Fabliaux, Anónimo

Narraciones en verso, de ín­dole eminentemente divertida, una de las formas bajo las que se manifestó en la Francia medieval la actividad novelística. Poseemos hoy cerca de 150, impresas (ade­más de algunas por separado) en varias co­lecciones, de las que la más importante es el Recueil général et complet des fabliaux des XIII et XIV siécles, hecho por Anatole de Montaiglon y Gastón Raynaud, y publi­cado en París en seis volúmenes desde el 1872 al 1890. Van desde la segunda mitad del siglo XII a la primera del XIV, con una mayor riqueza en el siglo XIII. Buena parte de ellos son anónimos; de otros cono­cemos los autores: Henri d’Andeli (primera mitad del siglo XIII), perteneciente al alto clero parisiense; Rutebeuf (mediados del si­glo XIII), poeta de profesión; Philippe de Remi, señor de Beaumanoir (segunda mitad del siglo XIII), alto funcionario del reino, jurisconsulto y delicado poeta; Jean Bedel, que sin duda es Jean Bodel d’Arras, autor del Juego de San Nicolás (v.) y de un cantar de gesta; y otros muchos, caballeros, clérigos, juglares, ministriles; personas, co­mo se ve, pertenecientes a todas las clases sociales. El verso propio de los Fabliaux es el octosílabo de rima pareada; la lengua, así como la escena de las aventuras narra­das, corresponde al norte de Francia, con bastante frecuencia a la Picardía; la voz «fabliaux», que el uso de los críticos ha pre­ferido a «fableau», es precisamente una voz picarda, frecuentemente usada en los tex­tos.

Entre los más antiguos, están los de Richeut, Auberee, El caballero en el cesto. Richeut, escrito hacia 1160, se titula así por el nombre de la protagonista, y parece ser el único poema que pervive de una especie de ciclo que tiene como asunto las proezas de una meretriz ejemplar y proverbial, la cual atribuye a un sacerdote, a un caba­llero y a un burgués, la paternidad de su hijo Sansonet (v.), y educa a éste con el dinero y en el espíritu de sus varios pa­dres, enseñándole la doctrina eclesiástica del sacerdote, las cualidades mundanas del caballero, el sentido de los negocios pro­pio del mercader, y amalgamando el con­junto con la propia experiencia materna, resulta un ejemplar de insuperable cinismo y ferocidad, que recorre el mundo pasando triunfalmente de una canallada a la si­guiente, y sobre todo explotando a las mu­jeres de un modo análogo a como Richeut (v.) había explotado a los hombres. En Auberee, la celestina de este nombre, sir­viéndose de una estratagema, hace arrojar de casa a una esposa sin culpa; la une con el joven que desde tiempo antes la deseaba y la hace luego recoger como inocente por el marido traicionado. El caballero en el cesto [Le chevalier a la corbaglle], narra la mala aventura de una suegra demasiado celosa; sospechando una visita nocturna al cuarto de su nuera durante la ausencia de su hijo, la vieja termina cayendo en el ces­to de que se sirve el visitante para hacerse subir hasta la habitación de la dama; el paje del caballero, dándose cuenta de lo que ocurre, hace tantas veces subir y bajar en el cesto a la desgraciada, que la cura para siempre de la veleidad de meter la nariz en la vida conyugal de su nuera.

No todos los «fabliaux» son de asunto tan libre, también los hay irreprensibles; por ejem­plo, La generosidad loca [La fole largece], de Philippe de Beaumanoir, un salinero ha­ciendo experimentar directamente a su mu­jer lo duro de su oficio, la cura del defecto de la generosidad excesiva con las vecinas. Los hay también de contenido grave. Algu­no, se basa en un simple juego de palabras. Otros se limitan a ser simplemente irónicos, como el Lai d’Avistóte, de Henri d’Andeli, en el que «el maestro de quienes saben», después de haber reprendido severamente a Alejandro Magno su debilidad por Filis, se deja seducir a su vez por las zalamerías de ésta, hasta el punto de consentir en llevar­la por el jardín cabalgando sobre su espal­da, ensillado y embridado, en tanto que desde lo alto de una torre, admira la esce­na el coronado discípulo. Pero, en su mayor parte, el medio en el que los «fabliaux» se desarrollan es el de los tres primeros cita­dos: de los rufianes, parásitos, bribones, ma­ridos engañados, burlados y crédulos, sacer­dotes y frailes viciosos, monjas corrompidas, mujeres infieles y astutas, mujeres de lu­juria insaciable, muchachas de poco seso, pero con los sentidos muy despiertos, estu­diantes bribones, trotamundos sin escrúpu­los, hombres vehementes, villanos ya ton­tos, ya astutos; todo un mundo de burla­dores y de burlados, de engañados y de engañadores, representado sin preocuparse más de una clase que de otra, y, aunque no faltan aquí y allá sentencias y conclu­siones, carecen de intenciones satíricas o moralizadoras; sólo intentan divertir con­tando casos de risa con el lenguaje más libre y desvergonzado, recargando todo lo posible las tintas de la grosería y la tri­vialidad; mundo, que por otra parte, sería arbitrario imaginar que se corresponde con el real, porque sobre todo se trata de un mundo ficticio, de unas costumbres litera­rias, de un mundo contrapuesto a otro mun­do también ficticio, compuesto por ideales de nobleza, mérito, refinamiento, exquisi­tez, cortesía, caballería, amor hasta el ero­tismo azul, que ocupa otras secciones de la literatura contemporánea.

El gusto por la grosera carnalidad es lo que da el tono a los «fabliaux» franceses. La trama de sus motivos se confunde con los materiales de la novelística profana en general. Lógica­mente, por tanto, han tenido aplicación a los «fabliaux» las diversas teorías formula­das a propósito de las tradiciones populares por los eruditos, sorprendidos de hallarse en presencia de las mismas narraciones en los tiempos y países más diversos; la teoría del origen ario de estas narraciones, la teo­ría antropológica, la teoría de la poligéne- sis, y en fin, la teoría del origen oriental, que es Ja mayormente aceptada y la que todavía resiste, sostenida por la idea inge­nua,’ pero tenaz, de que, en la historia de la cultura, la condición de la India antigua representa un estadio particularmente ar­caico y conservador, mientras que las regio­nes situadas en los cruces de las vías de va­rias civilizaciones necesariamente han de poseer una cultura abundante en innova­ciones e influjos extranjeros. Ha hecho jus­ticia a la teoría orientalista en un libro magistral (Les fabliaux, París, 1895) Joseph Bédier, mostrando, hasta la evidencia, que de la India sólo ha venido una exigua frac­ción del material novelístico elaborado en Occidente. El mismo Bédier, en la misma obra, ha evidenciado también la fluidez de la literatura folklórica, que se transmite con la rapidez máxima de un lugar a otro, de boca en boca, recorriendo tantos sende­ros y caminos ignorados, que sería desespe­rada empresa el querer precisarlos y se­guirlos.

Después de las adquisiciones de una crítica tan sagaz, es probable que cada una de las teorías citadas conserve algo de ver­dad, sin llegar al predominio de ninguna; se puede conceder la posibilidad de que una misma fábula nazca independiente en Arabia y en Normandía, ya que la tenden­cia a novelar es una tendencia universal y según ciertas reflexiones y fantasías se pro­duce espontáneamente bajo todos los cielos y en todas las edades; puede ocurrir que en esta o aquella narración se encierren, unidos con elementos sobrepuestos y hete­rogéneos, residuos de los mitos astrales que los pueblos arios trajeron consigo al emi­grar de su sede común, o bien que recuer­dan supersticiones, ritos y costumbres de épocas todavía más lejanas y de civiliza­ciones inferiores, en las que nuestros pro­genitores vivieron en estado de civilización y mentalidad semejante a las de los salvajes actuales; se trata de narraciones cuyos mo­tivos pueden suponerse partidos de Orien­te; de otros cuya más antigua documenta­ción es griega o latina, muchos otros que tienen sus precedentes más inmediatos en la literatura cómica medieval latina flore­cida en Francia, así como a su vez los «fa­bliaux» franceses han fecundado períodos literarios posteriores, germinando por ejem­plo en Boccaccio, en Sacchetti o en Ariosto; pero de todo esto resulta que los «fabliaux» franceses de los siglos XII, XIII y XIV, no son tal o cual mito ario, no se trata con ellos de esta o de aquella creencia mágica, de esta o aquella fábula india, árabe, latina o medieval latina, ni de este o aquel motivo novelístico en abstracto, sino que son, en concreto, propiamente lo que son, «fabliaux» franceses del período antedicho, con su fi­sonomía propia, diferente a la de otros tiempos y lugares, aun cuando coincidan en la materia que narran, fisonomía que pro­viene de la individualidad de los poetas de la época y de los gustos de aquel pú­blico, y que reside, repetimos, en una ale­gría libre y corpulenta sin otras miras fuera de sí misma. [Trad. parcial de C. Palencia Tubau en el volumen Trece fabliaux fran­ceses (Madrid, 1927).

S. Pellegrini