[Roxane]. Personaje de la comedia Cyrano de Bergerac (v.) de Edmond Rostand (1868-1918): es la amada del protagonista, o mejor dicho la rubia figura a quien él dedica el culto de su corazón rebosante de amor.
En realidad, Cyrano (v.) no la necesita; sólo se necesita a sí mismo, su propio corazón, y permanece a solas con su corazón hasta que muere al lado de una Roxana desvaída y vaga que, de joven, solamente sabía amar «beau langage et bel esprit» [«el bello lenguaje y el ingenio»] y que, una vez monja, cree amar el vago recuerdo de unas bellas palabras que murieron ya. Pintada con tiernos colores, Roxana es la primera imagen de todo encanto amoroso, una nada entre flores y rayos de luna; y sigue no siendo nada, pero en aquella nada se complace y halla su satisfacción la elevada convención poética que de ella nació: es, por así decirlo, una «nada de poesía».
Por ello, entre los millares de mujeres amadas que la historia del teatro y la de toda la literatura nos presenta, sólo la incorpórea Ro- xana puede personificar, no ya a «la mujer» ni siquiera a «una mujer», sino a aquel sueño con rostro de mujer que reside en las nubes y que de ellas nunca debería descender so pena de muerte, aquel sueño suave a quien el amor no pide otra cosa sino que perdure en su diáfana esencia sin desvanecerse, como inevitablemente ocurriría en cuanto su existencia pretendiera apoyarse en la tierra. Ninguna otra heroína se le parece; todas son más «verdaderas» y más mujeres; y sin embargo, en ninguna como en ella persiste una imagen de amor que nada puede manchar, pues es pura e incorruptible como el alabastro.
Roxana no es más que un nombre, nada más que una palabra musical, una apariencia apta para suscitar poesía; y quien buscase en ella una mujer, entre las mujeres del teatro de todos los tiempos, ¿se atrevería quizás a negar en su figurita de tan pálida inteligencia aquella exaltada y exultante figura del perfecto corazón de amante que fue su Cyrano? En su propia insignificancia, Roxana es la exacta corresppndencia dialéctica al carácter de aquél, su condición «sine qua non»; precisamente su fundamental incapacidad de sentir el amor más allá de las palabras crea el drama y da ocasión a su poesía, centrándola y erigiéndose en su continuo motivo: por lo mismo que en la vida de todos hay algo que se parece a ella, tal vez su nombre pueda considerarse sinónimo de ilusión.
G. Veronesi

