[Die Toteninsel]. Composición musical para orquesta, de Max Reger (1873-1916), inspirada en la conocida pintura homónima de Arnold Bócklin. Es el tercero de los cuatro poemas sinfónicos, publicados en 1913, que deben su nombre y su inspiración a obras de este pintor y que, en su calidad de «música de programa», constituyen un caso rarísimo en la producción del maestro bávaro, severamente caracterizada por un sentimiento arquitectónico de la forma totalmente esquiva a sugestiones de naturaleza literaria y objetiva. Con estos fragmentos alusivos a las románticas visiones del pintor suizo, el austero y clásico músico quiso condescender con las tendencias impresionistas de la época; pero sus propósitos descriptivos no van más allá de la genérica determinación del estado de ánimo informador, por lo que las cuatro obras resultan desarrolladas a base de una lógica de orden meramente musical. En la Isla de los muertos aparecen claramente manifiestos los caracteres peculiares del lenguaje típico de Reger, de compleja sintaxis, de atormentado cromatismo que informa la melodía y la armonía: la primera, continuamente cambiante y de ritmo cortado; la segunda, toda ella pura ramificación contrapuntística, en constante movimiento. Pero, además, no es difícil advertir en ellas la búsqueda de una expresión colorística más viva que de costumbre. Domina en todo el poema un oscuro sentido de lo trágico, que desde el principio se impone con el lento y fúnebre tema cromático que va descendiendo hasta convertirse en un murmullo de las violas y los bajos. De este motivo salen y se desarrollan los elementos de la frase musical que avanza grave y solemne, a veces iluminada por algún resplandor que se eleva hasta el canto abierto, para luego replegarse en sí mismo y perderse en la quietud misteriosa de oscuras y tristes armonías.
M. Bruni

