[Gesprache mit Goethe in den letzen Jahren seines Lebens]. Obra de Johann Peter Eckermann (1791-1854) en tres partes, de las cuales las dos primeras aparecieron en 1836, y la tercera, de menor valor documental en lo que se refiere a Goethe, en 1848. Más que por su pequeño volumen de mediocres Poesías [Gedichte, 1821], Eckermann atrajo la atención del poeta por unas Contribuciones a la poesía con particular referencia a Goethe [Beitrage zur poesie mit besonderer Hinweisung auf Goethe, 1823], que envió manuscritas y que Cotta aceptó publicar. Goethe, que en los distintos momentos de su vida tuvo siempre la clara intuición de los hombres que le rodeaban, comprendió que aquel joven, que tenía modesto ingenio, pero que había soportado los trabajos largos y duros de una agitada juventud sin perder sus entusiasmos ideales, podía ser «el hombre que le hacía falta»; y durante nueve años le tuvo a su lado como registrador diligente de sus palabras y anotador fiel de cuanto sucedía a su alrededor. Eckermann pudo así transmitimos viva la figura del Goethe olímpico, del «sabio anciano» de los últimos años.
En estas conversaciones, el poeta octogenario habla del pasado literario y de la vida vivida, discute sus obras, repite, algunas veces mitigándolos, otras acentuándolos, juicios ya pronunciados sobre obras ajenas, admirable por su vigorosa gallardía espiritual y la infatigable constancia y fuerza de creación. Entre otros corresponden a esta época: Los años de peregrinación de Guillermo Meister (v.), buena parte del segundo Fausto (v.), la parte histórica de la Teoría de los colores (v.) y la redacción y revisión de sus obras, para lo cual empleó también a Eckermann y a Riemer. En los paseos en coche, por los valles umbríos de Weimar, pasan entre el maestro y el discípulo y se precipitan ante el gran superviviente las gigantescas sombras de los desaparecidos, desde Napoleón hasta Schiller, desde Lessing hasta Byron. Toda actividad que en el mundo desarrolló nuevas fuerzas, fuese poética o política, artística o científica, encontró profundo eco en el alma y en la mente del gran anciano cada vez más sediento de universalidad. Por esto le hastían, vistas a distancia, las camarillas a lo Schlegel y las discusiones literarias, sobre todo las que versaban sobre Romanticismo y Clasicismo, meros nombres, según dice, de dos actitudes espirituales humanas: lo objetivo y lo subjetivo, que los pequeños literatos quieren reducir a polémica inútil. Con Manzoni le liga amistad y admiración, como atestiguan los diálogos con Eckermann de julio de 1827 durante la lectura de Los Novios (v.).
Demuestra mucho interés — aunque no sin reservas y sin alguna ironía — por Walter Scott, de quien quiere leer todas las novelas, y una ternura especial por Byron, que le recuerda su propia juventud impetuosa y apasionada. Los momentos estrictamente biográficos son pasados en estas Conversaciones casi en silencio, pero bastan pocos trazos para permitirnos reconstruir la vida de Weimar; algunos toques sobre el Gran Duque muestran las relaciones de familiaridad y devoción que había entre Goethe y la pequeña Corte. Pero la intimidad del alma del poeta permanece cerrada en general; así sólo está indicado con pocas palabras el encuentro entre Eckermann y Goethe después de la muerte de su hijo Augusto, ocurrida en Roma en octubre de 1830. El anciano se limita a abrazar con fuerza al discípulo y luego habla de otra cosa. Alguien consideró por ello que era escasa la sensibilidad paternal de Goethe, pero el reemprender inmediatamente el trabajo, como una misión que cumplir en el mundo, le confiere una particular solemnidad sacerdotal. Tiene que terminar su Fausto y el dolor no le detiene, sino que le impulsa a obrar.
El 11 de marzo de 1832 Eckermann tiene todavía un largo diálogo sobre la autenticidad de la Biblia, durante el cual Goethe le aparece extrañamente cristiano en el alma. Al día siguiente vuelve a hablar de Dios, que se revela «en los grandes espíritus para que éstos le lleven a los más humildes». El 22 de marzo muere. Y Eckermann recibe el legado del poeta y continúa viviendo de él y para él, recogiendo devotamente y publicando sus obras. A Nietzsche las Conversaciones le parecieron el libro de más clara y alta cordura de la literatura moderna. Muchas veces se ha planteado el problema de si Eckermann, cuyas fuerzas intelectuales eran honradas, pero limitadas, entendió siempre rectamente, al transcribirlo, el pensamiento de Goethe. En realidad, las fantasías no faltan, pero son siempre involuntarias. Y dada la enorme desproporción entre ambas personalidades, no podían faltar, pero es innegable que, en el conjunto de la obra e incluso a menudo en las palabras sueltas, el espíritu de Goethe está realmente presente. [Trad. de J. Pérez Bances (Madrid, 1920); de Jaime Bofill y Ferro (Barcelona, 1946) y de Rafael Cansinos Assen, en Obras completas de Goethe, tomo II (Madrid, 1950).] G. F. Ajroldi
El relato que hace de la vida y de la obra de Goethe es el que podría hacer el animal a Dios del vuelo del águila; pero la grandeza del sol radica precisamente en el hecho de poderse reflejar en la más pequeña gota de agua. (Merejkovski)

