La Hermana San Sulpicio, Armando Palacio Valdés

Novela del escritor español Armando Palacio Valdés (1853-1938), publicada en 1889. Ceferino Sanjurjo, médico y poeta gallego, hallándose en la pequeña ciudad de Marmolejo, se enamora de una novicia andaluza, Gloria Bermúdez, que lleva en religión el nombre de Hermana San Sulpicio. Al saber que la monjita no tiene particular vocación re­ligiosa, él la corteja y le declara su amor, procurando alejar a un pisaverde de Málaga llamado Suárez. Las religiosas vuelven a Sevilla; Ceferino las sigue y consigue trabar con la Hermana una correspondencia en secreto. En tanto, por medio de un ami­go, el conde de Padul, induce a la madre de la joven a retirarla del convento. Pero Suárez vigila y substituye a Ceferino en una cita nocturna a la reja de la bella. El joven acusa el golpe, pero vuelven el amor y la confianza cuando conoce la lealtad dé Gloria. La madre de ésta intenta volver a encerrarla en el convento, y a Ceferino no le queda más remedio que raptar a la joven, y confiarla caballerosamente a Padul. Salda luego sus cuentas con Suárez y todo acaba en alegres bodas.

Esta novela es la más afortunada de Palacio Valdés: su éxito depende del brío de su narración, de la gracia de su trama exenta de toda pretensión doctrinal, pero sobre todo de su ocurrencia inicial. Ceferino Sanjurjo, que narra los hechos en primera persona, es gallego; Gloria Bermúdez es andaluza, y las escenas principales de la novela se desarrollan en Andalucía, y el sur revive en la novela con sus colores, su luz, sus fiestas, las corridas, el «cante jondo», mara­villosamente evocados. De este juego de contrastes regionales, Palacio Valdés ob­tiene efectos de máxima comicidad, pero mantenidos siempre dentro de los límites de un exquisito garbo literario, por lo que hasta el lector más ceñudo se ve obligado a acoger con la más indulgente sonrisa las peripecias de la novela, como aquella del final en que la ex Hermana San Sulpicio, para demostrar a las monjas que no quie­ren creer que el joven que la acompaña en el locutorio del convento es verdaderamente su marido, le echa los brazos al cuello y se lo come a besos.

A. R. Ferrarin