[Decamerone o Decameron]. Título que Giovanni Boccaccio (1313- 1375) puso a su obra maestra, compuesta con toda probabilidad en los años centrales de la vida del poeta, entre 1350 y 1355. El «Incipit» del libro (que según algunos es debido al propio Boccaccio) explica el título, la forma y el contenido de la obra. «Empieza el libro llamado Decamerón, apellidado Príncipe Galeotto, en el que se contienen cien cuentos, relatados en diez días por siete damas y tres hombres mozos». El Decamerón está, pues, dividido en diez «jornadas», y los distintos relatos, aunque completamente autónomos por su carácter y argumento, aparecen rigurosamente ordenados en los bien labrados recuadros de un prestigioso «marco».
El libro se abre con una especie de proemio, donde el autor, en pocas páginas, se propone dar razón del carácter completamente narrativo y eminentemente amoroso de su libro, dedicado por él a aliviar las penas de los amantes desgraciados, y especialmente de las mujeres. Sigue la introducción a la Primera Jornada, que empieza con la célebre narración de la terrible peste que devastó Florencia (como toda Italia y Europa entera) en 1348. Los horribles estragos de la peste son narrados con arte minucioso y solemne, y con particular atención por las repercusiones morales de aquel azote, que trastornaba la mentalidad de la gente, provocando desordenadas reacciones y liberándola en cierto modo de las acostumbradas normas de vida. Con ello se justifica la formación de un alegre grupo de siete mujeres jóvenes y tres mozos, que abandonan la ciudad para retirarse a un hermoso palacio en el campo. Allí se dedican los días a relatar cuentos, ateniéndose a un «tema» genérico señalado por la «reina» o «rey» nombrado para cada día. Como los narradores son diez, y reinan un día cada uno, el total de las narraciones se eleva a ciento.
Pero hay que notar que, aunque los días destinados a esta distracción son diez, la estancia del alegre grupo en la casa de campo dura catorce (dos semanas, de miércoles a miércoles), ya que por razones religiosas se suspenden los relatos los viernes y sábados de cada semana. Durante todo este período la vida de los diez jóvenes ofrece pocas variaciones: un cambio de residencia por la mañana del quinto día, alguna salida de paseo, un día de campo en el encantador «Valle de las damas», rápidos esbozos de conversaciones, pormenores que se evocan en breves palabras al principio y final de cada jornada, que se concluye siempre con una «canzonetta» cantada por turno por cada uno de los narradores. Boccaccio, que se reserva el papel de sereno e imparcial expositor, toma, sin embargo, la palabra directamente, no sólo en el Proemio, sino en otras dos ocasiones: primero, en una introducción a la jornada cuarta, en la que rebate con agudos y brillantes argumentos las críticas y calumnias de ciertos lectores malévolos, escandalizados por la licencia de los treinta primeros cuentos, reivindicando el carácter poético de su obra, y terminando jocosamente con la vivacísima «fábula de los gansos», y en segundo lugar, en la «Conclusión del autor», en la que reanuda en tono entre serio y burlón los mismos motivos polémicos, y defiende la pureza de sus intenciones.
Los diez narradores están dibujados por el autor en pocos trazos (subrayados además por el sentido del nombre que a cada uno se le atribuye), sin que lleguen a adquirir demasiado relieve. Son figuras convencionales, símbolos y proyecciones de distintos estados de ánimo, todos ellos vividos o con templados por el propio Boccaccio, como inmóviles modelos de aquellas mismas pasiones que encontramos, vivas, libres y cautivadoras, en los cuentos que cada uno refiere. Así Filostrato, la perfecta imagen del amor sin esperanza; Dioneo, el «spurcissimus Dioneus» de ciertos momentos juveniles del autor, despreocupado y burlón buscador de placeres; y Panfilo, alma grande y serena; así es Pampinea (la floreciente), mujer prudente y segura, de armoniosa y madura juventud, alegrada por un único amor feliz; Filomena, especie de hermana menor de aquélla; Lauretta, la amante adolorida; la lisonjera Emilia, únicamente prendada de sí misma, como Narciso; Elisa, dolorosamente esclava de un amor no correspondido; Fiametta, la perfecta enamorada, que teme constantemente perder su amor; y la acerba y ardiente Neifile, toda ella voluptuosos pensamientos e ingenua lascivia. Con los nombres de estos personajes suelen titularse las distintas jornadas, según que el tema haya sido propuesto por cada uno de ellos.
Para la jornada I (Pampinea), no hay asunto preciso: se habla de aquello que más agrada a cada uno; y los asuntos novelísticos tradicionales de la época (la sátira contra los religiosos y el gusto por los dichos ingeniosos y los vapuleos originales), brindan argumento a los cuentos narrados durante ese día. Destaca entre todos el de Ciappelletto (v.), solemne embustero y pecador que, llegado al trance de la muerte en tierra extranjera, no se arredra ni en este momento supremo, tranquiliza a sus huéspedes, que temen el escándalo de su impiedad, y luego «con una falsa confesión engaña a un santo fraile, y muere, y habiendo sido en vida un pésimo hombre, en su muerte es tenido por santo y llamado San Ciappelletto». El arte de Boccaccio presta extraordinaria vida a esta oscura figura, y difunde una especie de misteriosa sonrisa sobre su triste destino. Notabilísima es también la historia del judío Abraham, rico y virtuoso mercader parisino que, instado por un amigo a convertirse al cristianismo, encuentra un argumento decisivo para su conversión en la disoluta vida de la Curia Romana; y el famoso cuento de Saladino y los tres anillos, símbolos de las tres religiones que Dios ha dado a los hombres, sin que sea fácil distinguir cuál es la verdadera.
La jornada II, bajo el gobierno de Filomena, tiene por tema a «quien, habiéndose visto agobiado por varios apuros, logra un resultado feliz, más allá de sus mismas esperanzas». Relatos novelescos, casi todos ellos, que tienen por escenario Italia entera, el Oriente, y distintas partes de Europa. Los más merecidamente conocidos son, por su interés humano, el de Landolfo Ruffolo, el audaz amalfitano que, después de haber caído en la miseria, se hace corsario, se enriquece, pierde nuevamente todos sus bienes y logra por fin volver milagrosamente a su patria con una caja llena de diamantes, salvada de un naufragio; y la ingeniosa historia de Martellino, bufón cortesano que, para escarnecer la superstición de los trevisanos, se finge paralítico y luego milagrosamente curado, con lo cual atrae sobre sí una serie de desastres de los que sólo a duras penas logra salvarse. Más escuetamente fantásticas son la historia de Beritola, las lamentables aventuras de Bernabó de Génova y de su esposa injustamente calumniada, la complicada y feliz historia del pobre mercader florentino que se casa con la hija del rey de Inglaterra, las formidables aventuras de Alatiel, la hija del sultán de Babilonia, que es enviada a casarse con el rey del Garbo, y «por diversos accidentes en el espacio de cuatro años habiendo pasado por las manos de nueve hombres, llega a distintos lugares, y últimamente restituida como doncella a su padre, es enviada, como anteriormente, por esposa al rey del Garbo». Pero la obra maestra de esta jornada es, según general opinión, la fantasmagórica aventura de Andreuccio da Perugia (v.)» joven mercader poco avisado, a quien, habiendo ido a Nápoles a comprar caballos, le ocurren en una sola noche una estupenda serie de angustiosos incidentes, de los que por fin logra salir con bien.
La jornada III (Neifile) trata «de quien con industria logró alguna cosa por él muy deseada, o recobró lo perdido», tema del que los narradores italianos sacan partido para ensartar una serie extraordinaria de escandalosos argumentos, cuya obscenidad es apenas transfigurada y justificada por el arte soberano del escritor. Entre los más conocidos e ingeniosos figuran los cuentos del hortelano Masetto da Lamporecchio y sus hazañas en un monasterio; del rey Agilulfo, que no logra desenmascarar y castigar la audacia de uno de sus palafreneros; de Zima, que conquista, con un sutil expediente, a la esposa del avariento Francesco Vergellesi; la increíble aventura de Ferondo, a quien un astuto abad convence de que ha muerto y ha resucitado; la conmovedora historia de la prudente Giletta de Narbona; y por fin, quizás el más audaz de todos, el cuento de la ingenua Alibech.
Violento contraste con esta risueña materia encontramos en los cuentos de la jornada IV (Filostrato), en que «se habla de aquellos cuyos amores tuvieron desdichado fin». No faltan aquí tampoco las complicaciones novelescas, como la intrincada historia de los sangrientos amores de los tres jóvenes y las tres hermanas de Creta, o la lacrimosa y heroica aventura de Gerbino, sobrino del rey Guillermo de Sicilia; pero más a menudo las fábulas, en su sencillez, alcanzan una trágica grandeza. Bellísima y muy conocida es la historia del cruel Tancredi, el príncipe de Salerno que, obcecado por la idea de vengar su honor, manda dar muerte al amante de su hija Ghismonda, y envía a ésta su corazón en una copa de oro; la joven, «echándole agua envenenada, la bebe y muere». Pero no menos vigorosas y aun más conmovedoras, son las figuras de la desdichada Isabetta y de su lamentable locura, de la valerosa e infeliz Andreuola, o de la desventurada Simona. Merece también recordarse el cuento de Guillermo de Rosellón, donde reaparece el tema, tantas veces tratado por la novelística romance, del marido celoso que da a comer a su esposa infiel el corazón del amante, a quien él ha dado muerte: el asunto está aquí expuesto con rara energía y terrible eficacia.
La jornada V (Fiammetta), como para aliviar el ánimo del lector de la tristeza de tantas tragedias, habla «de lo que a algún amante, después de algunos accidentes terribles o desventurados, aconteció felizmente». Son, pues, todos relatos que terminan en un feliz desenlace. Entre otros, no menos finamente trabajados pero de menor peso (Cimon, Pietro, Boccamazza y la Agnolella, la presunta hija de Guidotto da Cremona, la alegre historia del canto de los ruiseñores, la novelesca aventura de Teodoro y de la Violante), destacan, por la alteza de su arte y sugestión poética, la historia de Gostanza da Lipari, la de Nartagio degli Onesti (v.), y la de Federigo degli Alberighi (v.). Gostanza, después de muchas aventuras y largas desesperaciones, logra milagrosamente superar los obstáculos que se oponían a su matrimonio con su amado Martuccio Gomito. Nastagio degli Onesti, atormentado por un amor infeliz, consigue doblegar el corazón de la insensible joven a quien ama, sacando imprevisto partido de una visión infernal, pues retirado al pinar de Chiassi, «ve a un caballero que persigue a una joven, a la cual da muerte, dándola después a comer a dos perros»; por el caballero se entera de que esta pena les ha sido impuesta por la justicia divina, porque la mujer, muchos años antes, con su inexorable crueldad, había llevado al caballero al suicidio; y a Nastagio le basta hacer presenciar aquella terrible escena — que se repite todos los viernes—a la joven amada para persuadirla a que sin más demora se case con él. Federigo degli Alberighi, después de haber gastado en vano todos sus bienes para conquistar con su lujo y magnificencia el corazón de «monna» Giovanna, logra en cambio conmoverla soportando noblemente la miseria y mostrando en ella la heroica pertinacia de su amor y la extremada gentileza de su ánimo.
En la jornada VI la reina Elisa invita a tratar de asuntos más ligeros: se hablará de aquellos que «se salvaron con alguna ingeniosa agudeza, o evitaron pérdida, peligro o daño, gracias a una pronta respuesta o a algún ardid». Sin embargo, también en esta jornada dedicada a las agudezas y a las respuestas ingeniosas, el arte de Boccaccio halla modo de dejar señales de su eficacia y de su potencia: con la sugestiva figura de Guido Cavalcanti, evocada con mágica sencillez sobre el fondo de la Florencia dantesca, después con la agudeza del pintor Giotto, el alegre cinismo de «madonna» Filippa, y el acertado esbozo de Chichibio, el cocinero de Currado Gianfigliazzi, el cual tiene el valor de sostener ante su amo que las grullas no tienen más que una pata, y logra, gracias a un chiste, escapar al merecido castigo; o la altiva gentileza popular del panadero Chisti, que se granjea el respeto y la amistad del gran señor Geri Spina. Cierra la serie el famoso relato de fray Cipolla (v.): el ingenioso pedigüeño ha prometido a los ingenuos campesinos de Certaldo mostrarles una pluma del ángel Gabriel, y en el momento de abrir la caja que contenía la preciosa reliquia, se da cuenta de que algún burlón ha substituido la pluma por carbones, pero sin perder el aplomo, los presenta a la multitud, sosteniendo «que son de aquellos con que asaron a San Lorenzo», y corona su victoria con una elocuentísima improvisación, grotesco y malicioso discurso en el que el arte de Boccaccio despliega toda su incomparable fuerza cómica en un desconcertante torbellino de invenciones extravagantes, hallazgos felicísimos y agudezas ininterrumpidas.
La jornada VII (Dioneo) promete desde su comienzo un grupo de fábulas licenciosas y, juntamente con la III, es la que más contribuyó a conferir a la obra maestra de Boccaccio una fama escandalosa, en parte inmerecida. En ella «se habla de las burlas que, por amor o para salvarse, las mujeres han hecho a sus maridos, sin que éstos se dieran cuenta, o dándosela». Aquí la fantasía de Boccaccio llega a su colmo inventando, sobre temas tradicionales o nuevos, un gran número de aventuras extravagantes y desvergonzadas, algunas de las cuales se colocan de un golpe en la esfera del arte, en virtud de heroica enormidad (Peronella, con su amante en el tonel; la mujer de Tofano y su fingido suicidio; el estupendo engaño de Lidia).
Estos divertidos asuntos dan materia también a los cuentos de la jornada VIII (Lauretta), que es la famosísima jornada de las burlas, en que se presenta el prestigioso personaje de Calandrino (v.) con sus no menos célebres amigos Bruno y Buffalmacco. A esta jornada pertenece el bellísimo episodio burlesco de los rústicos amores del cura de Varlungo y la Belcolore. Un largo relato ampliamente divertido y finamente elaborado es el de maese Simón, el médico ignorante y simplón que cree en el arte mágica y es cómicamente lisonjeado y atrozmente escarnecido por Bruno y Buffalmacco. Pero la figura de Calandrino descuella y se impone en la famosísima historia de la helitropia, la piedra que hace invisible a quien la lleva, de cuya existencia le persuaden sus dos invisibles compadres con la complicidad del astuto Maso del Saggio. De ahí una serie de incidentes, situaciones, gestos y vapuleos de insuperable comicidad. El tema de la necedad de Calandrino, víctima predestinada de las alegres y crueles conspiraciones de los acostumbrados amigos, reaparece más adelante, con la sorprendente historieta del cerdo robado, y da pie, en la jornada siguiente, a otros dos relatos; en el primero, Bruno y Buffalmacco, con la complicidad de maese Simón, logran nada menos que hacer creer a Calandrino que está embarazado; y en el segundo le dan a entender que, gracias a un milagroso «breve», ninguna mujer podrá resistírsele, y se gozan de su inevitable desengaño.
Estas dos últimas narraciones nos llevan a la jornada IX, en la que Emilia cree oportuno conceder a cada uno la libertad de hablar «según le plazca y de aquello que más le agrade». Especialmente notables son aquí, por la fineza de su ejecución, dos licenciosos relatos: la accidentada noche de Pinuccio en la hostería del Pian di Mugnone, y el encanto de Donno Gianni, así como el curioso apólogo de los dos jóvenes, que «piden consejo a Salomón»; y la desconcertante fábula del sueño de Talano di Molese. Más famosas que las demás, a causa de los personajes que en ellas figuran, tanto como por su valor intrínseco, son otras dos narraciones: una de ellas es «dantesca»: la historia de la burla que Biondello hace a Ciacco y la venganza del hambriento glotón, gracias al astuto provecho que sabe sacar de la legendaria iracundia de micer Filippo Argenti. La otra refiere una pintoresca desventura de Ciecco Angiolieri, robado y burlado por uno de sus compañeros de francachela.
Con la décima y última jornada Boccaccio quiso coronar su obra en la forma más noble, exaltando aquella «cortesía» que aparecía a la caballeresca mentalidad medieval como la más alta virtud mundana y la más digna guía a nuestra vida en este mundo. No muy significativo es el primer cuento, el del caballero a quien le parece que el rey Alfonso de España no sabe reconocer dignamente sus méritos y tiene después que convencerse de la magnanimidad de aquel soberano. La historia de Sofronia, cedida por la generosidad del ateniense Gisipo a su amigo Tito Quintio Fulvo, encierra sabrosos pormenores en refinada ornamentación novelesca de gusto típicamente medieval; mientras la delicada femineidad de «madonna» Dianora y la porfía de generosidad de su marido y su enamorado micer Ansaldo ponen en la extraña fábula del huerto florido una penetrante nota de humanidad; la misma que aun hoy hace que sea conmovedora la inverosímil aventura de Gentile de’ Carisendi, salvador y escrupulosísimo huésped de la mujer de Niccoluccio, de la que está enamorado. Con Ghino di Tacco (v.), el caballero bandido, improvisado médico del abad de Cligny, volvemos al motivo de las aventuras, que halla aquí un nuevo y exquisito sabor. Las historias de la ancianidad del rey Carlos, que sabe vencer su loca pasión por una jovenzuela, y del rey Pedro de Aragón, que cura a Lisa, enferma de amor por él, dan a Boccaccio ocasión para bordar sobre motivos muy tenues dos relatos singularmente sugestivos en su extremada delicadeza. En la fábula de Mitradanes que, celoso de la insuperable fama de liberalidad del viejo Natán, quiere darle muerte y le haya dispuesto a darle la vida, ante lo cual Mitradanes, avergonzado de su cruel propósito, se siente ligado a Natán por un afecto filial, Boccaccio alcanza momentos sublimes. Nos hallamos en una atmósfera enrarecida en la que el arte nace de la misma felicidad de la mente, absorta en la contemplación de una especie de perfección moral que logra ser absolutamente ideal y mundana a un mismo tiempo: por obra de una noble fantasía que se complace en imaginar un mundo donde los más extraños acontecimientos y la magia misma se ofrecen dócilmente a apagar sus deseos. En este orden, el cuento de micer Torello halla formas narrativas de una perfección poética digna de Ariosto. La historia del honrado burgués de Pavía, que encuentra a Saladino de incógnito y le honra sin conocerle, sencillamente, por ser huésped y extranjero, y luego, al caer prisionero durante la Cruzada, es reconocido por aquél y recompensado con un imposible beneficio, enriqueciéndose de página en página con preciosos detalles hasta llegar a su venturoso desenlace, logra por la fuerza del arte el milagro de hacernos encontrar la más palpitante humanidad en el corazón mismo de la más inverosímil aventura. La moralísima historia de Griselda (programática fábula dedicada a exaltar hasta la paradoja las virtudes femeninas más tradicionales, de la que Petrarca gustó tanto que la tradujo al latín), completa los cien cuentos con una imprevista variación de tono.
La excepcional variedad de la materia, de los modos estilísticos y de las actitudes espirituales, no sólo hizo del Decamerón una obra única en la historia de las literaturas modernas, sino que se prestó a las más variadas interpretaciones acerca de su carácter y sentido verdadero. La crítica tradicional, representada especialmente por los retóricos y gramáticos del Renacimiento, aceptando esta obra simplemente como un singular monumento de arte narrativo, quiso ver, sobre todo, en ella un modelo de estilo: olvidando las audacias lingüísticas e incluso dialectales y la inmediatez y la desenvuelta brevedad de tantas de sus páginas, proclamó a Boccaccio el más perfecto modelo de un estilo italiano que aclimata y renueva todos los tradicionales méritos y la rebosante belleza del estilo latino, creando así el ficticio ideal de un «estilo boccaccesco» que todos los prosistas italianos deberían imitar, al modo que los poetas imitaban a Petrarca. La crítica romántica reivindicó el valor humano y la extraordinaria riqueza artística de esta obra maestra; pero quiso, con De Sanctis, interpretarla sobre todo como una expresión del espíritu de los tiempos nuevos, imponente testimonio del triunfo de la nueva sociedad burguesa que se reía de la Iglesia medieval y del feudalismo, preconizando el triunfo de un nuevo tipo de civilización. Los modernos en parte invalidaron y en parte corrigieron estos esquemas: como la Divina Comedia, aunque en un plano necesariamente menos sublime, el Decamerón encierra en sí muchos de los fermentos y anticipa no pocos de los motivos de la civilización humanística (bastarían para demostrarlo la gran libertad espiritual y la innegable desenvoltura con que trata lo ultraterreno); pero resume e interpreta, principalmente, a la luz del arte, los elementos característicos de los últimos tiempos de la Edad Media: costumbres, ideas y pasiones de la época en que fue escrito.
Y es ante todo la obra de un narrador genial, que recogió todas sus experiencias de vida, el fruto de sus lecturas clásicas y romances, el gusto de captar, contemplar y fijar en su prosa la extraordinaria variedad de las pasiones que agitan el corazón humano, y de las vicisitudes de la fortuna, ora alegres, ora desventuradas; de las reacciones que despiertan en los ánimos de los personajes de la comedia humana los acontecimientos, unas veces insólitos, otras ordinarios, y los hechos más trágicos o las situaciones más grotescas o ridículas. Fundándose en cierta sensual malicia que trasluce en no pocas de sus páginas, algunos han llamado a Boccaccio exaltador de los triunfos de la carne; por la simpatía que a menudo manifiesta por los espíritus despreocupados y astutos, libres de prejuicios, hábiles y capaces, otros lo han llamado «poeta de la inteligencia»; otros han subrayado, por fin, como su característica fundamental el gusto por la aventura. En realidad el Decamerón, a pesar de sus distintas apariencias, no es ni irreverente, ni cínico, ni mojigato, ni sensual, ni idealista, y Boccaccio se manifiesta a la vez como el más desinteresado y ampliamente humano de los narradores. [La primera de las versiones peninsulares del Decamerón de Boccaccio es la versión catalana de autor anónimo, tal vez un monje de la célebre abadía de San Cugat del Vallés, donde consta que fue terminada la traducción el 5 de abril de 1429, la cual ha sido impresa modernamente (Barcelona, 1910). Contemporánea y quizá anterior a esta versión catalana, verdaderamente magistral, aunque muy inferior a ella por todos respectos, fue la primitiva versión castellana, también anónima pero sin fecha, de la cual hoy sólo existe un códice fragmentario de mediados del siglo XV en la biblioteca del Escorial, que contiene cincuenta novelas. De un manuscrito completo de esta versión primitiva procede la primera edición castellana de Las Cien Novelas de Juan Bocado, publicada en Sevilla en 1496 y reimpresa cuatro veces hasta mediados del siglo XVI. La prohibición fulminada por el índice expurgatorio de Paulo IV en 1559 contra el Decamerón de Boccaccio, introducida en España por el inquisidor Valdés en el índice de aquel mismo año hizo que durante más de tres siglos no se publicara ninguna edición castellana de esta obra. La primera traducción moderna íntegra y fiel es la de Mariano Blanch, que se publicó anónima en Barcelona en 1876, y fue reimpresa cuatro veces. Existen además la traducción de García Ramón (París, 1882); la de Luis Obiols (Barcelona, 1904) y la de Germán Gómez de la Mata (Valencia, 1928). La más reciente es la de N. Estévanez (Buenos Aires, 1942)].
M. Bonfantini
Boccaccio acaricia el lenguaje como un enamorado. Diríase que en cada palabra ve una vida propia, a la que no falta otra cosa que ser animada por el intelecto. (Foscolo)
La Fontaine rió en Boccaccio — donde Shakespeare se deshizo en lágrimas. (A. de Musset)
Lo que mueve el mundo del Decamerón no es Dios ni la ciencia, sino el instinto y la inclinación natural, verdadera y violenta reacción contra el misticismo. (De Sanctis)
El Decamerón, la comedia humana de Giovanni Boccaccio, es la única obra comparable por su universalidad a la Divina Commedia de Dante. (Carducci)
Lo que llamamos alegre, gozoso, es su sintaxis… Boccaccio es como Giorgione. En los colores y en las palabras se han filtrado rayos del sol de mayo. (E. d’Ors)

