La Legión, Stanislaw Wyspiański

[Legjon]. Drama de Stanislaw Wyspiański (1869-1907), publicado en 1900 en Cracovia. El mayor y más original de los poetas de la «Joven Polonia», esto es, de la corriente que, en nombre de la poesía, y de los superiores intereses espi­rituales de la nación, se había revelado contra la representación de la vida coti­diana que ofrecía el realismo, Stanislaw Wyspiański, neorromántico, evoca más de una vez en sus obras al jefe del primer romanticismo, Adam Mickiewicz.

La Legión representa el momento culminante de la posición polémica adoptada por Wyspiański frente al poeta profeta, y la condena del concepto mesiánico que asignaba a Polo­nia el carácter y la misión de «Cristo de las Naciones». El Mickiewicz que habla y obra en ocho de estas escenas no es el épico y sereno cantor del poema nacional (v. El Señor Tadeo) : agrandado en propor­ciones gigantescas, penetrado de una fuer­za indomable : es el Conrado de Los Antepa­sados (v.), el mesianista, el secuaz del mís­tico Towiański. Quiere conducir su pueblo a la resurrección, pero sólo consigue hacer naufragar entre las olas la barca con la tripulación que confiaba en él. Los doce cuadros del drama se desarrollan entre 1845 y 1848, en Roma, donde, como es sabido, Mickiewicz formó y armó la legión de los voluntarios polacos destinados pri­mero a combatir por la independencia taliana y después a abrirse paso hacia la patria. En una escena nocturna, en el Coliseo, Mickiewicz discute con el otro gran poeta polaco desterrado en Roma, Sigmund Krasiński, acerca del destino y la misión de Polonia.

Sucesivamente Mickiewicz do­blega su orgullo de guía espiritual de la nación, en confesión, a los pies del sacer­dote Jelowicki; en el Quirinal, recibido por el Papa, le pide arrebatadamente su bendición para los legionarios y su bandera; comparte fraternalmente, entre los sepul­cros de la Vía Appia, el agua y el pan del peregrino con sus compañeros legionarios. En el último cuadro, de color y de tono apocalípticos, al timón de una barca sobre un mar tempestuoso y poblado de mons­truos, conduce a sus seguidores al naufragio y grita a los desaparecidos: «¡Resucitad, oh jóvenes!». El drama es ultra fantástico por su concepto y por su forma; su pensa­miento conductor es oscuro; oscuros muchos de sus detalles; y, con todo, las joyas de ardiente lirismo, las observaciones profun­das y agudas, y el esplendor de la lengua en las escenas satíricas y en las visiones grandiosas compensan en parte lo arbitrario y artificial del conjunto. Trad. italiana de Victoria Dambska en la revista «Teatro» (Turin, 1925).

C. A. Garosci