Julio César, Enrico Corradini

Una de las obras teatrales más recientes de este título es Julio César [Giulio Cesa­re], drama en cinco actos de Enrico Corradini (1865-1931) representado en el esce­nario del antiguo teatro romano de Ostia en 1926. El autor pretende ver en César la personificación de Roma: un símbolo más que un hombre. Su figura domina el drama, quedando por encima de él, como «un solitario de cuyas órdenes depende el mundo… y su vida es un monólogo». En cambio son personajes vivos y con pasiones humanas los que luchan alrededor suyo, sus partidarios o sus enemigos, y Bruto está también trazado con sensibilidad, si bien es, asimismo, un símbolo. El verdadero «pathos» del drama debería brotar del inconfesado e inútil afecto del dictador per­petuo hacia el hijo que ignora que es su padre, que no lo comprende como político y que no lo acepta como emperador; pero la oposición de ambos caracteres, si bien está sólidamente planteada y conducida con un vigor clásico de lenguaje, resulta a menudo fría y estática.

Mucho más inte­resante es el contraste moral y psicológico entre Bruto y Casio, al determinarse el ascendiente que el segundo alcanza sobre el primero, hasta en el epílogo de los Idus de marzo; es éste un núcleo de verdadera sustancia dramática, aun cuando está tan sólo parcialmente desarrollado. En cuanto a los perfiles femeninos, empezando por Cleopatra, quedan en segundo término co­mo elementos accesorios y decorativos. Es notable por la seguridad de sus trazos, la presentación de las masas: el ejército for­mado en las orillas del Rubicón y la curia aterrada ante la inminente llegada de Cé­sar; de escena en escena desfilan, aunque no en tanto grado, como algunos pretenden, las reminiscencias de Shakespeare como los valores intuitivos y evocativos de un ar­tista. El Julio César de Corradini es, más que un drama, un gran apólogo político.

L. Federzoni