De la Mónada, de su Número y de su Forma, Giordano Bruno

[De monade, numero et figura]. Poema filosófico en latín de Giordano Bruno (1548-1600), compuesto en 1591, que se enlaza con el Del mínimo (v.) y Del inmenso (v.), y pertenece al grupo de las obras constructivas.

La obra está cons­tituida por un solo libro; se refiere a las combinaciones elementales que son supues­to necesario de formaciones ulteriores y trata de las relaciones numéricas que las gobiernan y de las formas geométricas que asumen. Está informada por aquella in­tuición pitagórica y platónica del animis­mo universal, que ofrecía cierto aparente fundamento a las fantasías de las ciencias ocultas cultivadas por los filósofos del Re­nacimiento. La introducción de la obra está dedicada al duque de Braunschweig, y ex­pone algunas teorías de Bruno acerca de la vida, con alguna noticia autobiográfica. Dios, principio vital del universo y de las existencias particulares, es tanto lo máximo como lo mínimo: es el Ente único, que en sí comprende el todo y al mismo tiempo es principio esencial de toda mínima cosa. De modo que toda cosa creada es el espejo de la sustancia del mundo y, por lo tanto, en su esencia es la divinidad misma; pero cada cosa lo es según su propia esencia, esto es, de modo propio y diverso de todas las demás.

La mónada que corresponde al pun­to de la matemática y al átomo de la fí­sica es este ser primitivo, imperecedero, de naturaleza tanto corpórea como espiritual, que genera, por recíprocas relaciones, la vida del mundo. Es una exteriorización in­dividual de la divinidad y un aspecto de la existencia infinita de la infinita esencia. Fluctúa por el universo una cantidad ili­mitada de mónadas, que se individualizaron de modos diversos. Dios es la mónada su­prema, pero está también en las infinitas mínimas que lo representan en su manera de ser; de manera que, mientras todos los seres sé reúnen bajo una especie suprema, cada especie particular viene a representar a todas las demás, y la aristotélica multi­plicidad es sustituida por la unidad de un solo principio formal. Cada cosa, en su movimiento vital, sigue tanto la ley de su propia esencia particular, como la ley ge­neral: idea que deriva del principio ato­místico que informa la alta poesía de Lu­crecio, y que hallará más tarde en Leibniz su más compleja y completa expresión.

M. Maggi