[Manifest der Kommunistischen Partei]. Publicado en Londres por Karl Marx (1818- 1883), la víspera de los movimientos revolucionarios de febrero de 1848, fue adoptado por la Primera Internacional, reunida en Londres en 1864, y difundido en lengua inglesa, francesa, alemana, italiana, holandesa y danesa.
El Manifiesto afirma que todos los acontecimientos históricos se reducen a la historia de una lucha de clases. La misma burguesía no es otra cosa que una clase triunfante del feudalismo que la oprimía. En su gigantesco desarrollo, la burguesía, sometiendo el campo a la ciudad y con la creciente supresión de los pequeños medios de producción y la gigantesca concentración de industrias y comercios, corre hacia su propia autodestrucción, provocando crisis de superproducción que destruyen productos y riquezas. «Se parece al mago que ha evocado las potencias infernales y no sabe cómo dominarlas. Al mismo tiempo que fabricaba las armas de su destrucción, la burguesía ha hecho suyos a los hombres, que habrán de usarlas, o sea, los modernos proletarios». El obrero se halla por completo a la merced del patrono burgués; con el perfeccionamiento de las máquinas, su actividad se degrada de día en día. Además, con la desvaloración del trabajo humano, el trabajo de los hombres es substituido por el de las mujeres y niños y, consiguientemente, los salarios disminuyen. La lucha del proletario con la burguesía se hizo así inevitable.
En un primer tiempo fue una lucha individual, luego la reunión de masas ingentes de obreros favoreció la formación de coaliciones, que dieron lugar a la actual clase obrera. La verdadera victoria de los obreros no debe valorarse por los escasos éxitos logrados, sino por el hecho mismo de su organización como clase social, que permite al proletariado llevar la lucha al terreno político, constituyéndose en partido. La victoria substancial del proletariado es inevitable, porque éste se halla en continua ascensión, en contraposición a la burguesía en disolución y conservadora. Es característico del comunismo su internacionalismo; Su objeto es la abolición de la propiedad burguesa o privada, instrumento de dominio y tiranía de una clase de pocos. El comunismo quiere también abolir la explotación de los. salarios: «en la sociedad burguesa el trabajo viviente no es más que un medio para aumentar el trabajo acumulado. En la sociedad comunista, el trabajo acumulado, en cambio, no es más que un medio para hacer más cómoda y larga la vida del trabajador». Así, el comunismo quiere la supresión de la libertad, la personalidad y el comercio libre, en cuanto libertad burguesa, personalidad burguesa y comercio burgués. Lo mismo debe decirse de la familia burguesa fundada sobre el capital y la industria.
El comunismo es antipatriótico en sentido burgués. «Los obreros no tienen patria. No puede quitárseles lo que no tienen». Sólo al pasar a ser clase dominante, el proletariado se convierte en efectivamente nacional. Y con la intención de los proletariados nacionales, desaparecerán también los antagonismos internacionales; «a medida que se suprima la explotación de un individuo por otro, desaparecerá la explotación de unas naciones por otras». El medio con que el proletariado alcanzará estos fines será privando a la burguesía de los instrumentos de producción, concentrándolos todos en manos del Estado, que será el proletariado organizado. El Manifiesto termina con la frase que se ha hecho célebre: « ¡Proletarios de todos los países, unios!» Este documento estaba destinado a ejercer una influencia historicopolítica excepcional. En él se contiene el credo de todas las doctrinas socialistas. A consecuencia de él el movimiento obrero se organizó en sentido unitario y se convirtió en un problema político fundamental. El Manifiesto— juntamente con las demás obras de Marx — se considera actualmente como el dogma de la Rusia soviética. [La primera traducción castellana, anónima, apareció en Madrid, 1886. Posteriormente es preciso mencionar las siguientes traducciones : de Rafael García Ormaechea (Madrid, 1927); A. García Quejido (Madrid, 1930) y la mayor de Wenceslao Roces (Madrid, 1932). Existe también una traducción catalana de E. Granier Barrera (Barcelona, 1930)].
A. Répaci

