El tratado más importante del estoicismo romano, en el que fueron reunidas las enseñanzas de Epicteto, filósofo de origen griego que vivió en Roma en el siglo I d. de C., compiladas por Flavio Amano (95-180 d. de C.) en los Discursos [Epicteti dissertationes], de los que se conservan los cuatro primeros libros.
Es una colección de máximas y de enseñanzas morales expuestas en clara forma discursiva, orgánica y lograda con la brevedad, generalmente conocida gracias a la hermosa versión que Leopardi hizo en 1825. El bien supremo es la libertad, entendida como la condición en que nuestra vida se desenvuelve en función de hechos externos, casuales y contradictorios, si bien en conexión con el centro de nuestra personalidad. Tal conquista se logra por grados, educando la voluntad con ayuda de la razón y de la sabiduría; ya que el estoico, en relación con su intelectualismo moral, concibe el bien como un hecho del conocimiento.
Ante todo conviene distinguir las cosas que dependen de nosotros y, por ello, son libres (juicio, intelecto, inclinación, deseo, aversión) de aquellas otras que no dependen de nosotros (cuerpo, salud, fortuna, riqueza, honores) y por ello son esclavas. Solamente las primeras tienen un relieve moral, en cuanto son útiles para la dignidad y la perfección del alma; las segundas se dividen en preferibles (ej. la salud) y no deseables (ej. la enfermedad), pero como no poseen relieve moral se mantienen como extrañas a nuestro ser íntimo y, en consecuencia, no encierran importancia. El sabio, que sabe distinguir las dos categorías, es integralmente libre: nada ni nadie pueden privarle de lo que es suyo: «Ni el propio Júpiter puede forzarme a desear lo que no quiero ni a creer en lo que no creo».
La libertad comienza con el dominio de sus propios impulsos irracionales — instintos, vicios, pasiones — y se extiende al de las ambiciones, decepciones, hechos sociales y políticos, el miedo a las enfermedades y a la muerte. Porque el sabio, si no puede quedar inmune de muchos acaecimientos reputados como males, tiene facultad, al menos, para regular las reacciones de su propio espíritu frente a aquellos acontecimientos: «Suprime la idea y suprimirás también el hecho». En ésta como en otras obras del estoicismo, un exceso de abstracción termina por empequeñecer la persona humana, reduciéndola a un árido ejercicio de la razón. La indiferencia social y política, refutada por el estoico Séneca, es fruto de un período de decadencia civil y será superada finalmente por la imposición más fresca y vital del Cristianismo. [La primera traducción clásica de la obra de Epicteto es la del maestro Francisco Sánchez, «el Brócense» gramático y preceptista egregio, catedrático de Retórica y Griego en la Universidad de Salamanca, bajo el título: Doctrina del estoico filósofo Epicteto que se llama comúnmente Enquiridion, traducido del griego (Salamanca, 1600), versión comentada con anotaciones del gran humanista varias veces reimpresa en el siglo XVII.
Posteriormente es preciso mencionar la rarísima edición de El Enkiridion de Epikteto (Salamanca, 1630) traducida en su peculiar y arbitraria ortografía fonética por el maestro Gonzalo Correas, gramático y lexicógrafo eminente, también catedrático de la Universidad de Salamanca, y de manera especial, la magnífica traducción en verso del genial escritor, poeta y humanista don Francisco de Quevedo titulada Epicteto y Focilides en español con consonantes (Madrid, 1635), verdadera paráfrasis del original. A estas versiones hay que añadir, todavía en el siglo XVII, la traducción en prosa de Antoni Brum (Bruselas, 1669) reimpresa modernamente en el volumen Obras de los moralistas griegos (Madrid, 1888) y en el de las obras de Teofrasto, Epicteto y Cebes (Buenos Aires, 1947). En el siglo XIX aparece la traducción anotada con el texto griego del presbítero don Josef Ortiz (Valencia, 1816) y a fines de siglo la versión de Antonio Zozaya (Madrid, 1884) reimpresa en 1928].
P. Operti
Epicteto muestra un arte admirable para turbar el reposo de aquellos que lo buscan en las cosas exteriores y para forzarle a reconocer que somos verdaderos esclavos y miserables ciegos; que es imposible evitar el dolor y el error, y que éstos desaparecen por sí solos si nos abandonamos sin reservas a Dios solo. (Pascal)

