Drama religioso del gran dramaturgo español del Barroco don Pedro Calderón de la Barca (1600-1681), compuesto en 1633 (o poco antes, según algunos críticos) y publicado en una colección de comedias de varios autores, en Huesca, en 1634. La acción se desarrolla junto a Siena en tres «jornadas» o actos. Eusebio ama a Julia, hija del viejo patricio Curcio, pero la familia no le acepta a pesar de que la muchacha comparte la pasión del joven. Lisardo, hermano de Julia, para defender su honor, se bate con Eusebio; herido de muerte, perdona al adversario del que sabe que es devoto de la Cruz desde pequeño, y pide al Señor que no le deje morir sin confesión. Eusebio, audazmente, va poco después a casa de Curcio para hablar con su amada; visto por algunos viandantes, el homicida es reconocido inmediatamente y Curcio jura que se vengará de la doble afrenta. Entretanto, el viejo, de acuerdo con Lisardo, quiere hacer entrar a su hija en un convento. Ella, que había escondido a Eusebio al aproximarse su padre a su cuarto, al encontrarse sola con el cadáver del hermano y con el matador, su amante, se siente llena de desesperación (I jornada).
Eusebio, perseguido, se convierte en salteador de caminos, pero en su devoción por la Cruz, se muestra de alma buena, ya que ha sido inclinado al mal por los hombres desde su niñez de expósito; los brazos de la Cruz que ha visto siempre sobre sí desde que era niño, son el símbolo de una vida de piedad y es en vano que trate de huir del mal en la sociedad en que se ve obligado a vivir. Con su banda, aprisiona a un sacerdote, Alberto, al que dejan inmediatamente libre. El sacerdote le da un libro de los «Milagros de la Cruz», que le salvó una vez de recibir una bala de plomo que le disparó un bandido. El santo hombre promete que irá a confesar a Eusebio cuando se encuentre a punto de morir. Eusebio sabe que Curcio le busca por los bosques y los montes próximos a Siena y quiere hallarle vivo o muerto para llevar a cabo su venganza. Entretanto, en un momento de ímpetu, con sólo dos de sus más fieles compañeros, Eusebio viola el convento para raptar a Julia, pero cuando en la celda ve brillar la Cruz sobre el pecho de ella, se aleja, lleno de veneración por el símbolo sagrado, en tanto la joven quiere seguirle, aun sabiendo que con ello falta a sus deberes (II jornada). Curcio y los suyos siguen cada vez más de cerca las huellas de los bandidos, guiados por los campesinos que acusan a la banda de todos los males que pasan por los contornos; entretanto Julia, vestida de hombre y cubierto el rostro, se aleja del convento y se une a los compañeros de Eusebio para reunirse con éste.
Se ve obligada a sostener un duelo y es entonces descubierta; llena de desesperación, quiere que se cumpla en el bandido la venganza de su familia. Eusebio, cuando sabe que ella ha huido del convento, se asusta, como si oyera una voz del cielo y le ruega que vuelva de nuevo al santo lugar. Los bandidos son, finalmente, apresados y Curcio no quiere cruzar su espada con Eusebio, al fin un traidor; agarrándose a él, luchan vigorosamente. Eusebio, desde su duelo con Lisardo, tiene una grave herida en el pecho, y Curcio ve en ella el signo de la Cruz: ¡Eusebio es, por lo tanto, hijo suyo, abandonado de niño! Eusebio, perdonado, muere y le sepultan en el bosque; llega Alberto de Roma y, por voluntad divina, logra encontrar el cadáver y le infunde vida para poder confesarle antes de que sufra su juicio después de la muerte. Julia, dándose cuenta del hado de su familia, volverá de nuevo al convento y la cruz se alza como símbolo de la gracia divina sobre la tumba de Eusebio. El drama, construido sobre un motivo religioso tradicional, tiene escenas vigorosas por el contraste de sus caracteres, aun cuando a menudo el celebrar los misterios de la fe en los corazones humanos haga que la acción adolezca de una excesiva rigidez.
C. Cordié

