Es el primer verso de una célebre secuencia musical atribuida al franciscano (muerto hacia la mitad del siglo XIII), que con el Stabat Mater (v.), es una de las pocas que han quedado en la liturgia católica después de la depuración del Concilio de Trento. Lo mismo que el Siabat Mater, el Dies irae se aleja del tipo de las antiguas secuencias en prosa, puesto que, por el contrario, tiene una estructura estrófica parecida a los Himnos de la Iglesia. El texto predice los horrores del día del Juicio. En él confluyen ideas y acentos de numerosos himnos y laudas anteriores, pero el severo ritmo repetido de sus tercetos octosílabos exterioriza un ansia y una fuerza primitiva desconocidas en los himnarios anteriores.
El pecador está aterrorizado por la visión del Juicio Universal, antigua visión de profetas y de sibilas, del mundo convertido en cenizas, del sonido de las trompetas que resuenan entre los sepulcros, del libro eterno de los hechos humanos, por la visión de Cristo Juez («la enemiga potestad», dirá Dante), del que ya es imposible huir: y cae de rodillas, anulado, suplicando afanosamente piedad, salvación, reposo. Más que una poesía lírica, con su rima obsesiva y su manifestarse conmocionado («Mors stupebit et natura / cum resurget creatura / iudicandi responsura»), es una oración, tal como podía enseñarla a la multitud un predicador de aquella época, penitente, cuya musa fue con mucha frecuencia el terror. Será poesía, cuando la antigua secuencia cantada por el coro de la Iglesia, inminente, implacable, turbará y conmoverá el alma de Gretchen (en el Urfaust [v. Fazist] de Goethe), abatida sin remisión por los remordimientos del pecado, por el llanto de la inocencia, por la voz del espíritu perverso.
F. Pastonchi
*La melodía del Dies irae, compuesta de tres estrofas con estribillo que se repiten alternativamente en los tercetos del texto, y de una cuarta estrofa más breve al final, es de expresión profunda que le va bien al contenido aterrorizador de la poesía, y en esto es una excepción del lirismo sereno y estático propio del canto gregoriano en general: por su innegable eficacia sugestiva, pudo servir como punto de partida para melodías de más o menos compleja elaboración, a varios músicos posteriores. La secuencia entró en el gradual como segunda parte de la Missa pro Defunctis por eso en la historia de la música no aparece casi nunca como composición independiente, al igual que el Stabat Mater, sino que generalmente va incluida en el Requiem (v.) musical (y ni aun en éste se puede estar siempre seguro de encontrarla; por ejemplo, en el único Requiem de Palestrina, no está).
Diversos autores del siglo XVI en la composición del Dies irae, se sirven de la melodía originaría para elaborarla a más voces. Así, por ejemplo, los italianos Giovan Francesco Anerio (1567-1621?) y Giovan Mateo Asóla (1560-1609) en sus respectivos Requiem, publicados en edición moderna en la colección Música Divina (Ratisbona); y así otros. El carácter dramático se mantiene también en estas elaboraciones polifónicas; la de Anerio, a cuatro voces, es, a este respecto, de particular eficacia. Sin embargo, los autores de la época tendían generalmente a armonizar los contrastes en la pureza del conjunto polifónico; y cierta mente no era en la edad de oro del estilo vocal llamado «de Capilla» cuando el Dies irae debía alcanzar su máximo relieve dramático. Esto le estaba reservado a los tiempos modernos, cuando los recursos cada vez mayores de la orquesta se prestaron bastante bien para acentuar la entonación apocalíptica, y los compositores que sintieron tal atractivo difícilmente pudieron evitar el peligro del énfasis.
En efecto, esto se empezó a notar pronto; todavía no en el Requiem (v.) de Mozart (su última obra, compuesta en 1791 poco antes de su muerte y que ha quedado incompleta; del Dies irae parece que Mozart había escrito sólo el «Recordare», el «Confutatis» y las primeras notas del «Lacrymosa»: el resto fue añadido por su discípulo Süssmayer), y en él la secuencia, dividida en varios trozos, aun siendo dramática, no se sale de la línea sobria del conjunto; pero si en aquella en do menor (1816) de Cherubini (1760-1842), que es una obra merecidamente insigne. En ella, en efecto, el Dies irae es tan resonante, como pueden consentirlo los recursos de la orquesta clásica con el concurso de tres trombones y aun con el de algún elemento «extra» como el golpe de tam-tam. Pero el «máximum» lo alcanzó Berlioz (1803-1869), que en el Dies irae de su Requiem (1837) y especialmente en el «Tuba mirum» (una de las partes de la secuencia), la orquesta llega a los extremos de la sonoridad y hasta pudiéramos decir a los del fragor; baste recordar que usa doce trompetas, otras tantas trompas, dieciséis trombones, cuatro pares de tímpanos y otros muchos instrumentos de percusión.
También Verdi, en la parte correspondiente de su famosísima Misa de Requiem (v.), no evita del todo el énfasis, aunque lo emplea en menor medida. Bien entendido, que en estos grandes autores, énfasis no significa discurso inútil, sino más bien un relieve particular dado al carácter del texto que en sí ya es enfático; y del conjunto de palabras y música nace, en estas obras, un gran efecto dramático, aunque de naturaleza más oratoria que poética. Estos artistas, en general, no se valieron de la melodía original, a la manera de los autores del siglo XVI, sino que le han puesto al texto música libre a su manera. Otros Requiem modernos menos famosos son los de Schumann, Liszt, Saint-Saéns, Sgambati (de naturaleza muy diferente es el Requiem alemán (v.) de Brahms, compuesto sobre un texto alemán que nada tiene que ver con el latino). Entre los trozos de diverso género inspirados en la melodía gregoriana del Dies irae recordaremos el último tiempo de la Sinfonía fantástica. (v.) de Berlioz (1830) y la Danza macabra de Liszt, en forma de variaciones para piano y orquesta, aparecida en 1865.
F. Fano

