[Le soulier de satin ou Le pire n’est pas toujours sur]. Pieza en cuatro jornadas, «poema dialogado» publicada en 1929.
La obra, que posiblemente es la más rica e inspirada de Claudel, viene a ser una caprichosa interpretación de la vida española durante el siglo XVI, cuando se hallaba en el apogeo de su poder y apuntaba su decadencia: mundo de grandezas y miserias, sagrado y profano, vano y sublime, representado en escenas sueltas, en varios episodios acompañados por discordantes armonías musicales, entre las más extrañas transformaciones de figuras y formas, de tiempos y lugares. El reducido asunto de una vida novelesca constituye la ligazón entre los diversos episodios y sirve a veces de pretexto a las más variadas escenas: el principal personaje del poema, don Rodrigo, arrastrado por una pasión insatisfecha, se traslada al caótico suelo americano y, más tarde, más allá del istmo de Panamá, hasta el límite extremo del mundo conocido, al Imperio del Sol Naciente.
El poeta quiso describir, en cierto modo, la excepcional experiencia vital que le brindó su carrera consular por tres continentes. Cierto es que la aventura de tan extraordinario caballero, que ama a la encantadora doña Prouhéze (que ha ofrendado a la Virgen su escarpín de raso, para que guíe su desgraciado piececito) sin poder conseguirla nunca, asume un significado simbólico. Asimismo, el concepto de belleza como luz de inmortalidad encarnado por la deliciosa damita («lo que te hace tan hermosa no puede morir»), aparece aquí ligado a una metafísica o mística de la pasión que^ precede y supera la idea romántica de ésta, desembocando en aquel último y trascendental significado cristiano que llega a justificar el tormento.
En realidad, este hombre desgraciado y herido (porque sólo una vez llegó a ver un ángel) para el que todo es disculpable y para el cual el deseo de la pasión amorosa no ha sido más que el comienzo y el aprendizaje de aquella necesidad, sin esperanza de lograr lo imposible, abandonará en un momento dado el dominio del mundo, o renunciará a sí mismo (condenando a muerte a la mujer amada), buscará la sabiduría (experiencia oriental) y, después de ser juzgado por los poderosos de aquel país, será cargado de cadenas y vendido como esclavo, encontrando, al fin, la gozosa libertad de los verdaderos hijos de Dios.
Abrumado por los pecados y por la gloria del Señor, elevará su último canto contemplando las estrellas que brillan sobre el mar rumoroso, aplacado al fin con la aceptación de aquel misterio que es como el aliento del Omnipotente. La obra, en su libérrima construcción, puede considerarse como un misterio medieval, interpretado según la modernísima técnica del teatro simbolista o, mejor aún, «expresionista», en el sentido de que los conflictos pasionales florecen bajo el amplio soplo de una poesía imaginativa, entre imágenes rutilantes y apasionadas sentencias.
V. Lupo
De un oscuro simbolismo y magníficamente orgullosa, la obra de Claudel es algo arduo, que hace honor’ a las intenciones del autor, pero que enfría al lector. El más crudo realismo choca en brutal contraste con el más trasnochado lirismo y la metafísica más abstrusa. Se aprecia asimismo la amplitud del intento y el esfuerzo por expresar en cada palabra la esencia de las cosas y el fondo de la vida. (Lanson)
El teatro de Claudel, bastante más que el de Maeterlinck, es un teatro alejadísimo de la escena y de Francia, escrito por un poeta lírico extraordinario. (Thibaudet)

