[El libro completo de los dos Ch´êng]. Colección mixta de las obras de los hermanos filósofos chinos Ch´êng Ming-tao (1032-1085) y Ch´êng I-ch’uan (1033-1107), creadores de dos opuestas escuelas filosóficas de la época de los Sung (960-1279).
Los caracteres de ambos hermanos son diferentes, tanto en la personalidad como en la obra: Ch´êng, el mayor, es la dulce primavera; Ch´êng, el menor es la escarcha otoñal, aunque ambos estén educados en la escuela del gran maestro Chou Lienchl (v. Chou Tsu Ch’uan Shu). En la cosmología de Ch´êng, el mayor, el principio originario del universo ya no es llamado «T’aichi» sino «T’ien-yüan» (origen celeste), que junto con el movimiento y con la calma de las dos modalidades, Yin y Yang (masculina y femenina), produce a los seres. Hay tres órdenes de grandeza entre los seres: cielo, tierra y hombre.
Si uno de éstos faltase no podría existir el universo; y están tan estrechamente ligados que la existencia del cielo y de la tierra está condicionada por el intelecto humano; y los elementos del mundo exterior tienen su realidad existencial en el espíritu del hombre, como fenómenos en la evolución de Yin y Yang. Los fenómenos están siempre acoplados: Yin y Yang, bien y mal, hermoso y feo, etc., y la disminución de uno de ellos comporta el aumento del otro y viceversa. La naturaleza humana se manifiesta en el momento del nacimiento, cuando aún no puede hablarse ni de bien ni de mal; dicha distinción cabe exclusivamente en el ámbito de la conducta práctica, pero no tiene la menor relación con el Ch’i (espíritu), que es la esencia de la naturaleza humana, comparable al agua de una fuente, que surge límpida, enturbiándose paulatinamente, cuanto más se aleja de la fuente. La educación del espíritu se produce por medio de la «intuición» y de la meditación, desvinculándose del pequeño «yo» contingente para identificarse con el «no-yo» universal, lo que se obtiene con un anhelo hacia lo universal, superando las sórdidas categorías del saber humano.
El hermano menor es más sistemático, más analítico, y en algunos puntos aclara la doctrina del primero. Prescindiendo de Yin y Yang, dice, no puede hablarse del «Tao» (lo Absoluto en sí); por eso Yin y Yang, que son «Ch’i» (manifestación extrínseca de lo Absoluto), son también el Tao. Tao es la Razón, entidad metafísica; el Ch’i es una entidad física; por eso todas las cosas están acopladas: no hay Ch’i sin razón, ni razón sin Ch’i; además no hay cielo sin tierra, ni femenino sin masculino, y viceversa, demostrándose así el principio dualista de la creación. El mal, que no procede de la naturaleza humana primitiva (la cual es Razón), es «a posteriori», y deriva de la turbiedad natural del Ch’i: el remedio del mal es la educación y la meditación.
¿Existe una relación entre la naturaleza y la mente? Estrechísima, porque el Tao, el Ch’i y cuanto de ellos deriva son sólo manifestaciones distintas de una misma sustancia; y esta verdad, intuitiva, sólo puede ser ofuscada por la ignorancia y por la negligencia. Por eso el sabio investiga la esencia de las cosas, formulando las leyes universales y conformándose a ellas, en lo que consiste la suma perfección. La doctrina de Ch´êng el menor tiene una orientación más especulativa que la de su hermano, informada por intereses prácticos y éticos. De modo que representan, uno con su cálida elocuencia moralista, el otro con sus límpidas y sutiles argumentaciones, dos aspectos característicos del pensamiento chino.
S. Liao Sci-Yi

