François Mauriac

Nació en Burdeos el 11 de octubre de 1885. «No observo ni describo: hallo de nuevo—escribió en cierta ocasión—, y lo que encuentro es el mundo estrecho y jansenista de mi infancia piadosa, angus­tiada y replegada en sí misma, y la provin­cia que la envolvía… En mí todo ha ocu­rrido como si a los veinte años se hubiera cerrado para siempre una puerta detrás de lo que iba a ser la materia de mi obra.» Hijo de una familia burguesa de terrate­nientes y de importantes comerciantes de Burdeos y las Landas, los intensos olores y los colores ardientes de su tierra meridio­nal habrían de ser no sólo elementos escé­nicos de su producción novelesca, sino tam­bién un personaje esencial de ésta. Cris­tiano, desarrolló en el seno del catolicismo, al ritmo de las fiestas litúrgicas, su inte­ligencia y, más aún, su sensibilidad y su misma sensualidad: el Dios de Mauriac, ya como vocación o bien como punto de contradic­ción, es, ante todo, una divinidad presente a los sentidos.

El padre del escritor, no obs­tante, era ateo. Falleció en 1886. El mu­chacho, que entonces contaba un año, fue educado, junto con tres hermanos y una hermana, por su madre, católica ferviente y severa, Realizó sus primeros estudios en instituciones religiosas : primeramente con las monjas de la Sagrada Familia, y después en el colegio Grand Lebrun, que dirigían los marianistas en el suburbio bordelés de Cau- déran. Una de las novelas iniciales de Mauriac. La robe prétexte (1914), presenta sin duda con gran fidelidad el ambiente que rodeó la adolescencia del autor, hiper sensible, asustado por el descubrimiento en sí mismo de las primeras y ya fuertes seducciones de la vida, reservado, sin compañeros ni re­laciones con el mundo y la sociedad, se­diento de pureza, extremadamente escrupuloso y sólo capaz de desahogar libremente las propias emociones durante los prolon­gados rezos en la capilla del colegio y cuando, por la noche, hallaba de nuevo finalmente el calor del hogar. Del centro docente marianista pasó luego al Liceo de Burdeos, donde, a lo largo de un año, fue un alumno muy brillante, fervoroso lector de Racine y Pascal, y también de Baudelaire y Rimbaud, autores entonces todavía no admitidos en los programas, y más bien con­siderados como muy peligrosos.

Posterior­mente, ya en la Facultad de Letras, siguió los cursos de Camille Jullian y de Fortunat Strowski, y entabló sus primeras amistades con André Lafon y Jean de la Ville de Mir- mont. En 1906, obtenida la licenciatura en letras, llegó a París y superó las pruebas de la École de Chartes; sin embargo, de­seoso ya de consagrarse únicamente a la literatura, presentó algunos meses después la dimisión. Colaboró en pequeñas revistas y publicó en 1909 su primer libro, la co­lección de poesías Les mains jointes, elo­giado en un caluroso artículo por Maurice Barrés. Un año más tarde entregó a la im­prenta una nueva colección, Uadieu à l’ado­lescence. Por aquel entonces se relacionó çon Francis Jammes y Robert Vallery- Radot, católico intransigente que luego ha­bría de ingresar en la orden benedictina. Con André Lafon, uno de sus amigos de Burdeos, fundó en 1912 la revista Les Ca­hiers; este mismo año apareció su primera novela, L’enfant chargé de chaínes, confe­sión de las incertidumbres espirituales en que el autor se debatía y, a la vez, evoca­ción bastante irónica de los ambientes «sillonistes» por él frecuentados a lo largo de varios meses. El 13 de junio de 1913 con­trajo matrimonio con la hija de un tesorero general.

Poco antes de la Guerra Europea publicó La robe prétexte. Alistado en los servicios auxiliares en calidad de enfermero, en 1915 fue enviado a Salónica. Durante la convalecencia de unas fiebres leyó en el hospital a Maurice de Guérin, cuya inspi­ración aparece muy próxima a la suya. Tras el armisticio reanudó su actividad literaria con La chair et le sang (1920), narración de un conflicto entre la religion, el amor y los prejuicios sociales, y Préséances (1921), cruel descripción de la alta sociedad borde- lesa. No obstante, hasta los treinta y siete años, con Le baiser au lépreux (1922), no alcanzó Mauriac la celebridad, confirmada poco después por la Academia Francesa con el Grand Prix du Roman, otorgado a Le dé­sert de Vamour (1925). El 1.° de junio de 1933 fue elegido académico.

Aunque Mauriac haya publicado, además, otra colección poética, Orages (1925), algunos libros de recuer­dos y de crítica literaria, como La rencon­tre avec Pascal (1926), La vie de Jean Racine (1928), Le roman (1928), Commencements d’une vie (1932), Le romancier et ses personnages (1933), etc., y varias medi­taciones espirituales, como Dieu et Mammón (1929), Souffrances et bonheur du chrétien (1930) y Vie de Jésus (1936), su profunda influencia entre el público, y no solamente católico, se debe en particular a una fecun­da producción novelística, en la que des­tacan sobre todo Le fleuve du feu y Géni-trix (1923), Thérèse Desqueyroux (1927, v.) — obra continuada en La fin de la nuit (1935) —, Destins (1928), Lo que estaba per­dido (1930, v.), Nido de víboras (1932, v.), Le mystère Frontenac (1933), Les anges noirs (1936) y Les chemins de la mer (1939). A partir de 1936, Mauriac, quien, luego de sus simpatías juveniles hacia el «Sillon» de Marc Sangnier, había permanecido comple­tamente al margen de la política, juzgó deber de un escritor cristiano la adopción de una actitud frente a los éxitos obtenidos por las doctrinas totalitarias en Europa; y así, cuando el general Franco inició su rebelión armada, nuestro autor, como, por otra parte, Bernanos y Maritain, alineóse junto a la minoría de católicos franceses que apoyó espiritualmente a los republicanos españoles.

Los artículos que empezó a publicar en pe­riódicos como Temps Présents y que repro­dujo parcialmente en las colecciones titu­ladas Journal (1934-51), le atrajeron odios tenaces, procedentes con frecuencia de sus antiguos admiradores; pero también nuevas simpatías de ambientes que su condición de escritor «católico» mantuviera hasta enton­ces alejados de él. Tales reacciones favora­bles o desfavorables se hicieron todavía más vivas cuando en el curso de la ocupación alemana el autor adhirióse al Frente Na­cional, colaboró en la prensa clandestina y publicó, bajo el seudónimo de Forez, Cahier noir. De esta suerte Mauriac descubrió en sí otra vocación: la de periodista polí­tico, acerca de la cual cabe preguntarse si el escritor no ha llegado a preferirla a la de novelista. Rebelde a cualquier compro­miso duradero con un partido, sea éste cual fuere, e interesado en la política (¡y con qué apasionados ímpetus!) sólo en virtud de una exigencia espiritual y al servicio de lo que juzga la única justicia, ha perma­necido siempre, desde hace más de quin­ce años, en la oposición; dentro de esta actitud, se ha levantado sucesivamente contra los comunistas, los demócratas-cristianos y los conservadores tradicionalistas, con lo cual provocó primeramente el odio de la iz­quierda, mediante sus campañas contra la depuración y su intervención en favor de Robert Brasillach (v.), a quien, sin em­bargo, no logró salvar del fusilamiento, y suscitó luego el escándalo de la derecha por sus simpatías cada vez más abiertamente expresadas en favor de los movimientos de independencia de los pueblos de ultramar.

Al margen de esta actividad política, pro­gresivamente absorbente, Mauriac ha continuado, empero, su obra propiamente literaria, ya a través de nuevas novelas — La farisea (1941, v.), Le sagouin (1951) y Galigaï (1952) —, o bien con numerosos artículos críticos y ensayos religiosos, como La rencontre avec Barrés (1945), La pierre d’achoppement (1948) y Mes grands hommes (1949), o, en fin, en el teatro, donde, alen­tado por Maurice Bourdet, entonces admi­nistrador de la Comédie Française, diose a conocer con Asmodée (1937), obra a la cual siguieron Les mal aimés (1945) y Le feu sur la terre (1949). El 6 de noviembre de 1952 obtuvo el Premio Nobel de Lite­ratura, que le fue concedido por el conjunto de su obra.

M. Mourre