Personaje de la novela El Italiano (v.), de Ann Radcliffe (1764-1822). En la época en que la novela fue escrita, a fines del siglo XVIII, la principal fuente de misteriosos crímenes — aquella fuente de acciones malvadas en que el pueblo inglés necesita creer por innato maniqueísmo, y que puede ser ora un monstruo maquiavélico, como en la época isabelina, ora un tenebroso criminal, como en las actuales novelas policíacas — se veía en la Inquisición española e italiana.
En efecto, la Ilustración (v.) se había encarnizado contra los frailes y religiosos católicos en general, y la reciente campaña de los Estados europeos contra la Compañía de Jesús había hecho el resto. Schedoni, en quien Ann Radcliffe quiere encarnar la maldad, es por consiguiente un fraile; cuando aparece en escena se ignora su origen, pero se le sospecha descendiente de una noble familia arruinada. La severa reserva, el impenetrable silencio, el amor a la soledad y las frecuentes penitencias eran a menudo interpretadas como efectos de las desventuras que afligían a un espíritu altivo y desordenado, cuando no como consecuencias de algún horrible crimen que llenaba de remordimiento una conciencia turbada. «Era de alta estatura, y, aunque extremadamente flaco, sus miembros eran grandes y sin gracia y, como andaba a grandes pasos, envuelto en los negros hábitos de su orden, su aspecto era terrible y casi sobrehumano.
Su capucha, además, al proyectar una sombra de lívida palidez sobre su rostro, aumentaba la fiereza de éste y confería un carácter poco menos que horrible a sus grandes ojos melancólicos. La suya no era la melancolía de un corazón sensible y herido, sino aparentemente la de un carácter tétrico y feroz». Muchos de estos elementos hubieron de convertirse en rasgos fijos de los hombres fatales del Romanticismo, como Lara (v.), Childe Harold (v.) o Cleveland (v.); pero Ann Radcliffe no había inventado totalmente su personaje, sino que se había inspirado en el Satán (v.) de Milton y en ciertas figuras shakespearianas como el rey Juan, Casio (v.) o Ricardo III (v.).
Por otro lado, Schedoni recuerda a los maquiavélicos y a los jesuitas contra quienes tantas veces se había encarnizado el teatro inglés del siglo XVII: «Una vez adquirido el hábito de la intriga y de la suspicacia, su mente deformada no podía acoger como verdad nada que fuera sencillo y de fácil comprensión… A pesar de toda su compunción y su austeridad, en algunas raras ocasiones el interés podía dar a su rostro un aspecto completamente distinto; y podía adaptarse a los humores y a las pasiones de aquellos cuya amistad deseaba granjearse, con sorprendente facilidad y en general con pleno éxito».
M. Praz

