[Mattai, Matthateus]. Primero de los cuatro evangelistas, anteriormente llamado Leví, de profesión perceptor de impuestos en Cafarnaum, por donde pasaba el «camino del mar», que recorrían las caravanas que desde el interior de Siria se dirigían a los centros mercantiles del Mediterráneo y de Egipto.
La vocación de Mateo al apostolado se narra con cierto detalle, como en general la de los principales seguidores de Jesús. Su condición de publicano le situaba moralmente al margen de la sociedad palestinense que consideraba a los perceptores como pecadores públicos por razón de su odiado oficio. Jesús, pasando por Cafarnaum, «observa» a Mateo en su escritorio y le invita a que le siga. A la llamada, Mateo respondió con su inmediato consentimiento e invitó a sus compañeros a un solemne banquete de despedida, al cual asistió Jesús. Mateo emprendió la sublime aventura del apostolado abandonando sus registros y su oro, a los que no podía ya volver.
Testigo fiel de la vida de Cristo, recogió primero en lengua aramea un considerable caudal de «dichos» y actos — sobre todo de discursos — del Salvador, particularmente en vistas a una apología del cristianismo ante los judíos (v. Evangelio de San Mateo). Tranquilo y objetivo en su relato, Mateo revela cualidades de orden y de armonía que evidentemente responden a su mentalidad semítica, y no renuncia a dejar que asomen de vez en cuando indicios de su antigua profesión, como puede verse por sus precisas referencias a todo cuanto tiene que ver con el comercio y con la moneda. La preocupación de cimentar la vida de Jesús en las profecías del Antiguo Testamento da a su breve libro un tono solemne, con ecos que se pierden en la lejanía de los milenios.
Los primeros adversarios paganos del cristianismo, Celso, Porfirio y Juliano, hacían hincapié en la vocación de Mateo para acusar a la nueva religión de inhumana locura; pero si el gesto de Mateo fue el resultado de una madura meditación sobre, cuanto Jesús había dicho y hecho en Cafarnaum, no por ello perdió ni un ápice de su valentía, y revela una audacia de la que los antiguos no tenían ejemplo. El «sermón de la montaña», que Mateo es el único que transcribe ampliamente (cap. V-VII), es uno de los signos de su sensibilidad religiosa y poética. La iconografía de Mateo no es tan rica como la de los otros tres evangelistas.
Simbolizado en los sarcófagos y mosaicos paleo- cristianos como uno de los cuatro ríos que limitan el Paraíso, suele representársele sin su atributo apocalíptico (el hombre), pero con el libro en la mano y en compañía de ángeles. La pintura moderna, sin embargo, se ha inspirado más ampliamente en los episodios de su vida, y son célebres dos cuadros del Caravaggio: La vocación y El martirio de San Mateo.
S. Garofalo

