Yerma

Protagonista del drama de su nombre (v.), de Federico García Lorca (1898-1936). Yerma es la madre fracasada, la mujer estéril como la tierra árida, in­capaz de dar fruto.

Del binomio perfecto mujer-madre, Yerma siente únicamente el elemento «madre», pero lo siente en forma total y apasionada, dando al concepto de maternidad aquella violencia que parece convenir mejor al concepto de amante. Yer­ma se ha entregado a su marido, alegre y confiada, no porque sintiera la necesidad del varón, sino porque aquél es el camino normal para alcanzar la gloria infinita de la maternidad. Los dolores y angustias fatalmente ligados con ésta no le importan. «Toda mujer tiene sangre para tres o cua­tro hijos, y si no la tiene…, si no los tie­ne… la sangre se le cambia en veneno, como a mí». Y a Yerma, la sangre se le cambia lentamente en veneno. Se consume contemplando los hijos de las otras y aguar­dando en vano al suyo. Y poco a poco, su marido — a quien sólo veía como a padre — empieza a constituir para ella un estorbo. ¿Adoptar un hijo ajeno? Imposible. Se le helaría el cuerpo.

No; Yerma quiere ver florecer la carne de su carne. Y atraviesa el drama encorvada bajo la cruz de su maternidad insatisfecha. A su alrededor surgen calumnias, sospechas y proposicio­nes deshonestas. Pero Yerma es profunda­mente honrada. Ésta es precisamente su tragedia: su hijo debe nacer en su casa, y no fuera de ella. Pero su turbación cre­ce amenazadora, y la casa está obscura y sobre sus blancas paredes las cuñadas pro­yectan sus negras sombras. El viento de la desesperación golpea la puerta hasta que la tragedia estalla. Durante la feria, cuando la vida es más intensa, entre las caravanas de romeros y la agitación de los bailes, una vieja ofrece a Yerma el medio de sa­tisfacer su sed de maternidad.

Está bus­cando una mujer para su hijo y Yerma le serviría. Si es estéril, la culpa no es de ella, sino de su marido. Pero Yerma rehú­sa. Poco después, el propio marido le de­clara que él no quiere hijos, sino que en ella sólo busca la mujer. Yerma ve en­tonces derrumbarse toda su vida material y espiritual. Su hombre no tiene ya razón de ser y ella le estrangula. Ante la gente que acude lanza el último grito de su des­esperación: «Marchita, marchita sí, pero segura. ^ Ahora lo estoy de veras. Y sola. Dormiré sin despertarme sobresaltada para ver si la sangre me anuncia una sangre nueva. Un cuerpo estéril para siempre. ¿Qué queréis de mí? No os acerquéis, por­que he matado a mi hijo, yo misma he matado a mi hijo».

F. Díaz-Plaja