oído las palabras del vate, que se oculte. El muchacho simula obediencia, pero una vez solo afirma su deseo de sacrificarse por la patria: se dará a sí mismo la muerte, arrojándose de las murallas. Con la invención de este episodio, totalmente desconocido de la tradición y secundario en la estructura de^ la tragedia, Eurípides demuestra su afición al tema del heroísmo de los jóvenes, aunque aquí no se alcance el significado profundo de otras figuras euripidianas nacidas del mismo motivo. Después del estásimo, en el que se exalta el heroísmo de Meneceo, vuelve a escena Yocasta, y un mensajero le dice que la ciudad está salvada. Pero Yocasta quiere saber sobre todo la suerte de sus hijos. El mensajero, primero con cierta vacilación, le revela por fin que Etéocles ha provocado en duelo singular a Polinices y que este duelo debe decidir la guerra. La buena noticia era, pues, un engaño piadoso.
Yocasta intenta por última vez impedir el fratricidio. Llama a Antígona y con ella se dirige al campo a suplicar a los dos hermanos. Las acompaña un canto de piedad del coro. Pero madre e hija, como relata en un largo discurso un mensajero a Creonte, llegan sólo a tiempo para recoger los últimos suspiros de ambos hermanos, que se han herido mutuamente de muerte. Etéocles, que ya ha perdido el habla, sólo puede dirigir a las dos mujeres una mirada de amor; Polinices puede todavía deplorar la desdicha que lo ha empujado contra su patria y suplica que, aunque enemigo y rebelde a su tierra, se le conceda en ella una tumba. La madre, Yocasta, se suicida sobre los cadáveres de sus dos hijos. Y aparece en escena Antígona, guiando la procesión que transporta los cadáveres. Después de un lamento de la joven, en traje de luto, como una «bacante de los muertos», sale por fin del palacio aquel que hasta este momento ha vivido en él como una sombra, Edipo, el autor último y más desdichado de tantos males. Sus desventuras no han terminado. Creonte, ahora rey de la ciudad, le ordena que se vaya de ella para no perjudicarla más con su presencia funesta. Ordena además que Polinices, como rebelde a su patria, sea expuesto sin sepultura fuera de los confines de Tebas. Antígona rechaza las bodas con Hemón, que Creonte quiere imponerle, y declara que rendirá honores fúnebres a Polinices y que acompañará a Edipo en su último exilio. El drama está todo hecho de episodios y detalles sin predominio de una línea de acción o de una figura determinada. Eurípides recurrió tal vez a este tipo de drama comparable a un cuadro extenso y rico, en un intento de renovar una materia demasiado conocida.
No puede decirse que en el conjunto de las Fenicias alcanzara la homogeneidad de tono que a un artista como él le era dado obtener a través de un material tan vasto y disperso; aquella unidad que logra en otro drama análogo, las Troyanas (v.). Hay aquí elementos de nueva y pura poesía en la figura de Yocasta, en la de Antígona y, sobre todo, en la de Polinices, el personaje que más sale del corazón del poeta. En efecto, contra todos los datos de la tradición, Eurípides se pone de parte de este desdichado que combate llorando contra aquellos a quienes ama. Pero otros personajes y momentos resultan, comparados con los demás, demasiado pálidos y sumarios, como Etéocles, que, más que realizar la figura trágica del hombre sediento de dominio, se limita a exponer sus teorías con seca frialdad. [Trad. de Eduardo de Mier en el volumen Tragedias (Madrid, 1879) incluida después en el tomo I de las Obras dramáticas (Madrid, 1909) y en el de Obras completas (Buenos Aires, 1946)].
A. Setti
Esquilo y Sófocles son espíritus antiguos en toda la fuerza y en toda la autenticidad del término. Eurípides es ya un moderno. (E. Jaloux)

