La Luna de los Caribes , Eugene Gladstone O’Neill

[The Moon of the Caribbes]. Bajo este título el autor dramático norteamericano Eugene Gladstone O’Neill (1888-1953) publicó en 1919 una serie de siete breves dramas marineros, todos lle­nos de una misma atmósfera, inspirados en un único mito. El verdadero protagonista es el mar en el cual está como incorporada la realidad instintiva, casi subconsciente, de las criaturas humanas.

Los diversos estados de ánimo, los diferentes modos de ser de los personajes no son más que las diferen­tes reacciones individuales en la lucha con­tra el ambiente, contra el instinto implaca­ble. Del instinto desencadenado son vícti­mas, en el drama que da título a la colec­ción, los marineros de la nave «Glencairn», anclada en la noche lunar, cuando la posi­bilidad de saciar por un instante el deseo demasiado tiempo reprimido de vino y mu­jeres los entrega a una orgía sanguinaria; en la tétrica bodega de la nave envuelta en densa niebla (Rumbo a Cardiff [Bound for Cardiff), el marinero Yank, moribundo a consecuencia de una caída, combate des­esperadamente contra el elemental y pri­mitivo terror a la muerte, bajo los ojos impotentes de su amigo Driscoll; la necesi­dad fundamental de sentirse próximo a otro ser humano arrastra, en la taberna del pue­blo (El largo viaje de retomo [The long voy age home]), al noruego Olson hacia Freda, que lo emborracha, permitiendo así al tabernero despojarle del dinero con el que confiaba volver a su casa; y es el loco, bes­tial e irracional temor que transforma a los bondadosos marineros (En zona de guerra [In Zone of War]) en animales furiosos y les hace ver un instrumento infernal en la caja en el que el pobre Smitty conserva las cartas de su amada.

También en los otros dramas, aunque más convencionales y menos claros, encontramos el mismo trá­gico conflicto: en La pesca [The fish], la señora Keeney, que ha querido acompañar a su marido en la ballenera, enloquece por­que no puede soportar la soledad y la incom­prensión que ella identifica con el hielo y el sombrío cielo boreal, y el capitán Kee­ney no tiene piedad para con ella porque dominado, hasta la obsesión, por el instinto primordial del hombre que no quiere ceder en la lucha emprendida, no puede regresar sin que la nave esté cargada de pesca. La locura de Bartlett y de su hijo en Donde está marcada la cruz [Where the Cross is marked] —que O’Neill más tarde ha dilui­do en el drama en tres actos titulado Oro [Gold] (1922) —, locura originada en la obs­tinada fe en un inexistente tesoro, tiene su origen en esta misma avidez de posesión; y es todavía la avidez en forma de avaricia el fundamento del último drama La soga [The Rope]). El mar, que atrae a estos hom­bres como una promesa de redención, para luego devolverlos gastados y desilusionados, no es más que el símbolo, la personificación exterior del instinto inexorable y ciego.

Antes de O’Neill no existía en América un auténtico teatro original; al teatro literario de imitación europea se oponían las vastas representaciones de los «Community Theatres», teatros populares al aire libre, en los que participaba el público, como en los an­tiguos misterios. Por primera vez en los dramas de O’Neill, tradición literaria y gus­to popular se funden renovándose comple­tamente.

A. P. Marchesini