La débil visión de las poesías de la poetisa francesa Louise Labé (1520?-1565) no ha impedido considerarlas recogidas en un Cancionero cada día más admirado a partir de la primera edición lionesa de 1555. Con frescura y espontaneidad la poetisa hace sentir en tres elegías su ánimo triste por la pasión y orgulloso por el don de la poesía; puede llamársela la Safo francesa porque Apolo la inspira y hasta en el llanto le hace advertir el divino placer de la vida (I); si el Amor que la consume y atormenta incita a suspirar por la vuelta del hombre amado, en el temor del abandono lo olvida todo, incluso la gloria literaria que dulcemente le sonríe pensando en España, en las orillas del Rin, en la encantadora Italia (II), y dirigiéndose a las damas lionesas que condenaban la «sencillez y el juvenil error» suyo, expresa su fe en la vida y el enojo que le causa el Amor en el sueño de un amor recíproco (III). Entre los veinticuatro sonetos tiene un gran valor histórico el primero, escrito en italiano («No tendría Ulises ni ningún otro nunca» [«Non hauria Vlysse o qualunqu’altro mai»]) no sólo por testimoniar el alto grado de cultura aleanzado por la Labé, sino, sobre todo, por indicar el elemento de unión entre la escuela lionesa y el petrarquismo del XV y del XVI.
Entre los sonetos son eficaces algunas representaciones de su pasión, por un ardor que quema la médula y una paz demasiado ansiada para ser verdadera; así el suspiro del corazón vuela hacia el amado y las lágrimas de la muchacha sólo significan su naturaleza mortal, fácil a las desilusiones y al desengaño. En su desahogo apasionado la poetisa hace suyos elementos de la tradición literaria más refinada, desde Ovidio hasta Petrarca y los poetas italianos, pero como en el Debate entre la Locura y el Amor (v.) tiene aquí valor el acento nuevo y consciente de la ardiente joven, su palpitación de criatura enamorada y desesperada. La importancia histórica de este Cancionero estriba también en el hecho de que, junto a la Delia (v.) de su compatriota Maurice Scéve, la poetisa abandona la tradición francesa para interpretar la vida y sus ideales con el signo de la tradición clásica, de la cual la escuela italiana es la renovación más valiosa. Estos motivos, íntimamente ligados a una experiencia individual de amor y de poesía, constituirán el verdadero tránsito a Ronsard y a la Pléyade y será tarea de la crítica posterior advertir en los albores del movimiento la voz de la «hermosa cordelera» de Lyon.
C. Cordié

