El Maniquí de Mimbre, Anatole France

[Le manne­quin d’osier]. Novela de Anatole France (François-Anatole Thibault, 1844-1924), publicada en 1897, segunda de la tetralogía titulada Historia contemporánea (v. El olmo del paseo, El anillo de amatista y El señor Bergéret en París).

Con el acostumbrado grupo de figuras representativas, rodeadas de personajes menores (el prefecto Worms- Clavelin y su mujer, su jefe de despacho Lacarelle, el viejo general legitimista Cartier de Chalmot, el rico gentilhombre de campo, intelectual, Terremondre, el bilioso archive­ro Mazure, el médico Fornerol, el arquitecto diocesano Quatrebarbe…), el autor consigue ilustrar, en una serie de episodios incone­xos, tratados con mano segura y ligera, el ambiente social, los incidentes e intrigas de una gran ciudad de provincias. La lucha por la sucesión del obispado de Tourcoing, para la cual se enfrentan el rector del se­minario Lantaigne, un «puro», intransigente y austero, y el abate Guitrel, un «político» fino y tenaz, prosigue sordamente y ofrece ocasión de ampliar una vez más el campo de observación hasta París, entre las bam­balinas de la política interior de la Tercera República. Con este tenue hilo, alterna, en pintorescos pasajes, el relato paralelo de las aventuras privadas del profesor Bergeret. El buen hombre, con su filosófica manía de discurrir sobre todo y su cándida cos­tumbre de no ocultar nunca sus opiniones, ha conseguido crear en torno a su persona una atmósfera de desconfiada irritación.

Se consuela refugiándose en sus queridos estu­dios, filosofando con el fogoso Lantaigne, con el comendador Maspertini de Nápoles, su docto corresponsal, y con su discípulo predilecto, el latinista Roux. Pero la ene­mistad del rector y del decano de su Uni­versidad y el’ fiero humor y el evidente desprecio de su propia esposa, Amelia, le atormentan más de lo que quisiera. Du­rante una ausencia de sus tres hijas, des­cubre a su mujer en flagrante delito de adulterio con su discípulo Roux. El humil­de filósofo se siente abrumado y pasa su­cesivamente del furor al anonadamiento. Pero después de haber desahogado su ira contra el maniquí de mimbre de su esposa, que se erigía, imagen de la tiranía domés­tica, en su mismo despacho, después de ha­berse dado cuenta en un breve paseo de la vergonzosa notoriedad de su desgracia, encuentra fuerzas para tomar una decisión que pondrá en práctica con la invencible obstinación de los tímidos rebeldes. Consi­gue adoptar una actitud tan absurdamente indiferente, que impone el tormento más cruel a la madura matrona, demasiado acostumbrada a dominar en la familia: madame Bergeret tiene la impresión de no existir a los ojos de su marido, se siente literalmente sofocada en la atmósfera en­rarecida de su casa y, vencida, decide al fin retirarse junto a su madre con sus dos hijas menores, dejando al profesor la hija mayor, Paulina, la única que se parece a su padre y le es sinceramente afecta. Sobre todo, en la segunda parte del libro, el ca­rácter de Bergeret, analizado con sutil iro­nía y con piadosa benevolencia, adquiere la plenitud de fisonomía y el vivo. relieve que han hecho de él un personaje proverbial.

M. Bonfantini