Drama del escritor español Juan Eugenio Hartzenbusch (1806-1880), de tema histórico, sobre un conocidísimo episodio de la epopeya del Cid (v.). Fue estrenado en 1845. El rey Sancho de Castilla es asesinado (1073) por un tal Bellido, pero se sospecha de que lo haya sido por orden de su hermano Alfonso VI, rey de León, con objeto de heredar el trono, ya que el rey Sancho muere sin hijos. Castilla, que ha quedado bajo la regencia de la viuda, está dispuesta a aceptar al nuevo rey a condición de que antes jure ser inocente del delito. El alma de esta imposición, dictada por un puro sentido religioso y caballeresco, es Rodrigo Díaz de Vivar, el famoso Cid Campeador.
El rey Alfonso, al principio, consiente, pero después trata de librarse del juramento, por parecerle humillante en sumo grado para un rey el disculparse de tan injuriosa acusación. Para esto se sirve del amor de Rodrigo por Jimena (v.) su prima, de la que es tutor, poniendo como condición para el matrimonio la renuncia a la pretensión del juramento por parte de Rodrigo. Pero el Cid prefiere renunciar a Jimena. Entonces el -cortesano Gonzalo Ansúrez, por odio al Cid, por celos de Jimena, de la que está enamorado y para alcanzar el favor del rey, después de hallar y matar a Bellido, inventa que éste, antes de morir le ha confesado que quien ordenó el regicidio fue el Cid. Gonzalo sostiene que, por lo tanto, el Cid no es el más indicado para pretender que el rey Alfonso jure. Rodrigo le desafía y mata en duelo. Antes de morir, Gonzalo confiesa haber mentido y el rey no tiene más remedio que prestar juramento, pero después da rienda suelta a su resentimiento y destierra al Cid. El Cid parte, separándose temporalmente de Jimena y prometiendo no regresar hasta haber ganado al menos cinco batallas a los moros y conquistado tierras y ciudades para su rey, a fin de aplacar su enojo.
Este es en sustancia el argumento del drama, derivado en gran parte del Romancero (v.) cuya densa trama (y a veces más que trama, enredo y confusión) es complejísima por sus personajes y escenas secundarias. Obra floja en conjunto por falta de motivaciones psicológicas y por su escasa coherencia; pero sobre el fondo histórico, románticamente visto con colores violentos, no faltan escenas dignas de mención, como el primer encuentro entre Ji- mena y el Cid, la discusión entre éste y el rey Alfonso sobre la oportunidad del juramento, la ira y el reto del Cid y la solemne y dramática ceremonia de la «Jura en Santa Gadea», escenas todas ellas cargadas de emotivos efectos.
F. Carlesi

