Conversaciones de Goethe con el Canciller von Müller

[Goethes Gesprache mit dem Kanzler von Müller]. Constituyen el texto de conversaciones goethianas más importante después de las Conversaciones con Eckermann (v.); y adquieren particu­lar sugestión por el hecho de .que Müller, cuando las reprodujo en su Diario, no te­nía intención de publicarlas, de modo que conservan su carácter de anotación inme­diata y poseen una especie de viveza tosca, todavía cálida de emoción. Son «retazos de realidad» que han quedado como estaban, sin retoques. Sólo cuando Goethe murió, a Müller se le ocurrió darlas a la imprenta, e incluso preparó una selección, de la que dio lectura — en parte — en la Corte, pero luego desistió de su propósito. La primera edición fue realizada medio siglo más tar­de, en 1870, por Carl Burckhardt; el texto preparado por Müller está ampliado con otros coloquios sacados directamente del Diario; y también se han enriquecido con posteriores añadiduras las ediciones suce­sivas de 1894 y de 1904.

Por fin Biedermann reeditó definitivamente este material en su gran recopilación completa de todas las conversaciones goethianas (cfr. Goethes Gesprache, 2.a ed., 1901-1911). Las «Con­versaciones» registradas por Müller empie­zan en 1808; pero durante los primeros años sus encuentros con Goethe fueron ra­ros, porque casi siempre estuvo alejado de Weimar, en funciones diplomáticas en la Corte napoleónica; sólo en 1815 — después de su vuelta a Weimar y su nombramiento de Canciller y Ministro de Justicia — las re­laciones se hicieron frecuentes y poco a po­co, pese a alguna borrasca, cordiales. Goethe no era fácil de entregarse y Müller era algo ingenuo en cuestiones de arte y poe­sía, pero en cuestiones de la vida práctica era en cambio un precioso consejero, sólido y experto; y era un hombre tan bueno y honrado que Goethe — aun tomándole al­gunas veces en broma y recibiéndole con el ceño fruncido — acabó apreciándole y admitiéndole incluso en el círculo cerrado en que gustaba de confinarse para dedicarse mejor a la ejecución de su obra. Goethe aparece por ello en las Conversaciones con una grandeza que no es la misma — com­pletamente serena y olímpica — con que se presentaba a los extraños, sino que es, por decirlo así, más humana y próxima, algu­nas veces casi inerme, con sus concesiones inesperadas y con sus violentas retiradas, con sus reacciones y sus impulsos, sus rap­tos absolutamente incalculables e imperso­nales.

Más allá del interés histórico — a menudo todavía actual — de las ideas que Goethe expresa, de los juicios que da sobre la poesía, sobre el arte, sobre la religión, sobre la moral, sobre la política, sobre los acontecimientos y los personajes de la his­toria, el valor de las Conversaciones está también en la plástica evidencia con que su figura individual emerge «en plein air» viva y multiforme, a través de sus pala­bras. Es lo que suele llamarse el «viejo Goethe» — el Goethe del relieve en cera, de Schadow (1816), del busto (1820) y de la estatuilla (1828) de Rauch, del cuadro de Stieler (1828): el «gran sabio», colocado siempre sobre las tempestades — ya pesar de ello siempre tendiendo hacia la vida, tranquilo y monumental en su sabiduría — y a pesar de ello nunca al abrigo del peligro de que «los ímpetus de la vida» sal­gan «a sacudir — como dice él mismo — sus viejos huesos». Es el Goethe de la Elegía de Marienbad (v.) y de la segunda parte del Fausto (v.) que continúa sintiendo, firme bajo sus pies, «su tierra», mientras la mi­rada mide y, cada vez más lejos y volun­tariosamente, indaga en el mundo de las cosas eternas.

G. Gabetti