Juegos de Agua, Maurice Ravel

[Jeux d’eau]. Com­posición para piano, de Maurice Ravel (1875- 1937). Escrita en 1901, señala la plena afir­mación de la personalidad de aquel mú­sico y especialmente de su estilo pianístico. Téngase presente, sin embargo, que en 1895 había escrito ya un trabajo para dos pia­nos titulado Suites auriculaires, que no fue publicado pero del cual está sacada la Habanera que forma parte de la Rapsodie espagnole, página de madurez ya entera­mente formada.

Entre 1895 y 1901, Ravel compuso y publicó el Menuet antique y la Pavana para una infanta difunta (v.)» am­bas para piano, que son trabajos de valor harto limitado y en que sólo pálidamente emergen los caracteres de la personalidad del compositor. Poco más tarde, en Juegos de agua, se manifiesta, por el contrario, toda la riqueza de fantasía de las mejores cosas de Ravel. No sólo esto, sino que esta obra anticipa, desde el punto de vista de la es­critura pianística, ciertas actitudes que poco más tarde, en 1904, aparecerán en Debussy (v. Estampas); esta anticipación reviste no­table interés en cuanto podría demostrar una influencia de Ravel en Debussy, el cual, a su vez (tenía doce años más que él) ejerció en Ravel una influencia de alcance más vasto y más general. Porque precisa­mente en Juegos de agua se pueden percibir ciertos rasgos del estilo debussiano que el joven Ravel experimenta en parte y contra los cuales en parte reacciona. Esta es, en efecto, una página tributaria del impresio­nismo de Debussy, aunque en ella se dis­tinguen ya señales que hacen presagiar cómo Ravel se irá liberando poco a poco de aquella influencia. Juegos de agua parte de una sugestión naturalista: son los infini­tos y mudables aspectos de una fuente en un parque. Juegos de luz, de colores, de sones, ora líquidos, ora crepitantes. Ravel dispone su página con una visible preocupa­ción de orden formal; y en esto consiste su inicial reacción contra el impresionismo de Debussy.

En las líneas generales de esta pieza se percibe el bitematismo del primer tiempo de sonata, la clásica dialéctica entre dos elementos melódicos que se contraponen con sus respectivas características. En sus más minuciosos pormenores se observa, ade­más, un gusto muy marcado por un extre­mado preciosismo de escritura, un cuidado muy atento para realizar con belleza in­tencionada el pormenor sonoro, casi abstractamente concebido: posición que con­trasta con la espontaneidad inventiva y la especie de irracionalidad característica del arte debussiano. En el momento en que Ra­vel se entretiene en retinar una sonoridad vuelve a descubrir el valor plástico de los acordes; y abandona las evanescentes disonancias debussianas y se orienta al uso de la disonancia dura, encerrada en sí misma, sin vía de salida, que tiene función de acorde estático, inmovilizado para definir una imagen. Queda abierto el camino que conducirá a los acordes paralizados en sus irremediables disonancias, a la emancipación de la melodía como expresión lineal que vale por sí misma, que es lo que constituye el punto de llegada del arte de Ravel.

A. Mantelli