Una de las figuras femeninas más patéticas de la literatura clásica, es la de la reina de Cartago, que la poesía de Virgilio, en el libro IV de la Eneida (v.) eleva casi a símbolo del más alto sacrificio de amor. La leyenda, que en sus líneas esenciales procede de Timeo, de Justino y también de Nevio, trata de las peripecias que llevaron a Dido a su trágica muerte: su ineluctable amor por su huésped Eneas al que una tempestad acercó a las costas de Cartago y el abandono por éste, al que el destino llama a fundar en Italia una ciudad y una civilización nuevas. Alrededor de ella, no ya reina, sino mujer abandonada y sola, han creado muchos poetas y dramaturgos una viva y difundida tradición literaria, de la que, a su vez, emana la tradición musical.
* Especialmente el teatro renacentista fue aficionado a tratar este tema virgiliano. La primera tragedia Dido de aquel período es la escrita por Jacques de La Taille (1542- 1562) en 1560, hoy perdida. Sigue, El sacrificio de Dido [Didon se sacrifiant] de Étienne Jodelle (1532-1573), tragedia en cinco actos con coros, en versos alejandrinos. Después del gran éxito obtenido por Cleopatra (v.), el genial renovador del teatro francés, que al respeto por las tres unidades clásicas unía una sensibilidad completamente nueva, atenta al mundo moral de los personajes, intentó, con Dido, llevar al extremo su penetración altamente humana de la protagonista (ya intensa en Cleopatra), eliminando de la obra los episodios exteriores.
El drama tiene sobre todo efecto en el ánimo de la desesperada reina; pero esta riqueza psicológica, traducida en belleza puramente lírica, en versos bastante hermosos, se resuelve al fin en pobreza de acción; así es que, desde el punto de vista dramático, su Dido es más débil que su Cleopatra. Tiene, sin embargo, notable importancia en la historia del teatro clásico francés, que precisamente dará sus mejores obras maestras, en la más fina y profunda psicología del teatro de Racine, insertando en los esquemas clásicos una especie de «inteligencia romántica» del alma humana, a la que hoy podríamos dar el apelativo de moderna.
G. Veronesi
* En Inglaterra se publicó en 1594 la Tragedia de Dido [Tragedy of Dido] que Christopher Marlowe (1564-1593) escribió en colaboración con Thomas Nash (1567-1601), obra que no es de las más importantes del gran dramaturgo; francesa es, en cambio, la tragedia El sacrificio de Dido [Didon se sacrifiant] de Alexandre Hardy (1570-1630), una de las cuarenta publicadas entre el centenar de tragedias que Hardy escribió incansablemente para la escena francesa. Dido, escrita en 1603, es un buen ejemplo del nuevo teatro que hacía presentir a Corneille y a Racine, aunque los modos escénicos y toda la contextura del drama, que aún no utilizaba las unidades clásicas, indiquen una transición del teatro medieval al humanista, más que un punto de llegada de este último. Con la abolición de los coros y con un mayor cuidado de la acción dramática como núcleo y razón de ser de la obra teatral, Hardy llevó al teatro de su tiempo, a los umbrales de la grandeza que otros poetas alcanzaron.
* También la literatura dramática española del Renacimiento, conoció el destino trágico de la amorosa reina, a través de algunas obras poéticas y dramáticas. Una de las primeras y más notables, es la tragedia, Elisa Dido, de Cristóbal de Virués (1550- 1610), escrita entre 1579 y 1581, publicada en las Obras trágicas y líricas (Madrid, 1609). Virués no sigue la versión de Virgilio. Dido, vive enlutada por la muerte de Siqueo, asesinado por Pigmalión. La reina, sin embargo, está decidida a acceder al amor de Yarbas por la paz de su pueblo y acepta los dones que el embajador del rey moro la presenta: una espada, una corona y un anillo.
Se anuncian, sin embargo, tristes presagios, y en efecto, Carquedonio y Seleuco, consejeros de la reina y aspirantes a su mano, para impedir las bodas, asaltan el campo de Yarbas y en la batalla mueren entrambos. Dido abre las puertas de la ciudad al vencedor que viene a recoger el premio de su victoria. Pero cuando se abren las puertas del palacio, aparece Dido atravesada por la espada de Yarbas y con la corona a sus pies: antes que faltar a la palabra dada a Siqueo, la reina ha preferido la muerte. La tragedia está construida según el esquema clásico de Séneca, con los coros a la manera griega; y, como en el modelo, el gradual desarrollo dramático está sustituido por violentos efectos escénicos que transforman la escena en una carnicería. La misma versión de la historia de Dido fue seguida también por Ercilla en el poema épico La Araucana (v.); por Gabriel Lobo Lasso de la Vega (Romancero y tragedias, Alcalá de Henares, 1587); por Alvaro Cubillo de Aragón (1596?-1661) en La honestidad defendida, o Elisa Dido y por otros. En Virgilio está a su vez inspirada la tragedia Amores de Dido y Eneas, de Guillen de Castro (1569-1631), de gran fuerza dramática.
C. Capasso
* Una tragedia, Dido, escribió en 1636 Georges de Seudéry (1601-1667), que es una de las más artificiosas del infeliz rival de Corneille; otra con el título Dido la casta o los amores de Yarbas [Dido??. la chaste ou les amours de Hiarbas], escribió en 1642 Fran- Sois Boisrobert (1592-1662), uno de los fundadores — como consejero y amigo de Richelieu— de la Academia Francesa.
* Grandísimo es el número de obras musicales inspiradas en la figura de la legendaria fundadora de Cartago, y especialmente en el episodio de su amor por Eneas, que tuvo tan trágico fin. Los melodramas con este argumento — como todos los de fondo mitológico— abundan, especialmente en los siglos XVII y XVIII. Antes de salir a luz Dido abandonada de Metastasio, el episodio fue manejado por los libretistas de diversas maneras; después, al contrario, los músicos se inspiraron con preferencia en el texto de Metastasio. En el siglo XIX, disminuyó bastante el interés por los argumentos mitológicos; sin embargo, aún hallamos alguna obra sobre este argumento: la más importante, no lleva, sin embargo, el título Dido, sino Les Troyens a Carthago (v. Troyanos), y es de Héctor Berlioz.
* Entre las óperas más importantes tituladas Dido está una en tres actos de Francesco Caletti Bruni, llamado Cavalli (1602- 1676) con versos de Gian Francesco Buse- nello (siglo XVII), representada en el teatro San Casiano de Venecia en 1641. El manuscrito de la obra se encuentra en la Biblioteca Marciana de Venecia; no existe una edición moderna. Se dijo que Cavalli mostró en ella mejor gusto del acostumbrado en la elección del libreto, juzgado por algunos como la mejor obra de Busenello, que fue también el libretista de Coronación de Popea (v.) de Monteverdi. El argumento está tomado de los clásicos amores de Dido y Eneas, que aquí casi descienden a ser un episodio coloreado y decorativo. Tiene en ella relieve particular el anteacto, o sea la caída de Troya que en el «Prólogo» está presentada como una venganza de la diosa Juno por la ofensa que le fue inferida en el juicio de Paris.
Pero la más notable variación de la leyenda se halla al final, donde Dido casi está a punto de matarse desesperada por el abandono de Eneas, pero se lo impide Yarbas, el rey moro, pretendiente hasta entonces rechazado; así el melodrama termina con un canto loando al amor, y un dúo nupcial. Dido es una de las obras más importantes de Cavalli; cronológicamente es la segunda, y aún más que la anterior [Le Noche di Peleo e Tetis, 1639) se aleja del género de la ópera musical florentina de principios de siglo, orientándose en cambio hacia el gusto de la ópera decorativa que se desarrollará cada vez más en los decenios siguientes, y a la que ya pertenecen las últimas óperas de Monteverdi, las aparecidas en 1641-1642. Es característica de este gusto la abundancia de los personajes, el continuo intercalarse de episodios y escenas, la importancia de los coros, y, dentro de ciertos límites, también la de las partes instrumentales. El coro a seis voces sobre las palabras «Arma, arma», que abre el primer acto, es uno de los cantos de batalla con elementos descriptivos de los cuales ya Cavalli había dado una muestra en las Bodas de Peleo y Tetis; y el tema del combate reaparece en la obra más de una vez.
Entre los solos y los dúos, merecen especialmente recordarse: el recitativo de Creuse, «Enea, Enea, non é piü tempo», en la primera escena del primer acto, después del coro de los soldados, y poco más adelante, el episodio del pequeño Ascanio que trata de detener al padre, episodio tratado musicalmente en forma Ubre, casi de cantata en miniatura; el dueto entre Cobre y Casandra en la segunda escena del primer acto, donde el canto «L’arme ria» recuerda al célebre Lamento di Arianna de Monteverdi (v.); en el final de la obra el canto de Dido, «púrgateme la mano», invadido de la tristeza mortal del suicidio proyectado. En fin, son particularmente notables las escenas, ambas del primer acto, en que son evocadas las sombras de Hécuba y de Creuse (éste de las sombras es un motivo bastante grato a los autores de óperas de la llamada escuela veneciana del XVII). En la escena de Hécuba, es bastante bella, aunque sea de ritmo un poco uniforme, el aria «Trémulo spirit»: Es innegable que del cromatismo del canto, del «Basso ostento» también cromático y de la misma soberbia insistencia del ritmo, nace una expresión artística, íntima y afligida. También el vaticinio de Casandra tiene cromatismos bastante expresivos.
F. Fano
* Una obra maestra de la historia musical de todos los tiempos es Dido and Ateneas la primera ópera que se pueda propiamente llamar tal, del gran compositor inglés Henry Porcel (1658-1695), el cual hasta entonces no había hecho más que colaborar con otros o, mejor, colaborar en las representaciones musicales del teatro inglés. Se ejecutó por primera vez en el establecimiento de educación femenina dirigido por Josias Priest de Chelsea, en 1689, y probablemente fue representada por las alumnas, excepto la parte de Eneas y la de los coristas que eran profesionales. Contiene tesoros. No hay desde luego ninguna ópera tan bella en todo el siglo XVII, exceptuando las de Monteverdi, las mejores de Lulli y de Scárlatti y el oratorio de la Hija de Jefté (v. Jefté), de Carissimi.
La página «Remember me, but forget my fate» que termina la obra junto con el coro: «Whit drooping wings, ye cupids, come», hace pensar en el Lamento di Arianna de Monteverdi. Otros trozos, tienen la potencia de Bach; algunos recuerdan a Gluck por la compostura dramática y por la adherencia psicológica. No falta, sin embargo, algún trozo coral, o bien algún trozo a dos voces femeninas (por ejemplo: «Fear no danger to ensue, the hero loves as well as you») que hacen pensar en las ligeras composiciones para madrigales de un Morley cien años anterior. Que ésta sea la obra que más propiamente refleja el espíritu musical inglés se debe a ser el admirable producto de un genio indiscutible, que, de haber tenido una vida más larga, habría podido oponerse victoriosamente a la servidumbre de Inglaterra a las «maneras» primero de Lulli y luego de Hándel. La acción difiere de la trama de Virgilio: introduce a la confidente Belinda, brujas, duendes y espíritus. E. Magni Dufflocq
* Siguen a distancia de pocos años, Didone de Henri Desmarets (1662-1741), representada en París en 1693, Dido Koening von Carthago de Christoph Graupner (1683-1760), representada en Hamburgo en 1707; The Death of Dido, del inglés Johann Cristoph Pepusch (1667-1752), música para un «masque» representado en 1716.
* En 1724 fue representada en Nápoles la Didone abbandonata, melodrama en tres actos de Metastasio (Pietro Trapassi, 1698-1782), con música de Domenico Sarro (1678- 1741) e interpretada por Mariana Bulgarelli inspiradora, amiga y protectora para la que el poeta la había compuesto; el tema dramático está escogido con sagacidad y revela el instinto teatral del autor. Eneas, ya decidido a dejar Cartago, no ha dicho a la reina nada de sus propósitos. Ignorante de todo, Dido es feliz; su hermana Selene (y no Ana como en Virgilio), secretamente enamorada de Eneas, sabe, sin embargo, lo que va a ocurrir y querría informar a Dido, pero no se atreve y se retarda. Entre tanto, el rey de Numidia, Yarba, disfrazado de embajador con el nombre de Arbaces, viene a presentar a Dido el dilema: O boda, o guerra. Cuando la reina conoce los preparativos de Eneas para la partida, su situación se le aparece de pronto como desesperada, pero se dispone a resistir enérgicamente.
El drama, concebido con innegable maestría, culmina en la trágica lucha de la mujer herida en su amor, en su dignidad y en su orgullo por las adversidades que se le vienen encima: de sus esfuerzos, de la expresión, ora cauta, ora violenta, de sus sentimientos, se desprende un pathos intenso, que, sin embargo, las palabras no siempre revelan en acentos persuasivos y que los incidentes escénicos a menudo ofuscan en formas casi cómicas. La posición de la mujer abandonada por el amante, amenazada por el enemigo, en competencia con la hermana rival, y rodeada de cortesanos crueles y de mala fe, habría podido encontrar, en la pluma de un poeta de más bríos, acentos de profunda poesía. Metastasio, fiel intérprete de la sociedad de su tiempo, la envolvió en una trama teatral, que la rebaja y la coloca en situaciones absurdas, que todavía resultan más inconvenientes por la forma ágil o lenta, superficial o melindrosa, fría hasta en los rasgos de apariencia más intensamente pasional. Así, en una escena bastante curiosa, Dido, para suscitar celos a Eneas, le obliga a que asista a su coloquio con Yarba, en el cual le promete ser su esposa: escena que podría ser vigorosa, si la posición de Eneas no la convirtiese en una escena de efectos en verdad cómicos.
Quien, sin embargo, logre leer y colocar la acción en su natural atmósfera musical, advertirá, como en un libreto, la disposición de los personajes en distintos planos psicológicos, escénicos y musicales. Bajo este aspecto, Dido es una obra maestra, especialmente en la correspondencia exacta de los acontecimientos escénicos con la progresión de las causas y de los hechos que empujan a la infeliz reina a la hoguera, mientras las naves de Eneas están en alta mar, y los enemigos embisten Cartago. La obra, un poco descarnada, es la primera escrita por el autor, y revela junto a méritos y a defectos juveniles, una sorprendente madurez de ingenio dramático, además de un perfecto dominio de la técnica teatral. El lenguaje poético, no rico, pero vivo y claro, presenta las características de gracia, soltura y evidencia, propias de los numerosísimos melodramas de Metastasio.
M. Fehrigni
Una obra maestra, caldeada por la vida del autor y la de su alrededor, que todavía hoy se lee con avidez de un extremo a otro. (De Sanctis)
* En el mismo año, 1724, se puso en escena en Roma la Dido abandonada de Domenico Scarlatti (1685-1757). En Francia, un decenio más tarde, en 1734, Lefranc de Pompignan (1709-1784) escribió una Dido que tuvo un éxito parecido al del melodrama de Metastasio: bajo el Imperio, todavía estaba en los repertorios. Sobre esta tragedia, escribió Jean François Marmontel (1723- 1799), en el 1783, una Dido a la que luego puso música Nicola Piccinni (1728-1880). Fue representada en París en 1783, en presencia de Luis XVI y obtuvo un éxito clamoroso. La música contiene algunas bellas arias, sobre todo la de Dido, pero a la obra no se la puede considerar como una de las obras maestras de Piccinni. Entre las muchas obras homónimas que siguieron, recordaremos las de Romualdo Duni (1709-1775), representada hacia 1739; la de Baldassare Galuppi, llamado el Buranello (1706-1785), Módena 1741; la de Andrea Bernasconi (1706-1784), Venecia 1741; la de Nicola Porpora (1686-1768), Nápoles, 1742.

