La Isla del Tesoro, Robert Louis Stevenson

[Treasure Island]. Novela de aventuras de Robert Louis Stevenson (1850-1894), publicada originariamente en la revista «Young Folks» («Jó­venes») y publicada en volumen en 1883. De súbito hizo famoso a su autor de 36 años.

La novela, que se desarrolla en el si­glo XVIII, figura escrita por el muchacho Jim Hawkins (v.), hijo de una mesonera, en una aldea marítima de Inglaterra. Esta­mos en la posada «Almirante Benbow», regentada por la madre de Jim, un albergue solitario rodeado por una atmósfera de mis­terio pintoresco y de espera angustiosa. Allí se encuentra como huésped un viejo marinero lleno de cicatrices, Billy Bones, pero una oscura amenaza pesa sobre él: un ciego le lleva la «mota negra», fúnebre aviso de desgracia muy en uso entre piratas. El mismo día, Billy, empedernido bebedor, muere de un ataque. Jim y la madre, abrien­do un baúl misterioso que llevaba consigo, se apoderan de ciertos mapas; en ellos se indica la situación, en una isla remota, del botín fabuloso enterrado por la banda del capitán Flint. En vano los piratas asaltan el mesón para apoderarse del documento. Jim está ya lejos, interesa en la empresa al doctor Livesey, médico y magistrado del pueblo, y al caballero Trelawney, cacique local; fletan una nave, la «Hispaniola», y todos parten hacia la Isla del Tesoro. Pero en la nave hay enrolados algunos piratas de la banda de Flint capitaneados por el pin­toresco John Silver (v.) «pata de palo», y la lucha no tardará en estallar.

Se suce­den, con un procedimiento caro a Steven­son y que fue muy a menudo seguido por Conrad, otras aventuras contadas, no ya por el joven Hawkins, sino por el doctor Live­sey. La novela se bifurca y luego vuelve a su cauce principal. Llegados a la isla, los dos grupos, el de Silver y el grupo ca­pitaneado por el doctor Livesey y Tre­lawney, al cual pertenece el muchacho y al que se ha unido Benn Gunn, un desgraciado abandonado en la isla tres años antes por la banda de Flint, se combaten con alter­na fortuna en una trama fantástica pero bien estructurada. Por fin el tesoro es re­cuperado, Silver desaparece y la «Hispa­niola» vuelve victoriosa. Desde el día de su publicación, La isla del tesoro se ha con­vertido en un clásico de la literatura de aventuras. Hubo quien perdió el sentido de la proporción (A. Lang), llegando incluso a compararla con la Odisea. Nos parece más sensato considerarla como un ilustre esla­bón de la rica tradición de la literatura marinera y aventurera anglosajona y colo­carla entre el Robinson Crusoe (v.) de De Foe — gran padre común — y los vo­lúmenes polinésicos de Melville (v. Typee y su continuación Omoo) por una parte, y algunas novelas de Conrad (v. Victoria) y de Jack London por otra. Como en todas las obras mejores de Stevenson, el mérito artístico fundamental reside en un sano y admirable equilibrio entre realidad y fantasía.

Stevenson es en la Isla del te­soro siempre preciso y concreto, a veces hasta la minuciosidad; pero esto no obsta­culiza jamás el animoso aliento de la no­vela ni entorpece el halo legendario que se desprende de sus personajes. Esta obra ha conseguido ser uno de aquellos rarísimos libros que satisfacen tanto la sed de aven­turas de los muchachos como el espíritu estético de los refinados. Ciertos hallazgos pintorescos, como el del papagayo de John Silver, se hacen inolvidables, porque en Stevenson se conjugan un arte consumado y una casi infantil alegría de narrar. La novela ha sido traducida a muchas lenguas.

P. G. Conti