Novela del escritor rumano Panait Istrati (1884-1935). El autor acababa de vivir las aciagas horas que estuvieron a punto de llevarle al suicidio. Se salvó por milagro: Romain Rolland, habiéndole visitado en el hospital, quedó vivamente impresionado por sus incomparables dotes de narrador, y le impulsó a que escribiera. Lentamente se iba recuperando, cuando Istrati se dispuso a escribir su primer libro en lengua francesa: Kyra Kyralina, que apareció en 1933 con un entusiasta prefacio de Romain Rolland. El nuevo novelista fue presentado al público como un «Gorki balcánico».
Efectivamente, Kyra Kyralina revela sobre todo la pintura de las miserias humanas a la cual se añade el prodigioso talento del narrador oriental. El marco de su acción va más allá de las fronteras del delta danubiano, país natal del autor, para llegar, a través del Mar Negro, a abrazar aquel vasto imperio otomano del medio siglo precedente. El héroe es Dragomir, por sobrenombre Stavro, débil muchacho apasionadamente ligado a su madre y a su hermana, dos bellas cortesanas que llevan una vida infernal. Un primer conflicto se señala entre el padre y el hermano mayor, artesanos honestos pero de costumbres duras, y por otra parte, la madre y los dos hijos que se las ingenian para sacar provecho de las frecuentes ausencias de los dos hombres. Por extraño que parezca, la simpatía del lector se inclina por estos personajes apasionados del lujo y la ociosidad, que se arriesgan continuamente a ser sorprendidos por el padre.
Este último regresa un día en lo mejor de la fiesta. La madre es molida a golpes, los dos hijos apaleados hasta sangrar, mientras los invitados, los «moussafires» son caballerosamente arrojados por la ventana. Un nuevo episodio comienza. Las víctimas logran evadirse; intentan entonces recomenzar una nueva vida. Kyra y Dragomir, seducidos siempre por el espejismo de una vida de lujo, se dejan conducir a Constantinopla, donde la muchacha es muy pronto encerrada en un harén, mientras su hermano es abandonado a merced de los hombres ricos y corrompidos. Su madre ha desaparecido, decidida a no volver a mostrar al mundo su rostro desfigurado por el castigo que le infligió el padre. Dragomir es ya un adolescente; ha gustado del libertinaje, ahora tiene un solo sueño: volver a encontrar a su madre o a su hermana, y gozar de su afecto. Búsqueda inútil y dolorosa en un mundo en el que el dinero es rey. Errante, robado y engañado, Dragomir se deja poco a poco vencer por la desesperación. Un anciano, Barba Yami, le acoge y le ofrece albergue y alimento. Le enseña a ganarse la vida vendiendo, como él, limonada, y le reconcilia con la existencia y con la felicidad que cada uno posee en el fondo de su corazón. La novela concluye con una apología del hombre y de una cierta sabiduría eterna.
Kyra Kyralina evoca con gran acierto un pasado pleno de poesía. La imagen de la sociedad rumana de la época es evidentemente novelada, y en gran parte falsa. Pero los personajes que cruzan los Balcanes, contrabandistas, comerciantes sospechosos, los ricos, insociables y voluptuosos, los «effendi» y los pobres siempre burlados, son retratados con gran verismo y color. Dragomir es un cosmopolita romántico, arrojado a una sociedad contra la que lucha pasivamente, y no con la violencia que es propia de los héroes de Gorki. Pues, para él, a diferencia de los personajes del novelista ruso, la justicia no es más que negocio entre el“ hombre y su propia conciencia, y no precisamente una cuestión social. [Trad. española de Delaville (Pere Foix) en el volumen Las narraciones de Adrián Zograffi. Kyra Kir aliña, con una carta prólogo de Vicente Blasco Ibáñez (Barcelona, 1926)].

