La Cruz en el Báltico, Zacharías Werner

[Das Kreuz cin der Ostsee]. Tragedia católica románti­ca de Zacharías Werner (1768-1823), comen­zada en 1804, y que quedó incompleta. En 1806 fue terminada la primera parte, titu­lada «La noche nupcial» [«Die Brautnacht»] e iniciada con un prólogo, en el cual el Arte Santo en persona resume oscuramente el contenido del drama.

Waidewut, tras de ha­ber dado a los prusianos la religión del Dios Bangputtis, se ha nombrado gran sacerdote y después rey, y quiere inducir a su pue­blo a la vida sedentaria y al cultivo de la tierra, pero el curso de los acontecimientos, le coloca en una situación trágica. Samo, uno de los dos hijos de Waidewutt, salvado de las feroces batallas en los confines del pueblo polaco, trae la noticia de que su hermano Warmio ha sido hecho prisionero por el enemigo, se ha convertido al cristia­nismo y quiere casarse con Malgona, hija del voivoda polaco. En vano el gran sacer­dote aconseja la prudencia: Samo consigue decidir al pueblo a la lucha contra los Ca­balleros Cruzados que ya han venido de Polonia y están a punto de comenzar el asalto. El segundo acto nos transporta al castillo polaco de Plozk, después de cele­bradas las bodas de Warmio con Malgona. Mientras Samo, con la complicidad de un hebreo, Stephani, consigue introducirse en el castillo para matar a Malgona y llevarse por fuerza a su hermano, las hordas prusia­nas avanzan en la noche, y la suerte de los polacos estaría decidida, de no venir en su auxilio una compañía de caballeros teutó­nicos, milagrosamente guiados hacia el cas­tillo a través de estepas y desiertos por un misterioso «tocador de arpa» (que más tar­de se revelará como el espíritu del santo arzobispo Adalberto, ya antes asesinado por los prusianos).

Ante la aparición del Santo, también Samo, que había intentado en vano persuadir a Warmio a seguirle, huye. Entre­tanto Warmio, sorprendido en coloquio con su hermano y acusado de traición, es transportado a un islote vecino, y la batalla se continúa. Ya van los prusianos a escalar la cima del castillo; pero ante la aparición del «tocador de arpa», que pasa incólume sobre las fortificaciones, acompañado por Malgona, la cual — disfrazada de peregri­no— se dirige junto a su esposo, retroce­den aterrados. En el tercer acto, en una pintoresca isla del Vístula, tras el primer momento de embriaguez, Malgona y Warmio, nuevamente reunidos, hacen voto de no turbar más con deseos terrenos la san­tidad de su amor. Pero, guiados por Samo, se introducen en la isla los prusianos, y en vano Warmio mata a su hermano, para de­fender a Malgona: los esposos son hechos prisioneros y conducidos para ser sacrificados en el altar del dios prusiano, mientras el Santo, que de lejos ha asistido a toda la escena, predice que su sangre inocente es el último sacrificio necesario para el triun­fo final de la Cruz sobre los prusianos. Así termina la primera parte. De la segunda sólo nos quedan dos fragmentos: la derrota total de Waidewut, oprimido por los dioses que él mismo había creado, más potentes ahora que él en las creencias de su pue­blo, y el martirio final de los dos esposos, coronado por la definitiva victoria del Cristianismo.

El centro del drama es el amor de Warmio y de Malgona, inspirado en las teorías ero temáticas de Werner. El poeta domina en muchos momentos la rica materia poética, tanto que las frecuentes desigual­dades, debidas especialmente a la equívoca mezcolanza estética de rasgos realistas con otros de un confuso simbolismo romántico, no disminuyen la potencia de las escenas. La genialidad de la concepción, habría hecho de esta tragedia, si se hubiese ter­minado, la obra maestra del poeta, y se comprende, por tanto, el entusiasmo de E. T. A. Hoffmann, que vio nacer el drama y que vistió musicalmente a la primera parte. El motivo de los dioses que aniqui­lan al hombre que los ha creado, lo to­mará más tarde Hebbel en Moloch (v.).

A. Maughi