Renart

[forma francesa del nombre propio que aparece en alemán bajo la for­ma Reinhart, en diminutivo Reineke o Reinke; holandés Reinaert; italiano Renardo o Rinardo].

Protagonista de la epopeya ani­malista medieval que toma su nombre (v. Roman de Renart). Renart («el astuto») comparece ya con el mismo nombre y con­trapuesto al lobo Isengrin (v.) en un poema latino de mediados del siglo XII, el Ysengrimus de Nivardo de Gante, que es el antecedente más próximo de los relatos franceses en verso reunidos bajo el título de Roman de Renart. Pero a estos relatos — los más antiguos y bellos de los cuales, posiblemente debidos a Pierre de Saint- Cloud, corresponden al último cuarto del siglo XII — debe Renart su fama y su po­pularidad. De viejas ramificaciones france­sas hoy perdidas, el alsaciano Heinrich der Glichezáre (Enrique el Hipócrita) tomó ha­cia 1180 su Reinhard Fuchs [El Zorro Re­nart], fragmentariamente conservado, del cual deriva una mediocre refundición en 2266 versos debida a un autor alemán anó­nimo que vivió tal vez a mediados del si­glo XIII.

También desciende del Roman de Renart el Reinaert (1235-1250) del holan­dés Willem, que a su vez dio lugar a una refundición flamenca y a la, más cono­cida, de Hinrek van Alkmar (hacia 1480), de la cual deriva la bella y divulgada traducción en bajo alemán y en 6.844 ver­sos Reynke de Vos, impresa por primera vez en Lübeck en 1498. Esta traducción en bajo alemán fue a su vez traducida al alto alemán, al danés, al sueco y al inglés; dio lugar a un libro popular y finalmente a una traducción en versos latinos que más tarde fue nuevamente vertida en prosa alemana por J. Chr. Gottsched (1752). De esta úl­tima versión en prosa tomó Goethe en 1793 su conocido poema en hexámetros y en doce cantos Reineke Fuchs, en el que re­vivía con gracia literaria y decoro neo­clásico el viejo relato medieval. Por otro lado, existe una composición francovéneta del siglo XIII en dímetros yámbicos y en dos ramas (Rainardo e Lesengrino) de es­caso valor.

En cambio son notables va­rias esculturas medievales que divulgaron por todo el Occidente europeo las popularísimas historias de Renart y de los de­más animales; el éxito y la felicidad de la invención estimularon imitaciones y re­fundiciones con diversos intentos, ya sa­tíricos, ya morales, ya caricaturescos; de modo que Renart se convirtió en la perso­nificación de la glotonería y malicia de los frailes, del egoísmo y de la malignidad o también de una filosófica prudencia (Re­nart le bestoumé, de Rutebeuf, hacia 1250; Couronnement de Renart; Renart le nouvel, de Jacquemart Gelée de Lila, hacia 1288; Renart le Contrefait, 1328-1342). Antes de caracterizar el personaje de Renart según le representan las más antiguas y origina­les versiones francesas, conviene observar que en el fondo de la literatura animalista reside un íntimo conocimiento de los animales y un amor hacia ellos.

Esta experiencia, que en cierto modo es común a todos los hombres, es particularmente viva en la humanidad natural. En su in­fancia, en efecto, la humanidad considera a los animales como hermanos y los atri­buye sus mismas cualidades espirituales. Tales condiciones no se limitan a las so­ciedades primitivas, pues incluso mucho después de haber sido rebasada la fase totemística, el hombre puede, por así de­cirlo, volver a la infancia y restablecer su hermandad y su comprensión para con las bestias. Este estado de ánimo es indispen­sable en toda literatura animalista. Por consiguiente, el atribuir a los animales los mismos sentimientos de los hombres no es un tardío artificio, sino una actitud normal de la humanidad histórica o idealmente primitiva, como lo es el tomar nombres de animales (de donde probablemente se ori­gina el totemismo) y el imponer a los ani­males nombres inventados por el hombre.

Ello no significa referir necesariamente a una fase totemística las historias y repre­sentaciones de animales; significa simple­mente que es condición de éstas una ex­periencia viva de los animales idealmente comparable en ciertos aspectos a la de las sociedades primitivas, tan familiarizadas con aquéllos. En la literatura animalista se distinguen varias formas: por ejemplo la «esópica», en la cual los animales son estilizadas personificaciones de virtudes y vicios en vistas a una enseñanza moral, o las historias de animales modernas, entre las cuales se incluye buena parte de la lite­ratura narrativa de los siglos XIX y XX que, aun demostrando a menudo una aguda comprensión psicológica, parten del pre­supuesto tácito de una diferencia entre el mundo humano y el animal.

En los rela­tos de la extraña y fascinadora obra ani­malista del Medievo europeo que es el Roman de Renart, el fin ilustrativo, obje­tivo y documental, típico del «realismo» ochocentista, no existe ni podía existir, mientras, por otra parte, de la tradición «esópica» sólo quedan algunos elementos materiales. En el Roman de Renart, verdaderamente, los animales obran y hablan como los hombres: el mundo está visto coherentemente desde la postura de las bes­tias, y los hombres se hallan frente a ella en la misma relación en que los animales se encuentran respecto a los hombres en los relatos «humanos». El reino animal es naturalmente el reino de la vitalidad y de la dura lucha por la existencia. Y en esta lucha al lado de la fuerza, en el signifi­cado más restringido y material del tér­mino, cuenta el ingenio. La fuerza pura no se presta al relato; en cambio se pres­tan la astucia y la habilidad que saben superar dificultades y peligros para llegar al fin anhelado.

El Roman de Renart es el alegre poema de la astucia pura más acá de toda idea moral, el poema del espíritu «económico» que, ignorando el mundo mo­ral, recurre con toda naturalidad al en­gaño, a la hipocresía, a la mentira, al so­fisma y, en caso extremo, a la fuerza de uñas y dientes. Cada vez vence el más há­bil: Chantecler (v.), el apuesto y orgulloso gallo; Tibert, el gato; Tiercelin, el cuervo, y con frecuencia Renart, el zorro, sobre todo frente al lobo Isengrin y a su herma­no Primás, glotones, violentos, obtusos e iracundos. Por ello Renart preside el rela­to. Vencido o vencedor, vuelve siempre a comenzar su juego. Incluso en el momento de extremo peligro, cuando Su Nobleza el León ha decidido mandar ahorcarle, sabe salvarse simulando la muerte, y aun logra que el rey de los animales pronuncie so­lemnemente su elogio fúnebre: «Señores, Renart ya no existe.

Con él hemos perdido al más valiente de nuestros caballeros. Toda la vida lo lamentaré. Juro que daría la mitad de mi reino por verle una vez más entre nosotros». En ese mundo de la «renardie», cuya ley es la del ingenio aguza­do para engañar al prójimo, no caben los sentimientos morales: en el juego de la vida la admiración es para quien sabe ju­gar mejor. Y Renart es verdaderamente «el más valiente de los caballeros».

V. Santoli