Rastignac

[Eugène de Rastignac]. Per­sonaje de Honoré de Balzac (1799-1850), que aparece por primera vez en Papá Go­riot (v.) y al que volvemos a encontrar, más fugazmente, en otras muchas novelas.

Joven estudiante de Derecho, nacido de una familia noble pero pobre y llegado a París desde su provincia, los esplendores y las miserias de la capital parecen fascinar­le; y vive sus primeros meses parisienses en la modestísima pensión de la viuda Vauquer, luchando entre su afán de pe­netrar en la alta sociedad y su propósito de abrirse camino con una vida paciente de trabajo y sacrificio. En la misma pensión habitan Vautrin (v.) y Goriot (v.), que habrán de tener sobre su destino una gran influencia: el primero le da lecciones de moral parisiense, abriéndole los ojos sobre las infamias de la sociedad e insistiendo en que para vivir hay que hacerse o cor­dero o lobo.

Aquél — presidiario fugitivo y oculto, que siente simpatía por el joven estudiante — le propone -un asunto extra­ño y más bien irregular: que se granjee las simpatías de Victorina Taillefer, pobre muchacha que vive en la misma pensión, desheredada por su padre a favor de su hermano; él, Vautrin, ya se ocupará de hacer desaparecer a ese hermano, procu­rando así a Victorina una rica dote. Rasti­gnac, horrorizado, rehúsa e intenta evitar el crimen, pero, embriagado por Vautrin, no llega a tiempo para ello. Vautrin es des­cubierto y detenido, y Rastignac pasa a vivir en un pisito preparado para él por Goriot, padre de la baronesa de Nucingen, que se ha convertido en amante del joven. Pero poco tiempo después, papá Goriot, torturado y empobrecido por las exigencias financieras de sus hijas, muere en el más completo abandono, asistido únicamente por Rastignac.

Éste, después del entierro del anciano, contempla solemnemente a París y le lanza su reto. Ha visto ya el fondo de la vida, y nada habrá de extrañarle. En sus sucesivas apariciones en otras novelas : Las ilusiones perdidas (v.), Esplendores y miserias de las cortesanas (v.), La casa Nucingen (v.), Los secretos de la princesa Cadignan, etc., le vemos rico e influyente, ministro por dos veces, conde y par de Francia. Rastignac es, pues, en parte, una contrapartida de Rubempré (v.). Carente como éste de un ideal seguro, posee en cambio tanta fría energía y un tan abso­luto dominio de sus pasiones que puede re­sistir a las tentaciones del mundo, al que asciende una vez por todas, y explotar sus vicios en provecho propio, conservando no obstante, en su elegancia y en la concien­cia de sus actos, cierta honradez progra­mática.

Su actitud después de la muerte de Goriot es el modelo al que intentará adap­tarse un tipo no solamente literario: su es­cepticismo le impide ilusionarse pero no le obliga a desesperar; su ambición no es un fin en sí misma, sino más bien un medio para alcanzar, en un estilo de elevada mun­danidad, valores más profundos a los que la época no permite limitarse; y, más que falta de fe, hay en él una señoril acepta­ción de un ambiente en el que ya no cree. Dentro de este ambiente Rastignac domina, a pesar de que conoce sus defectos: es un «désabusé» que vence porque ha salvado su dignidad; y su actitud es, en él, natural y necesaria, aunque se funda en un juego de equilibrios que, en las sucesivas encar­naciones de su tipo, no tardará en conver­tirse en una «pose». Hijo predilecto de la fantasía de Balzac, que vid en él al único de sus numerosos personajes capaz de cum­plir dignamente con su misión, Rastignac es uno de los más típicos representantes de una concepción de la vida elegante, es­céptica y conocedora a la vez de los vicios y del valor humanos.

F. Neri