Escrito en la forma de coloquio tan típicamente renacentista, el Diálogo apareció en 1546 en la reimpresión que hizo Cervantes de Salazar de su obra Introducción para ser sabio. Acompañan a esta Introducción otras obras de carácter moral, traducidas o comentadas, y el Apólogo de la ociosidad y del trabajo de Luis de Mexia y el Diálogo de la dignidad del hombre, continuada por el mismo Cervantes de Salazar.
Treinta y seis años después Ambrosio de Morales, sobrino de Pérez de Oliva, publicó otra edición. El Diálogo, aparte de su valor estilístico, interesa por la defensa que hace de las lenguas romances para la especulación filosófica. La doctrina y argumento de la obra aparece sintetizado en una especie de introducción que acompaña las antiguas ediciones. Lo transcribimos íntegro: «Yéndose a pasear Antonio a una parte del campo, donde otras muchas veces solía venir, le sigue Aurelio, su amigo; y preguntándole la causa por que acostumbraba venirse allí, comienza a hablar de la soledad. Y tratando por qué es tan amada de todos, y más de los sabios, entre otras razones, Aurelio dice, que por el aborrecimiento que consigo tienen los hombres de sí mismos, por las miserias y trabajos que padecen, aman la soledad.
Pareciendo mal esta razón a Antonio, por no haber criatura más excelente que el hombre, ni que más contentamiento deba tener por haber nacido, dice que le probará lo contrario; y así determinados de disputar de los males y bienes del hombre, para más a placer hacerlo se van hacia una fuente. Junto a ella hallan un viejo muy sabio, llamado Dinarco, con otros estudiosos; y entendiendo la contienda, y constituido por juez della, manda a Aurelio que hable primero, y luego Antonio diga su parecer. Habiéndoles oído Dinarco, juzga en breve de la dignidad del hombre, lo que con verdad y cristianamente debía, habiendo sustentado Aurelio lo que los gentiles comúnmente del hombre sentían».

