[O Garatuja]. Narración del novelista brasileño José de Alencar (1827-1877), publicada en 1872, y primera de una serie de «crónicas de los tiempos coloniales» reunidas con el título de Cartapacios [Alfarrabios]. El fondo histórico es un episodio de las luchas sostenidas durante el siglo XVII entre el poder religioso y el civil en la «capitanía» de Río de Janeiro.
En 1659, el «prelado», la máxima autoridad religiosa de la capitanía, decidió, sin consultar a la autoridad civil, quitar la dignidad de catedral a la antigua iglesia de San Sebastián, que se elevaba en la parte alta de la ciudad como recuerdo de la guerra victoriosa contra los franceses del siglo anterior, para transferirla a la iglesia de San José, que se encontraba en posición más cómoda, y amenazó con excomulgar al «auditor» del rey, que se resistía a dar su conformidad antes de conocer la decisión del soberano. Sobre ese fondo histórico, se intercalan las andanzas de un expósito desvergonzado e impertinente, apodado «El Garabato», por su manía de trazar dibujos, en las paredes, con carbón. Habiendo vivido entre amarguras y desorden, «El Garabato» se convierte por algún tiempo en escribano de un viejo notario, Sebastián Ferreira Freire, llega a enamorarse de la hija de éste, la corteja y es despedido. El notario, befado y atormentado por los seminaristas, que arman gran algazara en el vecino jardín del prelado, presenta una denuncia al «auditor» real, quien la acoge con satisfacción, llevado por su odio al prelado; pero interviene éste para dejar sin efecto la denuncia, si bien, por la decisión del «auditor» de dar curso a la acción judicial, le castiga con la excomunión amenazada.
Convocado el pueblo por las autoridades, se mantiene indeciso entre la indignación contra el prelado y el temor de las sanciones religiosas. «El Garabato» piensa poder decidirlo, pues ya se había dedicado astutamente a crear un ambiente desfavorable al prelado antes de la excomunión, y consigue convertir al notario, sin que éste se dé cuenta, en un caudillo popular, presentando durante la noche, sugestivamente iluminado, un cuadro gigantesco en que figura San Sebastián, que desciende del cielo para confiar su propia bandera al notario de su nombre. La argucia logra su fin, y con dificultad logra la autoridad civil impedir que la muchedumbre, excitada, haga pagar caro al prelado y a los seminaristas su pretensión de enseñorearse de la ciudad. Es natural que el astuto joven logre su objeto y consiga que le sea prometida por el notario su hija, como futura esposa.
La novela, marcada por la actitud anticlerical, sobre todo antijesuística, predominante en el ambiente colonial del siglo XIX, es un documento importante de la vida brasileña, de la que reproduce vivamente las características, tanto colectivas como individuales. La ciega movilidad de los estados de ánimo de las masas, la disposición ora insinuante, ora arrogante de los religiosos, la figura ridícula del viejo notario apergaminado y, ante todo, la actividad diabólica del protagonista, son descritas en páginas eficacísimas.
G. C. Rossi

