Julio César, William Shakespeare

[Julius Caesar], tragedia en cinco actos, en verso y prosa, de William Shakespeare (1564-1616), escrita probable­mente en 1599, estrenada el mismo año y publicada «in folio» en 1623. Sus fuentes son las «Vidas» de Bruto, César y Antonio de las Vidas paralelas (v.) de Plutarco, en la traducción inglesa de sir Thomas North (1579) —a través de la francesa de Jacques Amyot — muchas veces seguidas por Sha­kespeare literalmente. Se han comparado algunos pasajes con la Farsalia (v.) de Lu- cano, con las Epístolas (v.) de Cicerón, con la Historia natural (v.) de Plinio, con las Guerras civiles de Appiano y con la Historia romana (v.) de Dión Casio, con las Vidas de los doce Césares (v.) de Suetonio y con El César de Pescetti, pero no se puede decir qué es lo que Shakespeare ha tomado directamente de estas fuentes, ya que se han perdido otros dramas ingleses anteriores sobre el mismo tema.

Las ambi­ciones de César (v. Julio César) provocan una conjuración entre los defensores de la libertad romana, sobre todo Casio (v.) y Casca, quienes persuaden a Bruto (v.), que odia las miras de César, pero no a César mismo, por lo que toda su actuación va acompañada de la repugnancia por el acto que va a efectuar. Vemos a Bruto defen­derse de la insistencia de su mujer Porcia (v.) que quiere enterarse de su secreto, y a César, al que su mujer, Calpurnia, advertida por un sueño, suplica para que no vaya al Capitolio en los Idus de marzo. Pero uno de los conjurados, Decio, lo convence, y asi­mismo falla el sofista Artemidoro en su intento de prevenirle. César es muerto; los conjurados hacen gritar por la ciudad: «¡Li­bertad e independencia!», creyendo tener al pueblo con ellos, pero Antonio, con una hábil oración fúnebre ante el cadáver de César, levanta al pueblo mientras el forzado discurso de Bruto deja fría a la masa. La insurrección obliga a huir a los conjurados; se forma el gobierno de los triunviros, An­tonio, Octavio y Lépido, que se movilizan contra el ejército de Bruto y Casio. La vís­pera del encuentro los dos amigos tienen un altercado, pero después se reconcilian y Bruto da a Casio la noticia de la muerte de Porcia.

Este llamado «diálogo de arma corta» («half-sword parley») fue una de las escenas más admiradas de todo el teatro de Shakespeare por sus contemporáneos. El es­pectro de César se aparece a Bruto. Sobre la llanura de Filipos, Bruto vence a las fuer­zas de Octavio mientras que Casio es batido por Antonio. Creyendo que también Bruto ha sido derrotado, Casio se suicida; el fiel Titinio sigue su ejemplo. En la segunda ba­talla Bruto, desalentado por la muerte de Casio, es derrotado e, igualmente, se mata. El problema de la interpretación de este drama, que preludia el período de las gran­des tragedias de Shakespeare, está compli­cado por la confusión que existe entre la función dramática de la escena central (la muerte de César) y la auténtica meta trá­gica. La mayor parte de los críticos, basán­dose en el hecho de que la muerte de César sucede en un estado prematuro de la acción, niegan que éste sea el protagonista de la tragedia y sostienen que esta calidad com­pete a Bruto. Por otra parte reconocen que el espíritu de César domina toda la tragedia, incluso después de su muerte, y su nombre está en los labios de Casio y de Bruto cuan­do se suicidan. A primera vista puede pare­cer que el verdadero protagonista es Bruto, tanto más cuanto que, al final del drama, éste es recordado por Antonio con palabras que, por analogía, podrían aplicarse al mis­mo Shakespeare: «Éste fue el más noble en­tre todos los romanos…

Su vida fue apaci­ble; y los elementos estaban de tal forma mezclados en él, que la Naturaleza podría erguirse y exclamar ante todo el mundo: esto fue un hombre». Pero Bruto, en el pri­mer acto ocupa una posición secundaria res­pecto a Casio, en el tercero su personalidad es apoyada por la de Antonio y sólo en los actos IV y V desempeña una función dra­mática de primer plano. Para resolver el problema, algunos han pensado que el ver­dadero protagonista es la idea personificada por César, el cesarismo, el ideal autoritario, cuyo antagonista sería la idea republicana representada por los defensores de la liber­tad de la antigua Roma. Para otros, en fin, todas las disquisiciones sobre el verdadero protagonista son vanas, teniendo en cuenta cuán indisolublemente están ligados los des­tinos de César y de Bruto, de tal suerte que a Bruto (acto IV, escena 3) se le apa­rece su propio destino, su demonio, con el rostro de César. La tragedia tiene un ritmo apremiante, está regida por un férrea Némesis; la primera parte culmina en la muer­te de César, la segunda en el suicidio de sus matadores; en medio hay una pausa, la reunión de los triunviros que, apartados del trágico tumulto, lo miran fríamente, calcu­lando sus ventajas prácticas. El elemento cómico está casi ausente de este drama ro­mano, como también dé Coriolano (v.); si en él hay risa, es una risa amarga por el destino del poeta Cinna, muerto por la inge­nuidad y la simpleza de la muchedumbre, fácilmente conquistada por los descarados recursos retóricos de la oración de Antonio. Entre los versos de esta tragedia hay uno que se ha convertido en proverbio, el de la escena del acto III, cuando Antonio muestra los agujeros de los puñales en el manto de César: «Éste fue el golpe más cruel de todos» («This was the most unkindest cut of all»). [Trad. española de Luis Astrana Marín en Obras completas (Madrid, 1930; 10.a edición, 1951) y en tomo suelto con texto original y versión castellana por Rafael Ballester Es­calas (Barcelona, 1950)].

M. Praz

En el mundo conocido [César] es la inte­ligencia más grande que conocemos a través de la literatura. (Carlyle)

Encuentro piadoso el César de Shakes­peare. (Brandés)

Cuando busco mi mayor motivo de esti­mación 23or Shakespeare, encuentro siempre tan sólo uno: que concibió el tipo de César. (Nietzsche)

Su genio, semejante al genio de la natu­raleza, abrazaba con una sola mirada el sol y los átomos. (Karamzin)

César y Roma son poderosas visiones del Shakespeare místico, pero Bruto es la encar­nación de sus vibraciones más íntimas. Sin esta alma de Bruto y sin su tristeza, Julio César sería una historia, no el misterio de la lucha de la dignidad humana contra la grandeza del mundo.’ (Gundolf)

El arte de Shakespeare, en sus momentos cumbres, excede con mucho de las circuns­tancias materiales de su creación, ya que éstas pueden ser hoy, y es mejor que lo sean, completamente menospreciadas, mien­tras que el drama en sí mismo está aislado, en cierto modo, en su pureza. (Granville Barker)