[L’habitude]. Ensayo filosófico de Félix Ravaisson-Mollien (1813- 1900), publicado en 1838. Sólo en la conciencia podemos encontrar el tipo del hábito «adquirido» a continuación de un cambio y que subsiste más allá del mismo; y sólo de la misma podemos esperar aprender el cómo y el porqué del mismo hábito. La conciencia implica la ciencia, y ésta la inteligencia, la conciencia y la misma ciencia están en la acción y se desarrollan con ella, pero la acción implica movimiento, en contraste con la pasión. En el polo superior de la actividad absoluta, como en el polo inferior de la pasividad absoluta, la conciencia distinta no es posible, porque el movimiento, que está en el tiempo, es su condición esencial. El movimiento voluntario, a medida que se repite, se convierte más y más en movimiento involuntario, incluso sin salir de la inteligencia; la inclinación sucede a la voluntad, se aproxima al acto, a cuya realización aspira, y reviste cada vez más su forma: la idea se convierte en ser. El hábito es una idea substancial y una necesidad no externa, sino de atracción y de deseo: es la causa final que predomina cada vez más sobre la causa eficiente y la absorbe en sí; es un método para la aproximación de la relación inconmensurable en el intelecto, de la naturaleza y de la voluntad; es una naturaleza adquirida, una «segunda naturaleza» (Aristóteles).
El último grado del hábito responde a la misma naturaleza, la cual no es otra cosa que la aproximación del fin y del principio, de la realidad y de la idealidad del movimiento, en la espontaneidad del deseo. Toda la serie de los seres, hasta del mismo cristal, no es más que progresión continua de las potencias sucesivas de un solo y mismo principio; su límite inferior es la necesidad, el «destino», pero en la espontaneidad de la naturaleza; el límite superior es la libertad de la inteligencia. El hábito desciende de una a otra, aproximando dichos contrarios y revelando su esencia íntima y la conexión necesaria. Su influencia se extiende incluso a las regiones más elevadas del espíritu y del corazón. El amor se aumenta con los mismos testimonios que da de sí. La voluntad de la acción se transforma lentamente en «costumbre» y «moralidad», y la virtud, esfuerzo y fatiga al principio, se convierte con la práctica en una atracción y un placer: se aproxima lentamente a la santidad de la inocencia. Ahí está todo el secreto de la educación. Si el mundo moral es, por excelencia, el imperio de la libertad que se propone su fin y lleva a cabo la acción, el movimiento voluntario, sin embargo, sólo puede surgir del fondo del instinto y del deseo.
La inteligencia discierne el fin y la voluntad se lo propone, pero no es la voluntad, ni la inteligencia abstracta, lo que impulsa las potencias del alma hacia el bien, sino el propio bien, y su idea, que desciende hasta las mismas fuentes de dichas potencias para impulsarlas hacia el bien: en la espontaneidad primordial de la naturaleza que toda voluntad presupone e implica. La naturaleza es Dios en nosotros, oculto, por demasiado interno, en aquel fondo intimo de nosotros mismos al cual no descendemos. Hánsta en la esfera de la inteligencia pura y de la razón abstracta, la ley del hábito se encuentra aún con la espontaneidad natural, que es su principio. Según Tilgher, Ravaisson, por medio de la teoría del hábito, ha «iluminado con luz meridiana el paso antes misterioso del espíritu a la naturaleza, echando así las bases necesarias para cualquier posible filosofía de la naturaleza».
G. Pioli

