El rico mercader sienés Giovanni Colombini (1304-1367), ex alcalde de su ayuntamiento, luego de convertirse en 1355 a la vida de pobreza y a la predicación del amor evangélico y haber dado todas sus riquezas al convento de Santa Bonda y al hospital de Santa María de la Scala, expresó su ideal místico y social en numerosas cartas, que han llegado a nosotros en abundante recopilación, publicada por A. Bartoli (Lucca, 1856), y que van dirigidas a sus cofrades exaltando franciscanamente la «santa ricca povertá», a las religiosas de Santa Bonda con admoniciones que recuerdan las enseñanzas de San Francisco a las Clarisas; a Pablo de Padua de los hermanos Ermitaños, a quienes manifiesta su fe en una «renovacón del mundo». Colombini expresa también, como suelen hacerlo los místicos, severos juicios contra los vicios de los eclesiásticos, y afirma que es más fácil suscitar la fe más viva, por medio del sentimiento, en los pecadores inveterados que en los que la profesan tímida y presuntuosamente. Son conmovedoras las cartas en que Colombini cuenta las incidencias de su estancia en Viterbo junto al pontífice Urbano V, porque reflejan las penalidades por la enemiga de los malévolos, los interrogatorios suspicaces, la cauta moderación de la Iglesia, que imponía una férrea disciplina. Pero revelan también su gran fe en la obra mística y en la benignidad del Papa, con pleno abandono a la voluntad de Dios. El reconocimiento de su inocencia, él lo atribuye al Pontífice y a la ayuda divina, y justifica a la Curia por sus sospechas, porque no es «culpa de los que rigen la Iglesia, sino de los pobres soberbios y errantes». Franco, vigoroso, pleno de fe y reflexivas convicciones, este epistolario es fruto de una gran pureza espiritual y revela una vida entendida como misión y milicia, como una continua actividad intensa y tranquila al servicio de Dios y del Evangelio. Cuando expresa sus entusiasmos místicos, más que poeta y artista, Colombini se revela como un santo en contemplación y bajo el total dominio de Dios. Por eso sus cartas han de ser juzgadas por su devoción y por el amor divino de que están animadas.
G. Gervasoni

