Ensayo del gran prosista español José Martínez Ruiz (1873-1967), más conocido por el pseudónimo de Azorín. El autor, en una breve nota introductora, justifica la mención del libro afirmando: «Un lazo espiritual une, como verá el lector, todos los trabajos de este volumen. La coherencia estriba en una curiosidad por lo que constituye el ambiente español — paisajes, letras, arte, hombres, ciudades, interiores — y en una preocupación por un porvenir de bienestar y de justicia para España». Desfilan por estas páginas grandes escritores españoles o extranjeros que, de alguna manera, se han referido o han visitado a España, como Dumas y Gautier.
Gracias al asombroso poder evocativo de la prosa azoriniana, que tiene la fuerza de un conjuro, se hacen vivos y casi palpables Juan Luis Vives, el ejemplar humanista valenciano; Vélez de Guevara, el que, menospreciando la corte, alababa a la aldea; el Quijote; Saavedra Fajardo, y otros. El escritor dedica también un recuerdo lírico a los jardines de Castilla y a una visión neorromántica de la primavera. Pero lo que da una especie de unidad ideológica al libro son los estudios dedicados a aquellos escritores españoles que tuvieron una seria y acongojada preocupación por España: Gracián, Cadalso, Mesonero, Costa, Larra, Galdós, Baroja, etc. y que han hablado siempre con amor, aunque a veces con acritud y pesadumbre, de las lacras del pueblo español: el falso patriotismo, la exuberante burocracia, el abandono de la agricultura, el vicio de resolverlo todo con las bayonetas, el señoritismo, la miseria de los menesterosos, etc. Glosando citas de estos autores, desempolvando palabras de entonces, evocando sus ciudades, sus montañas, sus diálogos, sus ropajes, Azorín nos da una exacta y viviente pintura de cada época, nos acerca a los clásicos, confirmándonos así lo que escribe en el prólogo: «Un autor clásico es un reflejo de nuestra sensibilidad moderna… por eso los clásicos evolucionan: evolucionan según cambia y evoluciona la sensibilidad de las generaciones». Con su estilo sobrio, sucinto y moroso, Azorín cumple una vez más la misión de moderno embajador de los clásicos.
A. Manent

