La Cruzada de los Inocentes, Gabriele D’Annunzio

[La crociata degli innocenti]. Bajo este título Gabriele D’Annunzio (1863-1938), pu­blicó en 1915 en una revista, y en un volu­men en 1920, los bocetos para un «misterio» en cuatro actos y en verso; los mismos boce­tos fueron publicados de nuevo como guión cinematográfico (juntamente con un breve resumen de la acción en italiano y francés), más o menos por aquel tiempo, que, en efec­to, realizaron en película A. Boutet y A. Traversa, siguiendo las huellas del éxito obtenido con Cabiria.

En esta obra conti­núa el pseudomisticismo del Martirio de San Sebastián (v.); y a pesar de haber procu­rado evitar la especial complacencia sen­sual de la lengua francesa empleada en esta obra y en otras, el mismo efecto obtiene la explícita resonancia y estilización utiliza­das en las Laudas de Jacopone (v.), y en las Florecillas de San Francisco (v.). Se trata de la historia de un pastor, Odimondo, como Aligi (v.) de la Hija de lorio (v.), que abandona a su prometida, súbitamente atraído por una prostituta leprosa. Para curarla de la horrible enfermedad es nece­sario que beba la sangre de una criatura inocente; y por esto el pastor mata a su misma hermanita, Gaietta. Pero un místi­co Peregrino no sólo resucita a la muerta, sino que convierte a la mala mujer y hace que le sigan todos a Tierra Santa con una cruzada de niños cuyas naves caen en ma­nos de traficantes de carne humana, que cuentan con venderlos como esclavos.

Pero por otra parte, el amor carnal no se ha apagado en Odimondo: de manera que el triunfo final de las naves cruzadas, donde perecen Novella y Gaietta, tiene para él el significado de castigo y venganza del Cielo. Antiguos motivos afloran en la complicada historia, especialmente el de la Supe mujer; pero también aquí, como en el Mar­tirio de San Sebastián, el misticismo a me­nudo afina el tema erótico hasta convertirlo en suave música; y el «misterio» no pasó del estado de boceto, tal vez por este mismo tono vago, narrativamente desligado y sugestivo, que así conserva. Dentro del particular momento a que pertenece de la evolución artística de D’Annunzio, esta obra resulta mejor junto con el Martirio de San Sebastián y la Pisanella, que Parisina y el Hierro (v.).

E. De Michelis