Con este título publicó el valenciano en Zaragoza (1605) sus obras poéticas, dirigidas a don Martín Abarca de Bolea, procer aragonés, también poeta. En el prólogo afirma «Artemidoro» que ha procurado imitar a Virgilio y a Ariosto, especialmente al italiano, cuya influencia es perceptible hasta en pequeños rasgos estilísticos que el mismo Rey de Artieda señala con toda honradez. La obra de Rey de Artieda aparece dividida en cuatro partes. En la primera se contiene un «Discurso sobre la vanidad y aflicción del mundo», de escaso interés, v dos «Epitalamios», de parecido valor. Más curiosidad ofrece, sobre todo histórica, la «Justa de París», a la que sigue una explicación «moral».
Lo mismo ocurre con su poema «Sobre la obstinación del vicio y de las nuevas Circes», al final del cual puede leerse en prosa algo tan medieval como esto: «El palacio y los jardines de Circe representan la sensualidad que atrae con sus deleites». En la segunda parte se contienen diversas «epístolas» en «estilo manual y común», como reza el epígrafe, aunque no exentas de cierta originalidad temática, como la dirigida a «un amigo, abominando la vida solitaria del cazador», llena de gracia y agudeza. En alguna da cuenta «de las cosas de Flandes» (que conocía muy bien por su cualidad de capitán), mientras que en la enderezada a Miguel Ribelles «reprehende los juegos y pleitos», siguiendo claras fuentes clásicas.
La más importante de todas estas epístolas es la dirigida al Marqués de Cuéllar sobre la comedia, en la que no deja de ofrecer puntos de vista bastante originales, sobre todo frente a los que sostenían sus amigos Lupercio y Bartolomé Leonardo de Argensola, enemigos del teatro de Lope, y en general de todo teatro. Rey de Artieda distingue muy bien entre realidad y fantasía escénica, por eso dice: «Sola vista y opinión se engaña / y así el vicio y virtud dellos no ofende, / ni la comedia en un cabello daña». Incluso defiende la comedia como posible escuela de buenas costumbres, y llega a afirmar que Tárrega, Aguilar y Lope de Vega pueden aligerar con sus escritos «la ansia y pasión que te desasosiega». La tercera parte contiene sonetos de diversos tipos, puesto que los hay satíricos, burlescos, morales, elegiacos, amorosos, etc., etc. Los hay también de Lupercio Leonardo, del alférez Segura y de don Martín de Bolea, o traducidos del Petrarca, Aquilano, Alemani, etc.
Descuella entre todos alguno bastante original, como el que principia «Como a su parecer la bruja vuela», o el dedicado «A una comedia de soldados, sobre la elección de cabo de escuadra». Finalmente, la edición se cierra con algunas obras espirituales, de mejor intención que importancia poética, puesto que Rey de Artieda no era un poeta de grandes vuelos, aunque presente notas distintivas singulares. El mismo no aceptaba ni el nombre de poeta: «Jamás me aventuré a llamar poeta». Un poco seco, sin mucha imaginación, contrasta con los poetas contemporáneos y está más cercano de los Argensolas que de los castellanos o andaluces.
J. M. Blecua

