Rautendelein

Personaje del drama novelesco La campana sumergida (v.), de Gerhart Hauptmann (1862-1946). Pertenece a la estirpe de los elfos, pero aunque con­duce a su perdición a Enrique, el fundidor de campanas, no lo hace con aquella cruel­dad y frialdad que cabría esperar de esa especie de ninfa diabólica del mundo mito­lógico germánico.

En efecto, a pesar de su apariencia, Rautendelein se acerca más a una criatura humana que a una divinidad pagana. Ni el fauno, ni el geniecillo de las aguas con sus versos («Brekekekex», «Quorax, quorax!») de evidente ascenden­cia aristofanesca, ni el amplio cortejo de elfos y enanos, logran disipar el perenne nimbo humano que le rodea. Si sus cabe­llos de oro y la canción en que desahoga su alma recuerdan a Lorelei (v.), la lá­grima que como un diamante fluye de sus ojos por primera vez cuando recuerda a Enrique, y el amor que la impulsa a aban­donar su mundo para entrar en el de los hombres, hacen de ella una criatura cada vez más próxima, si no idéntica, a la huma­nidad.

Diríase que se halla suspendida, en un fulgor de luces boecklinianas, entre el sueño y la realidad, entre la fábula y la vida, con cierto predominio del segundo término a medida que el drama se va des­arrollando. «No es ni muchacha ni mujer», declara Hauptmann al principio de su obra, y la propia Rautendelein se repite: «No sé de dónde vengo ni a donde voy». Cuando Enrique, al regresar a su casa hacia las postrimerías de su vida, vuelve a verla, cree soñar, pero en aquella existencia de sueño que la ninfa le promete si la sigue, habrá una completa entrega por parte de ésta, una devoción apasionada que rebasa los límites de toda fábula pagana.

Figura de hada y de mujer a la vez, mescolanza casi inextricable de elementos fabulosos y de sentimientos humanos, Rautendelein se­rá para siempre una típica representación de una criatura femenina, tal como la sus­citó la fantasía de un poeta, recurriendo no sólo a su inspiración, sino al espíritu de su época, aficionada a esas ambiguas imá­genes. Por sus venas corre al propio tiem­po la antigua sangre de las leyendas ger­mánicas y la más reciente de los caracteres femeninos del teatro de Ibsen, sin excluir tampoco ciertas probables infiltraciones de la literatura wagneriana.

R. Paoli