[Rodamonte en el Orlando enamorado, v., de Boyardo]. Personaje de los poemas caballerescos italianos. Es uno de los guerreros sarracenos, dotados de fuerza sobrehumana y de orgullo desmesurado, en quienes se complugo la fantasía de Boyardo (14409-1494), y es tal vez la creación más feliz que de aquel género de personajes nos dejó el autor del Orlando enamorado.
Rey de Sarza, en África, y descendiente de Nemrod, nuestro héroe aparece por primera vez en el poema a principios del libro II, en la escena del consejo de reyes convocados por su soberano Agramante (v.) para decidir la expedición contra Carlomagno (v.): entre todos ellos, Rodomonte demuestra ser el más belicoso e impaciente, opuesto a todo consejo prudente, e irrespetuoso ante los astrólogos, adivinos y sacerdotes («pues sólo mi buena espada y mi armadura / y la maza que llevo y mi corcel / y el valor que poseo, son mi Dios»). Antes que los demás y sólo con su propio ejército, zarpa de Argel para Francia ansioso de probar contra el enemigo sus prodigiosas fuerzas, y sin hacer caso al piloto que intenta disuadirle de partir; y cuando en alta mar estalla la terrible tempestad prevista, se yergue impertérrito contra las fuerzas adversas, sereno en medio del terror de todos, semejante a Capaneo, a quien el poeta tuvo indudablemente presente y, luego, con los pocos seguidores que le quedan, desembarca, luchando contra elementos y enemigos, en tierra francesa.
En estos cantos se hallan sus rasgos esenciales; en cambio, en el Orlando furioso (v.) de Ariosto (1474-1553), la figura del héroe es más variada y compleja, abandonando la atmósfera de fabulosa irrealidad en que Boyardo lo mantuviera. La fuerza y el orgullo siguen siendo sus caracteres predominantes; digno fondo a su primera aparición es la batalla alrededor de los muros de París, pero Rodo- monte no tarda en destacarse de la confusión de la refriega cuando de un salto alcanza lo más alto de la muralla — detrás de él, todos sus soldados arden en el foso — y lleva por sí solo la ruina y el terror a la ciudad, renovando las hazañas de Turno (v.) en el campamento troyano y las de Pirro (v.) ante el palacio de Príamo (v.). Frente a un batallón de los más valerosos guerreros cristianos, Rodomonte tiene que retirarse, pero a pesar de ello conservará invictos el ánimo y el aspecto. Apenas abandonada la ciudad, se entera de que su esposa Doralice (v.) ha sido raptada por otro guerrero sarraceno, Mandricardo (v.) e inmediatamente se dirige en busca de éste.
Ambos guerreros, dignos uno de otro, se enfrentan en singular combate: Doralice, erigida por el rey Agramante en árbitro entre ambos rivales, prefiere su amante a su esposo, y Rodomonte, airado contra su rey, contra su mujer y contra todo el sexo femenino en general, abandona el campamento para regresar al África. Sin embargo, su desilusión amorosa y sus propósitos de odio eterno contra la mujer se desvanecen cuando ve a Isabella (v. Isabel) vestida de luto, que guiada por un ermitaño acompaña el féretro de su Zerbino (v.). La aventura, grotesca por el contraste entre el espíritu del rudo y violento sarraceno y la primera y la segunda pasiones de amor que le agitan, asume un tono trágico con la muerte voluntaria de Isabella, la cual, con un engaño, fingiendo querer enseñar a Rodomonte el modo de hacerse invulnerable, se hace decapitar por él, para poder así mantenerse hasta la muerte fiel a su amado.
Rodomonte, conmovido, para honrar a su modo a la desdichada Isabella, concibe la bárbara y grotesca idea de erigirle un mausoleo adornado con las armas de todos los caballeros que intenten atravesar el puente en que aquél se eleva. Rígido ejecutor de la ley que se ha impuesto a sí mismo a la vez que la imponía a los demás, el feroz sarraceno pasa de combate en combate y de victoria en victoria, no sin caer más de una vez con sus adversarios en el agua, como ocurre cuando lucha con Orlando (v.), loco y desnudo, que a pesar de su prohibición, había pretendido franquear el puente. Finalmente, la lanza encantada de Bradamante (v.) le derriba y Rodomonte, vencido por primera vez, y nada menos que por una mujer, se impone la penitencia de renunciar a las armas por un año, un mes y un día, y no rompe ese nuevo voto a pesar de las noticias que le llegan acerca de la crítica situación y de la derrota de su rey.
Así, la figuración del Ariosto va matizándose hasta la caricatura y parece desvanecerse en una sonrisa; pero Rodomonte reaparece igual a sí mismo y más grande que nunca al final del poema, cuando, expirado el plazo de su penitencia, se presenta en la corte de Carlomagno y desafía a Ruggiero como traidor a su señor. En aquel momento, cuando la paz ha vuelto a la tierra, tras la derrota, la muerte o la conversión de todos los guerreros sarracenos, cuando todos los caballeros parecen haber recobrado el juicio y la tranquilidad, Rodomonte es el único que personifica el mundo rebelde de los sarracenos, o mejor, el espíritu aventurero y más allá de toda ley, que imprime a la acción del poema aquel continuo movimiento que constituye su encanto principal.
Y lo personifica con una nobleza como jamás había demostrado hasta entonces, erigiéndose en impertérrito campeón de una causa ya vencida frente a toda la cristiandad; y cuando el duelo con Ruggiero, largo y dramático como pocos, termina con su muerte y el poeta resume, como en un epígrafe, en sus dos últimos versos la historia de su héroe («Blasfemando se fue el alma gloriosa / que un tiempo fue tan altiva y tan famosa»), el poema puede ya terminar: desaparecido Rodomonte, la paz y la prudencia pueden reinar sin estorbo y la poesía de Ariosto, de la que aquella figura fuera uno de los motivos más ricos y característicos, no tiene ya qué decir.
M. Fubini

