La Monadología, Gottfried Wilhelm Leibniz

[Monadologie]. Obra del filósofo alemán Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716), compuesta en francés en 1714, en la que el autor resumió su filo­sofía para el príncipe Eugenio de Saboya. El manuscrito, publicado póstumo, no lleva título; el título actual le fue dado por el primer editor que publicó la obra en fran­cés, Erdmann, en 1834.

El punto de partida de la metafísica leibniziana es en esta obra el concepto de «mónada»: ésta es una sus­tancia simple, es decir, sin partes; no un átomo físico, sino un centro de energía dotado de capacidad representativa. Así concebida, la mónada no nace ni muere, no pudiendo ser formada por composición, ni destruida por disolución; pero tampoco podría ser principio de mutación y deve­nir, si no se la concibiese como mudable en sí misma, de manera que el mudar de sus cualidades sea también principio de indivi­duación de la mónada misma. Este mudar parcial y continuo es la «percepción»: todo el devenir cósmico es resuelto en la con­ciencia perceptiva de las mónadas. Esta conciencia puede ser más o menos clara y distinta; según el grado de claridad y distinción, las mónadas se disponen en jerar­quía y se pueden dividir aproximadamente en tres grupos: «entelequias» sencillas, do­tadas de pequeñas (esto es, oscuras y con­fusas) percepciones; «almas» (dotadas de percepciones más claras y distintas, y de memoria, la cual permite aquel embrión de razonamiento que es la asociación de ideas); «espíritus» (dotados de «apercepción», esto es, conscientes de la ley de su mudar; pero así como cada mónada es cuantitati­vamente todo el universo, la conciencia de las propias leyes es la conciencia de las leyes del universo y, por lo tanto, su ra­zón científica).

Los razonamientos de que son capaces los espíritus están fundados en dos principios: el de contradicción y el de razón suficiente. Las verdades que están sujetas a entrambos principios son «ver­dades de razón»; aquellas en que no es po­sible apreciar el principio de contradicción son las «verdades contingentes» o de «he­cho». Ahora bien, las verdades de razón pertenecen a la pura posibilidad: es me­nester un ser realísimo que, pensándolas, las vuelva reales; así, las verdades contin­gentes deben hallar su necesidad en una mente infinita y necesaria. Éste es Dios, mónada suprema dotada de percepciones ab­solutamente claras y distintas. Aquí se pre­senta una dificultad: Leibniz sigue y hasta se halla entre los fundadores de aquella concepción que se convertirá en base del naturalismo del siglo XVIII, por ejemplo, de un Laplace: todo acontecimiento del universo está determinado y conexionado con todos los demás («complicatio omnium»), pero, por otra parte, las mónadas, por ser simples, no pueden cambiar sino en su propio interior; no pueden recibir impresiones desde fuera; cada mónada es, pues^ todo un universo. ¿Cómo, pues, te­nemos un solo universo, aunque infinito? ¿Cómo cada mónada puede conocer, aunque sólo sea a su manera, el cosmos entero? Leibniz resuelve el problema postulando una «armonía preestablecida»: Dios ha crea­do las mónadas según un plan, de modo que cada una, sin salir de sí, repita en su interior los acontecimientos de todas las demás.

El mundo nace, por lo tanto, de un cálculo divino («cum Deus calculat fit mundus»); y, como es perfectísimó, Dios calcula de manera que en él se realice el máximo de los bienes posibles, por lo que éste es el mejor de los mundos posibles. La armonía preestablecida sirve para explicar las relaciones entre alma y cuerpo, en torno a los cuales se había afanado tanto el pen­samiento cartesiano en el siglo XVII. Se llama activa una mónada respecto a otra cuando se representa un fenómeno de ella de manera más clara y distinta. El cuerpo es un agregado de mónadas dotadas de me­nor claridad y distinción que el espíritu; por ello, en líneas generales, éste es activo respecto al cuerpo, pasivo en algún otro caso. En cambio, Dios es siempre y esen­cialmente activo; y él es verdaderamente la razón suficiente de todo lo que acaece. De este modo, Leibniz, a pesar de todos los esfuerzos contrarios, renueva el determinismo spinoziano, después de haber in-, tentado sustraerse a él. Como también la ética leibniziana se reduce en sustancia a la fórmula de Spinoza «umor Dei intellectualis»: el espíritu puede comprender a Dios liberándose de toda pasividad, y así amar­lo como bueno y sapientísimo Legislador y Arquitecto. El pensamiento de Leibniz, tan rico en aspectos, actitudes, puntos de vista y problemas, experimenta en este escrito una forzosa sistematización que lo hace rígido; por esto el romanticismo alemán que, sin embargo, desarrollará más tarde y de manera original todos los principales temas del pensamiento leibniziano, no comprenderá, por culpa de esta sistematización, los méritos de su gran predecesor. [Trad. española de Antonio Zozaya bajo el título La monadología de la naturaleza (Madrid, 1882)].

G. Preti