Comedia dramática de Guillén de Castro (1569-1631). Procediendo del romance atribuido a Riaño, de gran fama en nuestra Edad de Oro, Castro (como en Las mocedades del Cid) logra una cumbre en la sencilla adaptación al teatro de la última épica popular. Su Conde Alarcos representa uno de los elementos más maduros de su dramaturgia. Respecto al caso de La fuerza lastimosa de Lope de Vega, Eduardo Juliá cree que es posterior al drama de Castro, por lo que el Fénix buscó una trama de acción y nombres de personajes diferentes del Conde tradicional y de los otros empleados por el valenciano, para apartarse de un posible plagio, si bien coincidiendo en lo esencial. Guillén de Castro, a pesar de suavizar el desenlace, logra una obra maestra, en la que destacan escenas como la del Rey que manda al Conde matar a su inocente esposa; el diálogo patético de los esposos, sobre los que cae una fatalidad jerárquica, o la escena (acto III) en que Alarcos ve reflejarse la figura de la mujer amada que cree muerta (motivo que Amescua imitó, como otros, de esta obra).
En todo, hay una poesía dramática con gradaciones entre lo impresionantemente trágico y lo lírico, y aun eglógico, que producen un conjunto de armónica belleza. La obra fue imitada por Mira de Amescua en El Conde Alarcos, hecho que se revela por el motivo del sangriento banquete que procede del tema de Progne y Filomena, cuyo asunto trató Castro, dejándole una gran impresión, siendo injustificable en Amescua. El drama de éste — también con desenlace feliz — es más culto y rebuscado que el del valenciano, pero ofrece una notable escena: la de las quejas de la condesa, antes de su frustrada muerte, en que tras de implorar la clemencia de su esposo, llama como testigos de la injusticia que padece a todos los seres de la naturaleza (árboles, ríos, sol, estrellas), situación que Calderón imitó, superando, en el momento más trágico de La niña de Gómez Arias (v.) y en el auto Lo que va del hombre a Dios (aquí, en las súplicas de la Naturaleza al Hombre). Jacinto Grau tiene otro Conde Alarcos (v.), pero acaso, procediendo sólo del romance, sin el influjo de Castro y Amescua. Juliá considera la obra de Castro, como de su segunda época o período.
A. Valbuena Prat

