El Ercolano, Benedetto Varchi

Diálogo póstumo escrito en 1560 y publicado en 1570. El diálogo, que debe su nombre al conde Cesare Ercolani, con el que el autor simula haber discutido «sobre las lenguas, y en particular la florentina», toma como punto de partida la controversia entre Castelvetro y Caro, y la Apología (v.) de este último, que Varchi se propone defender, y consta de una introducción muy extensa y diez cues­tiones.

A pesar de sus pretensiones de sistematización, nos ofrece, más que un tratado orgánico, un repertorio de voca­blos, modos de expresión e idiotismos re­cogidos con gran cuidado y definidos con su preciso significado y valor. Nos halla­mos muy lejos de los tiempos en que los maestros de Florencia prohibían a sus discípulos leer libros escritos en lengua vulgar; ahora, la lengua vulgar se ha convertido en objeto de estudio, y a la reivindicación alentada por Bembo en sus ya clásicas Prosas sobre la lengua vul­gar (v.) ha sucedido un período de dis­quisiciones gramaticales y lexicográficas que tienden a sistematizar dentro de líneas bien definidas la lengua italiana. Yarchi se muestra particularmente idóneo para ta­les investigaciones, en las que le auxilia­ban su cultura literaria, su afición por los problemas lingüísticos y su amor hacia todo cuanto pertenece a la tradición flo­rentina.

Para él —y este es un punto en que insiste, oponiéndose a las teorías de Trissino — la lengua vulgar no debe ser llamada italiana, sino florentina: se le opone propugnando la teoría opuesta Gerolamo Muzio (1496-1576), en Battaglie per la difesa dell´italica lingua [Batallas en defensa de la lengua itálica, 1582]. Pero tanto Varchi como sus adversarios confun­dían el problema de origen con el de la denominación y, si los segundos negaban que el florentino ennoblecido por el uso literario se había convertido en la lengua vulgar de Italia, él opinaba que, precisa­mente por esto, aquella lengua común no podía seguir llamándose florentina, sino ita­liana, y que la lengua vulgar era distinta de la hablada, más propiamente florentina, de la cual en El Ercolano se recuerdan tan­tas locuciones.

M. Fubini