Hacia la Calanca, Paul Arène

[Vers la Calanque]. Bajo este título fueron reunidos, en 1932, narraciones y breves escritos autobiográficos de Paul Arène (1843-1896). Otra colección análoga se había ya publicado en 1930 con el título de La veine d’argile, cuyo valor intrínseco es, sin embargo, inferior a ésta; de manera que se puede afirmar que lo mejor de aquel artista que Anatole France llamó «prince des conteurs», se halla en estas breves páginas compuestas entre 1887 y 1898.

En ellas alternan cuentos propiamente dichos (anécdotas, historias y leyendas cuyo punto de partida hallaba en su tierra de Provenza), recuerdos ..personales, «cosas vistas» y divagaciones de carácter periodístico. El volumen está dividido en seis partes, cuyos títulos dan clara idea de su materia: «Dans Paris ingénu», «Au pays des reines», «A Canteperdrix» (la antigua población llamada también Sisteroni, patria del autor), «En vallées Durándoles», «Sous l’oeil de Marseille», «Au bruit des Calanques». Es inevitable la comparación con Daudet, de quien Arène fue amigo y cola­borador; pero, mientras su patria provenzal quedó para Daudet después de las Car­tas desde mi molino (v.) y de los Cuentos del lunes (v.), como una especie de mina de materia pintoresca y al mismo tiempo como uno de los dos términos de una pug­na en que la «manera parisiense» iba ad­quiriendo preponderancia, el provenzalismo de Arène, menos ostentoso, es mucho más profundo y genuino. Él no tiende al «trozo de color»; sus temas provenzales son siem­pre tema de exquisitas fantasías personales, de poéticas «moralidades», de tono tan pe­netrante que hace pensar en los Pequeños poemas en prosa (v.) de un Baudelaire. Se puede recordar, entre los fragmentos de mayor relieve, «La clochette», en que una leyenda de los tiempos de la Revolu­ción francesa se funde exquisitamente con un lejano recuerdo de infancia. No fallan las puras y sencillas descripciones.

Pero Arène adopta para describir, como para re­cordar, un tono singularmente patético, en que la ternura está vigilada por una sutil vena de escepticismo, y la refinada ele­gancia de la palabra resulta llena de humanidad. Apreciadas en su tiempo sólo por unos pocos entendidos, estas páginas adquirieron en las generaciones siguientes un singular relieve aun entre la rica y va­riada producción narrativa de la segunda mitad del siglo XIX francés.

M. Bonfantini