Jasón, Francesco Caletti Bruni

[Giasone]. Melodrama en tres ac­tos con música de Francesco Caletti Bruni, llamado Cavalli (1602-1676) sobre el libreto de Giacinto Andrea Cicognini (m. aproxi­madamente en 1650). Fue estrenado en el teatro de S. Casiano de Venecia en el in­vierno de 1649, y en los años sucesivos dio una vuelta triunfal por varias ciudades de Italia y del extranjero. En varias bibliotecas italianas y extranjeras se hallan manuscri­tos de la obra; existe una copia con parti­tura en Siena. En edición moderna existe solamente el primer acto, en el volumen XII de las Publikationen älterer praktischen und theoretischen Musikwerken de Eitner (1883). El argumento de Jasón, que es la obra más célebre de Cavalli, procede, naturalmente, de la clásica leyenda de los Argonautas y especialmente del episodio de los amores de Jasón (v.) con Medea (v.); pero el libre­tista lo ha desarrollado de tal manera que ha hecho de él un ejemplo del peor gusto melodramático del siglo XVII.

El protago­nista es uno de aquellos tipos de pseudohéroes de opereta entre lo idílico y lo gro­tesco; no hace otra cosa que extasiarse en tono arcádico ante las delicias amorosas gozadas y le hacen falta los reproches de Hércules (v.) para acordarse que tiene que marchar y llevar a cabo la ardua empresa del vellocino de oro. Medea tampoco tiene mayor dignidad: antes de hacerse reconocer por él como su misteriosa amante, quiere ponerle a prueba y le presenta a una don­cella suya, fea y anciana, para hacer de este modo más emocionante la sucesiva es­cena del reconocimiento. Egeo, un adorador de Medea, al que ella abandonó, le suplica que le mate para liberarle de su tormento; ella simula satisfacerle, pero acaba tirando al suelo el puñal y abandonándole. Un men­sajero de Isifiles — la reina de Lemnos, anteriormente amada por Jasón, y que ahora le va buscando — da con un criado jorobado y tartamudo con el que tiene un largo dueto basado en el efecto cómico del tarta­mudeo.

En fin, el libreto rebosa de episo­dios ridículos, de agudezas maliciosas y a menudo también vulgares. La música, aun­que siempre obra de un compositor de in­genio, no puede librarse de la insipidez del texto. Por su estructura pertenece a aquel tipo de ópera veneciana en donde a la flui­da melopea o recitativo expresivo se sobre­pone un continuo alternar de arias, recita­tivos y breves intermedios instrumentales. Las arias son a menudo amables y bien he­chas, pero de carácter mullido y arcádico y más bien uniformes, especialmente en el ritmo; el ejemplo más típico es dado por el aria de salida de Jasón, «Delicias ale­gres», cuyo movimiento mecedor de «berceuse», con dibujo rítmico ternario, es muy característico, no sólo de Cavalli, sino en general de la ópera veneciana de aquel tiempo. Abundan las reminiscencias de Monteverdi, que fue maestro de Cavalli, y no sólo en los recitativos, sino también en las partes cantadas: el dueto entre Medea y Jasón, por ejemplo, recuerda el final de la Coronación de Popea (v.) sin tener, empero, su majestad y amplitud melódica.

Entre los recitativos, decorosos y melódicos pero no auténticamente dramáticos, el más desarro­llado e importante es el del delirio de Isi­files, que’ sin embargo adolece de pobreza armónica y de monotonía. La escena más famosa es aquella en donde Medea invoca a los espíritus del Averno para que con­viertan en domables por Jasón los mons­truos del vellocino de Friso. El fragmento culminante es una breve aria de Medea, fragmento que en su expresión exorcística se pone por encima del nivel general de la ópera. El efecto es alcanzado con medios muy sencillos: dos instrumentos y el bajo continuo sostienen el canto con acordes con­sonantes eficazmente rematados, como som­bríos repiques. Pero en la «cabaletta» de Medea con que termina la escena vuelve el tono melindroso y convencional. Como con­junto dramático, por lo tanto, el Jasón no se sostiene; se salvan solamente unos frag­mentos que revelan el talento del músico. Es de recordar, además, que Cavalli por regla general obedecía, en la elección de los textos, a motivos de oportunidad y poco le importaba la coherencia y armonía de la intriga dramática.

F. Fano